La Oveja Perdida

Entonces él les refirió esta parábola, diciendo: ¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?  Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso;   y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido.  Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.

Lucas 15:3-7

La parábola de la oveja perdida es una gran lección de vida para aquellos que se creen buenos y desprecian a los menos afortunados que han vivido hundidos en el pecado. Mientras no reconozcamos que estamos perdidos y sin posibilidad de salvación por nosotros mismos, no seremos capaces de ver al sacrificio vicario de Jesús en la cruz como nuestra única oportunidad de que nuestra alma no termine eternamente en el infierno.

Los más pecadores son los que más rápidamente reconocen su incapacidad de salvarse por sus propios medios porque están muy concientes de su condición. Son ellos quienes reciben con gozo en sus corazones el mensaje de las buenas nuevas del evangelio, son ellos los que ven en Jesús al héroe que los rescata de la muerte eterna, son ellos quienes ven en Jesucristo la libertad total de la esclavitud del pecado. Es por eso, que quienes más han pecado y tienen un encuentro personal con el Señor Jesús más lo aman y más dispuestos están a compartir las buenas noticias con otros.

Por otro lado, los que se ven a sí mismos como buenas personas, como justos, no ven la necesidad de recibir a Jesús en su corazón porque piensan que no precisan de arrepentimiento. Lamentablemente, esa idea errónea de falsa bondad y justicia los podría llevar por el peligroso camino de la perdición eterna. La verdad es que no existe sobre la tierra ningún ser humano lo suficientemente bueno como para creer que no necesita ser salvado por Jesús. ¡Todos hemos pecado!

Y no importa si creemos que nuestro pecado es menor que el de un asesino en serie, un violador o un terrorista. Ante los ojos de Dios, no hay pecados grandes ni pequeños, una simple “mentira piadosa” es un pecado tan grave ante Dios como las 168 personas muertas y los 680 heridos causados por la bomba que colocó Timothy McVeigh en el edificio federal de Oklahoma City.

Cuando un pecador se arrepiente y acepta el regalo de salvación que Dios le da, en el cielo hay fiesta porque un nuevo nombre ha sido inscrito en el libro de la vida. Jesús, el Buen Pastor, vino para rescatar a las ovejas perdidas y nos invita a cada uno de nosotros a sumarnos en la búsqueda de los millones de seres humanos que hoy están perdidos y son esclavos del pecado. Por cada uno de ellos, Jesús derramó hasta la última gota de Su preciosa sangre a fin de darles redención. Pongámonos a cuentas con Dios mediante el arrepentimiento de nuestros pecados y luego difundamos las buenas nuevas de salvación a los que no la hayan escuchado. Dios te bendiga.

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