Testificando a Jesucristo

En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo. Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.

1 Juan 4:13-15

Jesucristo ha sido el personaje más importante en toda la historia de la humanidad. El solo hecho de que la historia misma se divida en antes y después de Cristo establece que nadie más que Él ha tenido tanta influencia. A pesar de todo eso, hay quienes incluso ponen en duda Su existencia y lo catalogan como un ser legendario, un mito que inventaron unos pocos fanáticos religiosos hace dos milenios.

En este siglo XXI, la persona de Jesucristo es aún más atacada y perseguida porque, en ciertos lugares, hasta se prohíbe pronunciar Su nombre. Sin embargo, en estos mismos lugares, los nombres de otros líderes religiosos se dicen y se respetan. Y todo eso se hace invocando la coexistencia, el libre albedrío y lo que es políticamente correcto. Desde este punto de vista, es correcto permitir que se veneren y mencionen los nombres de Buda o Mahoma; pero no está correcto orar en nombre de Jesús. De acuerdo a esta política, está correcto que los cristianos se callen mientras todos los demás se expresen libremente.

¿Está todo este movimiento de la coexistencia conforme a lo que dice el apóstol Juan? La respuesta es No porque la Biblia nos insta a testificar que Jesús es el Hijo de Dios y a confesarlo con nuestra boca. Por lo tanto, según la Escritura, los cristianos estamos llamados a pronunciar nuestra fe en público, no a permanecer callados mientras otros proclaman la suya.

Sé que hay lugares del mundo donde hablar de Jesucristo conlleva un gran peligro. Pero creo que la recompensa del cielo es superior a cualquier tropiezo en la Tierra. Dios nos promete, por Su Palabra, darnos de Su Espíritu y permanecer en nosotros y eso vale más que todo en el mundo. Los primeros cristianos entendieron muy bien esto porque ellos vivieron en carne propia la persecución sin echarse para atrás.

Si nos dejamos llevar por nuestra humanidad, probablemente sentiremos temor de hacer conocer a otros nuestra fe. Sin embargo, todos los que servimos a Jesucristo tenemos una gran ayuda para testificar sobre Él. Escrito está: pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra (Hechos 1:8). El Espíritu Santo ya vino en el Pentecostés y cada uno de nosotros es templo suyo. Por lo tanto, poder tenemos para testificar sobre nuestro Señor.

No sintamos temor por lo que nos pueda hacer el hombre. Hagamos lo que nos toca. Si hemos recibido perdón de nuestros pecados, si hemos sido hecho coherederos con Cristo del Reino de Su Padre, tenemos motivos más que suficientes para testificar sobre Él y pregonar las buenas nuevas de salvación a las naciones, tal como es nuestra misión en la vida. No seamos como aquellos que por miedo a morir dejarán que le coloquen la marca de la bestia y perezcan de todos modos en el lago de fuego. Dios te bendiga.

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