La Inversión más Segura

No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

Mateo 6:19-21

Muchas personas se resisten a soltar lo que tienen: casas, propiedades, dinero, familia, el lugar donde viven, etc. Son los tesoros de los cuales no desean desprenderse. Pero todo eso puede destruirse o perderse. Es más, todas esas cosas terrenales las perderemos el día en que abandonemos este mundo e irán a parar a otras manos, incluso podrían caer en las manos de nuestros enemigos. Los únicos tesoros permanentes son los que depositemos en los cielos, esos nos acompañarán por la eternidad.

Recuerdo que mi madre tenía dos grandes obsesiones en su vida: terminar de reconstruir su casa y edificar un mausoleo para toda la familia en un cementerio de mi ciudad natal. Tan grande era su afán por ambas cosas que ahorraba hasta el último centavo que recibía con tal de cumplir con ambos sueños. Su casa la convirtió en una fortaleza impenetrable y ella quiso vivir allí sola a pesar de su avanzada edad. Tan encerrada estaba que hasta el aire entraba con dificultad. Un día sus vecinos la encontraron desmayada en la casa y la llevaron a un hospital donde falleció varios días después. El resultado fue que sus restos no pudieron ser enterrados en su mausoleo porque ni mi hermano ni yo dimos con él y, su tan amada casa quedó a su muerte a merced de los ladrones a quien ella tanto temía, quienes terminaron vandalizándola, obligándonos a venderla por una fracción de su valor antes de tiempo.

Sé que el caso de mi madre no es único ya que mucha gente vive guardando celosamente las cosas materiales, sus amados tesoros. Algunas veces, esos tesoros son robados por los ladrones, otras veces se queman en incendios, se rompen en un terremoto, son arrastrados por el agua de una inundación o por el viento de una tormenta, o simplemente son dañados como consecuencia del paso del tiempo. También es posible que esos tesoros pierdan su valor por la caída del mercado bursátil o inmobiliario, la depreciación de la moneda nacional o simplemente por los cambios tecnológicos.

En este mundo no existe ninguna inversión segura y, si la hubiera, de nada nos serviría cuando morimos porque todo se queda aquí y no podemos llevarnos nada de eso a la eternidad. Sin embargo, los tesoros celestiales son eternos y a prueba de robo, incendios, terremotos, huracanes, heladas, inundaciones, caída de los mercados, cambios en la tecnología y demás calamidades.

Al fallecer mi madre, el Señor me dio consuelo y me afirmó que ella se había llevado un gran tesoro: la vida eterna. Me dio paz de que ahora ella está descansando en las mejores manos y viviendo en una morada celestial segura y perfecta. Hagamos lo que nos dice el Señor Jesús y pongamos nuestro corazón en los tesoros celestiales, los que son eternos, los que son seguros e inamovibles porque todo lo que existe en este mundo es perecedero e incierto. Dios te bendiga.

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