Ciudadanía Celestial

Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.

Filipenses 3:20-21

A lo largo de la historia siempre ha existido una ciudadanía dominante en el mundo. A medida que una nación ocupe la supremacía mundial, ser ciudadano de esa nación le da cierto lugar de prestigio y le permite moverse con facilidad a través de las fronteras de aquellos países influidos por la potencia o metrópolis. Sin embargo, nunca ha existido una ciudadanía más importante que la celestial y ese debiera ser el máximo anhelo de cada ser humano.

Una tarde de finales de agosto de 1996 recibí mi certificado de naturalización como ciudadano de los Estados Unidos de América. No fui el único pues eran unas 400 personas nacidas en numerosos países del mundo y de diferentes razas e idiomas, unidos bajo la bandera de las barras y las estrellas. Todos nos sentíamos sumamente honrados de pasar a formar parte de la nación más poderosa de la tierra, poder elegir a las autoridades de este país y viajar con su pasaporte.

Pero más importante que convertirme en ciudadano estadounidense, fue haber adquirido casi 6 años más tarde una ciudadanía eterna. A mediados de mayo de 2002 se puede decir que recibí mi “certificado” de ciudadanía celestial. Me podrías preguntar: “Dime, Tony, ¿cómo puedes estar tan seguro de que eres un ciudadano del cielo?” Entiendo tu inquietud, amigo o amiga que me escuchas o lees este mensaje. La respuesta está en la misma Palabra de Dios.

En Lucas 10:20 dice el Señor Jesús: Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos. Si nuestros nombres están escritos en los cielos es porque somos ciudadanos celestiales. De la misma manera que los países de la tierra tienen inscritos a sus ciudadanos en sus registros nacionales, Dios guarda un registro de cada ser humano que ha “jurado bandera” a Su Reino.

Al igual que cuando una persona adquiere una nueva ciudadanía terrenal, para llegar a ser un ciudadano del Reino de Dios, es necesario tomar decisiones importantes. Se entiende que adquirir una nueva ciudadanía nos puede llevar a renunciar a la anterior. De igual manera, si somos ciudadanos de este mundo y queremos ser ciudadanos del cielo, debemos renunciar a las cosas que el mundo representa a fin de poner en su lugar las cosas del cielo.

Por lo tanto, la ciudadanía celestial la adquirimos cuando renunciamos a nuestra vida de pecado y juramos lealtad a Jesucristo, quien murió por nuestras culpas en la cruz del calvario. Esta lealtad significa que ahora Él se convierte en el Señor de nuestras vidas. Si todavía no has tomado esta decisión, te invito a que te pongas a cuenta con Dios, renuncies al pecado, conviértete a Jesucristo y recibe tu nueva ciudadanía. Dios te bendiga.

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