Siguiendo las Instrucciones de Dios

Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David! Y llegado a la casa, vinieron a él los ciegos; y Jesús les dijo: ¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor. Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho. Y los ojos de ellos fueron abiertos. Y Jesús les encargó rigurosamente, diciendo: Mirad que nadie lo sepa. Pero salidos ellos, divulgaron la fama de él por toda aquella tierra.

Mateo 9:27-31

Jesús hizo muchos milagros y su reacción luego de sanar a alguien, algunas veces era de pedirles que testificaran sobre el milagro recibido; pero, en otras ocasiones, les decía que no se lo dijeran a nadie. En esta sanidad de los dos ciegos, Mateo dice que Jesús les encargó rigurosamente que no divulgaran a nadie que recuperaron la vista. Este encargo riguroso de Jesús debió haber sido una orden terminante dada con toda la autoridad del Hijo de Dios. Sin embargo, los dos ciegos desobedecieron por completo aquella orden y le revelaron a todo el mundo lo que les había sucedido.

¿Cuántas veces hemos revelado el secreto que alguien nos confió? ¿Cuántas veces hemos sido imprudentes abriendo nuestra boca a destiempo? Cada uno de esos casos culmina en situaciones embarazosas de los participantes de las mismas. Y aquí solo estamos hablando del plano humano. Ahora veamos qué tan grave es cuando decidimos dejar de lado la orden que Dios nos ha dado y hacer todo lo contrario. La desobediencia a una orden de Dios se llama pecado, y la consecuencia del pecado es la muerte, lo cual significa separación total de la presencia de Dios. No ganamos absolutamente nada cuando hacemos oídos sordos al encargo riguroso que viene de parte de Dios y sí tenemos todas las de perder.

Hace ya varios años, alguien me envió un mensaje de correo electrónico con una historia muy interesante, la cual puede servir de ilustración para el título de esta reflexión. Una vez un experto alpinista decidió escalar una montaña muy alta. Llegó hasta un punto en el cual iba a acampar esa noche. Sin embargo, su ansiedad por alcanzar su meta lo llevó a intentar continuar ascendiendo el monte. A mitad de su ascenso, sus pies resbalaron y cayó al vacío, quedando tan solo colgado de una cuerda. En medio de su desesperación, el alpinista clamó a Dios que lo salvará. Como respuesta a su oración, escuchó una voz que le decía; “Corta la cuerda, corta la cuerda.” El hombre, en lugar de hacerle caso a la voz, se aferró con todas sus fuerzas a la cuerda. Al día siguiente, encontraron al hombre muerto por congelación, aferrado con sus dos manos a una cuerda y a solo 30 centímetros del suelo.

Cada día le oramos a Dios y le pedimos que nos guíe en nuestro camino. Sin embargo, me pregunto si realmente estamos escuchando Su respuesta y siguiendo su directriz. Es posible que haya quien diga que no escucha la voz de Dios y, por lo tanto, hasta que no venga y le hable no va a mover un dedo. Lo cierto es que nuestro Padre Celestial tiene muchas maneras de comunicarnos Su voluntad para nuestras vidas. Escuchar una voz audible no es posiblemente Su manera más usual de comunicarse con nosotros. Muchas de sus instrucciones nos las da a través de Su Palabra. Dios te bendiga.

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