Un Terreno Lleno de Espinos

El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.

Mateo 13:22

De nada nos sirve escuchar la Palabra si continuamos en el afán propio del mundo y nuestro enfoque está en hacernos ricos y nada más. La Palabra de Dios tiene cientos de promesas de bendición para quienes deciden ceñirse a ella; pero esa Palabra de verdad no dará frutos a menos que abandonemos totalmente el afán y no nos dejemos engañar por las riquezas. La Palabra dará su fruto cuando dejemos de rendirle culto a Mamón y adoremos al único y eterno Dios.

Conocí un hombre de negocios que por muchos años, antes de que yo lo conociera, tuvo varios socios cristianos quienes les compartían la Palabra de Dios. A pesar de estar expuesto casi diariamente a escuchar hablando sobre Dios, este hombre tenía sus oídos cerrados para escuchar. Varios meses después de haberlo conocido, lo invité a él y a su esposa a un servicio en una iglesia. Ese día, ambos escucharon la Palabra de Dios y fueron impactados de tal modo que abrieron sus corazones a Jesucristo.

A partir de ese momento, esta pareja comenzó a congregarse en iglesias cristianas, incluso en la nuestra. Cada vez más escuchaban y eran expuestos a las Escrituras a través de diferentes siervos de Dios. Sin embargo, el hombre continuaba afanándose por hacer riquezas y a eso dedicaba la mayor parte de su tiempo. Estuve involucrado con algunos negocios con él los cuales solo dejaron pérdidas. Nada de lo que este hombre se ha propuesto ha prosperado y la Palabra que fue sembrada en él tampoco ha dado fruto. Hoy, él continúa en su afán infructuoso y cada día se ve más atrapado en el mismo.

Dios utiliza las pruebas para forjar nuestro carácter y también para probar nuestro corazón. Él quiere saber hacia dónde se inclina nuestra lealtad. Cuando nos enfocamos en las cosas materiales, estamos siendo infieles a Dios porque nuestro corazón anda en busca de las riquezas en lugar de anhelar al Dios vivo. En tales circunstancias, es imposible que la Palabra de Dios que ha sido sembrada en nosotros produzca fruto alguno.

El versículo de la reflexión de hoy es parte de la famosa parábola del sembrador. La semilla de la Palabra de Dios en esta parábola cae en cuatro tipos de suelos: junto al camino, entre pedregales, entre espinos y en buena tierra. Y cada terreno tiene su propia explicación: el que oye y no la entiende; el que tropieza ante las pruebas; el que ahoga la Palabra por el afán de perseguir las riquezas y el que la oye, la entiende y da fruto. A lo largo de nuestra vida, es posible que en algún momento hayamos sido cada uno de esos terrenos.

Si hoy que escuchas o lees este mensaje, al analizarte a ti mismo encuentras que eres el terreno entre espinos, todavía estás a tiempo de convertirte en buena tierra. El afán no necesariamente te ayuda a alcanzar tus metas y las riquezas son pasajeras. Lo único eterno es lo que sucederá cuando esta corta vida terrenal se acabe y de la cual nos iremos con las manos vacías, procura pasar la eternidad en los cielos y no en el lugar de tormento. Dios te bendiga.

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