¿A Quién Complaceremos, a Dios o al Mundo?

¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.

Santiago 4:4

Las cosas del mundo son opuestas a las cosas de Dios. La lógica del mundo es totalmente inútil para entender a Dios porque Sus pensamientos están a un nivel mucho más elevado que los pensamientos del mundo. Tal como nos dice Isaías 55:8-9: Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.

No es necesario que entendamos cada una de las cosas que Dios nos dice en Su Palabra, basta solamente con obedecerlas, basta solamente en confiar que Él es Dios, que Él es fiel, que Él es bueno, misericordioso, justo, que es nuestro Padre y toma cuidado de nosotros todo el tiempo. Jesús ya nos lo había advertido en Juan 16:33: Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.

Mientras vivamos en este mundo, tendremos necesidades, tendremos carencias, tendremos malos momentos, tendremos decepciones. Pero la mayor esperanza nuestra no debe de estar enfocada en el mundo ni en sus cosas, sino en complacer a Dios, agradarlo y la mejor manera de hacerlo es creyéndole a Él, creyendo que Él hará TODO lo que nos ha prometido. Si llega un momento en que tenemos que escoger entre agradar a Dios o agradar a una persona, no importa si esa persona es alguien que amamos mucho, la decisión siempre debe ser la de agradar a Dios por encima de todo y de todos.

Seguir a Cristo no es una tarea fácil porque el mundo nos verá como seres extraños e incluso mucha gente del mundo nos odiará. La razón es sencilla, cuando ya pasamos a las filas del ejército del Dios vivo a través de Su Hijo Jesucristo, hemos abandonado las filas del ejército del príncipe de este mundo y, por lo tanto, la gente del mundo nos verá como lo que ya somos: su enemigo. Pero eso no debe de hacernos sentir temor porque nuestro Señor oró por nosotros en Getsemaní con autoridad para hacernos sentir seguros y protegidos por nuestro Comandante en Jefe.

Cuando decidimos hacer la voluntad de Dios y servirle conforme al llamado que nos ha hecho, la recompensa es bastante reconfortante. Nos da alegría saber que hemos traído a una persona a los pies de Cristo, que hemos orado por un enfermo y éste ha recibido sanidad, que hemos liberado a alguien de espíritus opresores y todo eso es bueno, definitivamente es parte de nuestra misión en este mundo; pero nuestra mayor alegría no debe ser ésa, sino estar seguros de que nuestros nombres están escritos en los cielos.

El mundo podrá ofrecernos ciertas cosas que parecen buenas: riquezas, placeres, comodidades; pero todas esas cosas son perecederas, no durarán para siempre. Si decidiéramos complacer al mundo en lugar de Dios, al salir de este mundo, todas las cosas que hemos adquiridos se quedarán aquí y nos iremos con las manos vacías. Dios te bendiga.

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