Nuestra Gran Esperanza en Cristo

Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?

Juan 11:25-26

Es realmente edificante leer el libro de los Hechos de los Apóstoles y conocer cómo los primeros cristianos aceptaron sin ningún reparo todos los maltratos a los que fueron sometidos. Todos ellos creyeron con una fe ciega las palabras pronunciadas por Jesús en Juan 11:25-26. Algunos de ellos fueron testigos presenciales de la resurrección de nuestro Señor, otros la conocieron por referencia de los testigos oculares; pero todos creyeron al pie de la letra que Jesucristo es la resurrección y la vida.

Desde los tiempos de la iglesia primitiva, los verdaderos cristianos no han sentido temor alguno de enfrentar la muerte física. La seguridad de las palabras del Señor de que quien cree en Él aunque esté muerto vivirá los motiva a tener esperanza aún después de la muerte. Creer que resucitaremos es nuestra gran esperanza en Cristo. No queda la menor duda de que la resurrección de Jesucristo es la espina dorsal del cristianismo. Como dice 1 Corintios 15:14: Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.

Hay que estar bien claro en cuáles son los fundamentos de nuestra fe. Lo que hace diferente al cristiano de los seguidores de otras creencias es que nuestro líder, Jesucristo, no reposa en una tumba fría. Su cuerpo no está enterrado en ningún lugar porque Él venció a la muerte y si Él la venció, nosotros también la venceremos. Como está escrito: Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos (1 Corintios 15:20-21).

Es lamentable que el poderoso mensaje del evangelio haya sido alterado por algunos. La adulteración del evangelio ha provocado que mucha gente ande confundida y busque a Dios con intenciones erróneas. De ninguna manera se puede visualizar a Dios como un corredor de la Bolsa de Valores que multiplica al ciento por uno lo que “sembramos” en Su Reino. Tampoco es cierto que todos nuestros problemas se resolverán como por arte de magia cuando le entregamos nuestra vida a Cristo.

El Señor dejó establecido muy claro que no se puede servir al mismo tiempo a Dios y a las riquezas. También nos advirtió que en el mundo tendríamos aflicciones, lo cual quiere decir que tendríamos problemas. ¿Cuál es pues lo que nos debe motivar a seguirle? No debe ser por los tesoros terrenales que se pierden. Tampoco porque estaremos en una burbuja de cristal sin que nos afecten los problemas del mundo.

El motivo de seguir a Cristo debe ser algo mucho más trascendental, algo que sobrepase los linderos del mundo que conocemos. Ese motivo es la seguridad de que si creemos en Él viviremos aún cuando la muerte nos arranque la vida. Pero más importante que todo eso es la seguridad de tener la vida eterna junto a Él. Y ciertamente, esa es una vida abundante, sin deudas, sin enfermedad, sin dolor, sin preocupación, sin temor, viviendo para siempre en la casa de nuestro Padre Celestial. Dios te bendiga.

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