Arrepentimiento y Conversión

Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio

Hechos 3:19

Lo que nos dice Hechos 3:19 es la esencia misma del Evangelio de Jesucristo. Sí, Jesús, le dijo a Nicodemo en Juan 3:3: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nacer de nuevo implica dejar toda la vida anterior atrás y convertirse en algo muy distinto. Para dejar lo viejo atrás, el arrepentimiento es una condición necesaria y para transformarse en algo nuevo, es necesaria la conversión.

Recuerdo que cuando yo era un niño, en mi país natal llamaban “convertidos” peyorativamente a los cristianos nacidos de nuevo. Y resulta que la esposa de mi tío Pedro, el hermano favorito de mi madre, era una de ellos. Mi tío solo tenía un hijo, quien era contemporáneo conmigo por lo que era el primo con quien más me relacionaba. Pero mi madre siempre nos advertía a mi hermano y a mí cuando nos iban a visitar que tuviéramos cuidado con la tía Conga porque ella era una evangélica convertida.

Como mi historia familiar existen muchas otras en cualquier lugar del mundo donde las tradiciones religiosas tienen mayor influencia que la búsqueda de una verdadera relación con Dios. Las tradiciones llevan a la gente a ponerse una etiqueta religiosa porque así ha ocurrido en la familia de generación a generación. Lamentablemente, ninguna de esas costumbres ancestrales que hemos practicado nos da garantía de salvación porque, tal como Nicodemo escuchó de labios del Señor, es necesario nacer de nuevo.

Veamos un poco más en detalle el arrepentimiento. Hay un paso necesario antes del arrepentimiento: reconocer que no estamos bien. De la misma manera que un adicto no puede ser ayudado si no reconoce su condición, es imposible el arrepentimiento si no reconocemos que somos pecadores. Lamentablemente nosotros mismos somos incapaces de convencernos de que somos pecadores, ya que la mayoría de la gente se cree buena y los que saben que son malos tienen la mente tan retorcida que ven el pecado y la maldad como algo natural. Solo Dios, a través de Su Espíritu Santo nos puede convencer de nuestro error: Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8).

Una vez el Espíritu de Dios ha obrado en nosotros dándonos convicción de pecado, nos daremos cuenta de lo sucios que estamos. La reacción de una persona al sentirse sucia es buscar la forma de limpiarse. Pero, antes de que ocurra la limpieza, lo normal es sentir vergüenza por nuestra condición. El arrepentimiento implica sentir tristeza, dolor y vergüenza por haber pecado. Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte (2 Corintios 7:10).

Una vez arrepentidos, el siguiente paso es cambiar completamente nuestra forma de vivir, lo cual implica convertirnos a Dios, quien nos dice en Joel 2:13: Rasgad vuestro corazón,  y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo. Dios te bendiga.

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