Haciendo el Bien sin Cansarnos

No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.

Gálatas 6:9

Hay un refrán popular que dice hacer bien sin mirar a quien. Algunas personas hacen el bien solo a sus amigos y parientes. Otros hacen el bien si saben que van a recibir algún beneficio mayor. También hay personas que suelen hacer el bien desinteresadamente, pero que al final se cansan al recibir ingratitud como respuesta. Precisamente para ese tipo de personas va dirigida esta reflexión sobre Gálatas 6:9.

El libro de Génesis cuenta la historia de José, el penúltimo de los hijos de Jacob. José fue vendido por sus hermanos a unos mercaderes árabes, quienes a su vez lo vendieron como esclavo en Egipto. Durante sus primeros años en el país de los faraones, José permaneció haciendo bien, a pesar de sus múltiples pruebas. Fue un siervo leal a su amo al punto que rechazó las insinuaciones de la esposa de su señor. José, aún siendo inocente fue enviado a la cárcel; pero incluso allí continuó haciendo el bien. Al final, él recibió la recompensa y llegó a ser el segundo hombre al mando en Egipto.

No todo el mundo que hace el bien toma las cosas como la tomó José. En cierto modo, cuando los sentimientos humanos son heridos sistemáticamente, al final podemos llegar a flaquear. Cualquiera puede argumentar que la paciencia tiene un límite. Si únicamente miramos lo que podemos hacer por esfuerzo propio, definitivamente que va a llegar el momento en que nos rendiremos porque nuestras fuerzas no son infinitas. Solo cuando descansamos en nuestro Padre Celestial somos capaces de superar nuestras flaquezas.

Hacer el bien sin cansarnos y sin desmayar es un acto de fe similar al del agricultor que siembra una semilla. La obtención del fruto de esa semilla no es inmediata. Hace falta un trabajo constante de cuidado de esa semilla plantada; pero esa labor ni siquiera comienza con la siembra. Antes de sembrar la semilla, el agricultor debe de preparar la tierra que va a recibirla. Luego de sembrada, es un trabajo que podría durar meses de cuidado de la planta que crece y solo al final, se obtienen los frutos del esfuerzo, es decir la siega.

En nuestro caminar como hijos del Dios viviente estamos llamados a hacer muchas cosas en bienestar de nuestro prójimo. Es algo que agrada a nuestro Padre, como está escrito: Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios (Hebreo 13:16). Y otra vez nos dice la Escritura que no nos cansemos de hacer el bien: Y vosotros, hermanos, no os canséis de hacer bien (2 Tesalonicenses 3:13).

Conociendo que las promesas de Dios no tienen fecha de caducidad, no debemos poner en duda de que segaremos el bien que hemos sembrado. No importa si nos muerden la mano con que ayudamos, no importa que nos paguen con ingratitud y traición. Tampoco importa que el mundo se niegue a reconocer nuestra ayuda. Nuestra mayor recompensa no viene de este mundo ni es necesariamente algo tangible porque es el propio Señor quien dijo en Lucas 6:35: Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos. Dios te bendiga.

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