Trabajando con Excelencia

Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís.

Colosenses 3:23-24

No hay nada peor que un trabajo mediocre. Muchos empleados han sido despedidos de sus empleos por la pobre calidad de su desempeño. Por otro lado, la excelencia en el trabajo trae muy buenas recompensas. No tiene que ser necesariamente una mejor remuneración económica, sino también la satisfacción del deber cumplido. De la misma manera que debemos trabajar con excelencia en lo natural, debemos actuar cuando lo hacemos para Dios.

Hace años conocí un hombre cuya forma de trabajar me impactó en gran medida. Su principal actividad era la de vendedor. Su entusiasmo era contagioso y siempre llevaba una amable sonrisa en su cara. Yo le tomé aprecio y se ganó mi confianza y nos hicimos amigos. Cualquiera al ver su entrega al trabajar podía pensar que este hombre era muy feliz y no tenía problema alguno de qué preocuparse.

Sin embargo, la verdad es que este hombre había llegado a Florida desde Houston, Texas. Allí él había sido pastor asociado de una iglesia cuyo pastor principal era su propio padre. La razón de su salida de Houston era que su esposa lo abandonó trayendo sus hijos a Florida. Él decidió dejarlo todo para estar más cerca de sus hijos y tratar de salvar su matrimonio.

No le estaba yendo muy bien económicamente y la mayor parte del tiempo no cubría sus propias necesidades porque primero separaba el dinero para el sustento de sus hijos. Pero su condición de siervo de Cristo lo inspiraba a hacer un trabajo de excelencia en todo lo que llevaba a cabo, sin tomar en cuenta el resultado material que obtenía. La fidelidad de Dios quedó manifestada en la vida de este hombre quien recibió su recompensa y fue restaurado completamente.

Esta historia es muy edificante; pero podría ser la excepción a una regla general que vivimos en la sociedad actual. Mucha gente quiere saber primero cuál será su beneficio antes de comprometerse a hacer un trabajo. Si las expectativas no se cumplen, es muy probable que trabajen sin entusiasmo y sin importarles que su desempeño conduzca a la mediocridad. Prácticamente ha desaparecido el compromiso con la excelencia porque muchos prefieren hacer realidad el refrán que dice por la plata baila el mono.

¿Qué haríamos si nuestro jefe fuera Dios y no un hombre o una mujer? ¿Preguntaríamos primero cuál es el beneficio antes de comprometernos con un trabajo de excelencia? ¿Sería mediocre nuestro trabajo? Si en verdad tenemos temor de Dios, creo que trataríamos de dar el máximo para nuestro divino jefe. Así que, la próxima vez que nos toque realizar nuestra labor, cualquiera que sea, hagamos de cuenta de que nuestro jefe es el Señor y hagamos el trabajo con todo nuestro corazón. Que no nos detenga el conocimiento de que no nos pagan lo suficiente ni que ese no es nuestro empleo ideal, sino que la excelencia sea nuestra meta. Dios te bendiga.

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