¿Cómo me Hago un Hijo de Dios?

Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne,  ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Juan 1:12-13

Hay una falsa creencia de que todo ser humano es un hijo o una hija de Dios. La Biblia es muy clara al respecto y establece la condición requerida para poder convertirnos en hijos del Altísimo. Somos hechura suya, creación de Sus manos y Su intención es tener con nosotros una relación en la cual Él es el Padre y nosotros Sus hijos. Sin embargo, el parentesco espiritual con Dios no se adquiere con el nacimiento ni se hereda a partir de nuestros padres biológicos.

En Juan 1:12-13 se establece claramente que el derecho a ser hijo de Dios se obtiene cuando recibimos al Verbo hecho carne, al Unigénito del Padre. Entonces, el primer paso que debemos dar para ser adoptados como hijos es recibir a Jesucristo. La Biblia lo reafirma en Efesios 1:5: en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad. Y de nuevo en Gálatas 3:26: pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.

Los hijos de Dios son guiados por Su Espíritu, como dice Romanos 8:14: Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Ser guiado por el Espíritu de Dios significa no vivir según la carne, sino vivir en el espíritu. Romanos 8:16 continúa diciendo: El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Una vez recibimos a Jesucristo en nuestro corazón, pasamos a ser templos del Espíritu Santo, el cual nos guía y nos reafirma como hijos de Dios.

Filipenses 2:15 dice las características de los hijos de Dios: para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo. Como hijos de Dios estamos llamados a ser la luz del mundo y la sal de la Tierra. Nos toca marcar la diferencia y no dejarnos arrastrar por la corriente ni hacernos eco de las cosas que a Dios desagradan.

Ser un hijo de Dios es un privilegio inmerecido. Solo el gran amor de Dios nos permite ser parte de Su familia. No se trata de lo que podemos hacer, sino de lo que Él ya hizo. En 1 Juan3:1-2 leemos lo siguiente: Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.

Esa manifestación de los hijos de Dios es la que habla Pablo en Romanos 8:19-21: Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Dios te bendiga.

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