El Mayor Honor por Seguir a Cristo

He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará. Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.

Lucas 10:19-20

Jesús nos ha dado poder sobre el mundo natural y sobre el mundo espiritual y nos dice que nada habrá de dañarnos. Eso de por sí significa que nos ha dado gran poder y autoridad. Sin embargo, más grande que todo ese poder y esa autoridad es tener la conciencia de que tenemos un lugar reservado con nuestro propio nombre en los cielos.

En el mundo natural, los seres humanos tienden a vanagloriarse con la fama, el poder y el reconocimiento. De esa forma, vemos como los artistas y deportistas de renombre se sienten como dioses y sus egos se inflan notablemente. Llegan a creerse superiores a los demás humanos y, algunos de ellos, se sienten incluso superiores a Dios. Lo mismo sucede con aquellas personas que llegan a ostentar cargos de autoridad en las naciones, los cuales en ocasiones utilizan el poder delegado en ellos para ejercerlo de manera dictatorial, en detrimento de sus conciudadanos.

Cualquiera podría pensar que en el mundo cristiano, tan espiritual, la vanagloria está ausente por completo. Lamentablemente no es así y también en el cuerpo de Cristo hay quienes se creen a sí mismos como poderosos superhéroes porque han sido dotados de una gran unción. Es cierto que Jesús había dicho que a los que creen en Él les iban a seguir grandes señales: echar fuera demonios, hablar nuevas lenguas, tomar serpientes en sus manos, ser inmunes a los venenos y sanar a los enfermos al poner sus manos sobre ellos.

Todo el poder y la autoridad delegados por Jesús a Sus discípulos y, por extensión a la iglesia, son dones maravillosos que pueden derribar murallas de incredulidad ante los prodigios, las maravillas y las señales. Sin embargo, el Maestro dice que eso no debe ser el motivo de nuestra alegría. Tampoco debe ser motivo para que nos sintamos superiores a ningún otro consiervo. Después de todo, no hacemos milagros por nosotros mismos sino por el poder del nombre de Jesús. Lo que sí debe hacernos sentir gozosos es el conocimiento de que nuestros nombres están inscritos en el Libro de la Vida.

Asegurarnos de estar en la lista de los que serán salvos debe ser la mayor prioridad de cada ser humano. No debemos perder de vista de que nuestra estancia en la tierra será relativamente breve, mientras que el tiempo que pasaremos después de nuestra partida de este mundo será infinitamente mayor. Por lo tanto, es importante asegurarnos de que estaremos en el mejor lugar posible.

La realidad es que solo hay dos lugares posibles para morar en la eternidad: con Dios o sin Él. Procuremos ardientemente que nuestros nombres estén escritos en los cielos, lo cual es posible solo si rendimos nuestra vida a Jesucristo. Hagámoslo ya y, desde ahora hasta nuestro día final en la tierra, vivamos gozosos por saberlo. Dios te bendiga.

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