Dios es Nuestro Padre

Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.

2 Corintios 6:18

La figura paterna en nuestros días no siempre es vista con buenos ojos por todo el mundo. Existen leyes en algunos países que le otorgan al padre más deberes que derechos. Incluso he escuchado a personas que se refieren al día de los padres como el día de los perros. La pérdida de brillo de la imagen paterna hace que muchas personas tengan mucha dificultad en asimilar una relación con Dios en la cual Él es nuestro Padre.

En la actualidad muchos hogares son disfuncionales. En ellos muchas veces no existe una figura paterna sino que una mujer hace de padre y madre a la vez. Hay otros hogares donde convive una pareja casada; pero el hombre no es el padre biológico de los hijos, los cuales no le reconocen la posición paterna ni se sienten inclinados a aceptar como tal a quien simplemente ven como el esposo de su madre. Si sumamos a eso lo que la modernidad ha traído con los hogares con dos madres o dos padres, entonces la confusión que podrían tener quienes crecen en ellos sería aún mayor.

El plan original de Dios fue que todo ser humano tuviera una relación estrecha con Él. En esta relación, nuestro Supremo Creador ocuparía la posición de Padre y cada hombre o mujer sería Su hijo o Su hija. Lamentablemente el pecado rompió esa hermosa relación y a partir de ese momento se puede decir que la figura paterna sufrió un duro golpe. Sin tener a Dios como modelo de padre, el hombre, cuando está perdido en sus delitos y pecados, no puede ejercer a cabalidad la paternidad.

Y aunque el pecado nos distanció de Dios, Su deseo permanece inalterable. Nunca Dios ha dejado de anhelar que lo veamos como nuestro Padre. Por eso, Él ideó un plan B, un plan perfecto para restaurar esa relación con nosotros. El plan consistió en enviar a Su Hijo en expiación por los pecados de todos. Y todo fue para restablecer la relación paterno-filial con nosotros, como dice en Juan 1:12-13: Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

La parte que nos toca hacer con el fin de que se restablezca nuestra relación con Dios es la de recibir al Hijo de Dios y creer en Su nombre. Cuando recibimos a Jesucristo, el Hijo de Dios y le abrimos las puertas de nuestro corazón, estamos cruzando el puente hecho con la cruz del Calvario para permitirnos salvar el abismo que había ocasionado el pecado. Recibir a Jesucristo conlleva nuestro arrepentimiento de toda nuestra vida pecaminosa y el reconocimiento de Su señorío sobre nosotros.

Entregarle nuestra vida al Señor no nos esclaviza, sino todo lo contrario, nos libera de la esclavitud del pecado. Y lo más importante de todo es que como dice en 2 Corintios 6:18, Él quiere ser nuestro Padre y que nosotros seamos Sus hijos e hijas. Si todavía no lo has hecho, recibe hoy a Jesucristo en tu corazón, cree en Su nombre y te convertirás en un hijo o en una hija del Señor Todopoderoso. Dios te bendiga.

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