Dios Nos Ciñe de Poder

Dios es el que me ciñe de poder, y quien hace perfecto mi camino.

Salmo 18:32

El poder es una de las cosas más ambicionadas por el hombre. Desde el inicio de la historia, muchos hombres han luchado por ser poderosos. Algunos han llevado su ambición de poder fuera de sus fronteras nacionales. En tal sentido, estos hombres han provocado guerras de conquista donde han muerto millones de personas. En casi todos los casos, esos ambiciosos de poder terminaron mal. Solo cuando nuestro poder viene de Dios, nuestro camino se hace perfecto.

Entre los hombres más ambiciosos de poder en la historia humana se destacan tres: Alejandro Magno, Napoleón Bonaparte y Adolf Hitler. Todos ellos fueron causantes de guerras terribles en tres épocas distintas: la Edad Antigua, siglos XVIII- XIX y el siglo XX. Cada uno de ellos arrastró a su nación a una lucha por la supremacía mundial. Todos llevaron a cabo la conquista de extensos territorios de otros países.

Alejandro Magno (356-323 AC) fue rey de Macedonia desde 336 AC hasta su muerte. En el 334 AC lanzó a su ejército contra el poderoso y extenso Imperio Persa el cual conquistó. Se hizo con un dominio que se extendía por Grecia, Egipto, Anatolia, Medio Oriente y Asia Central, hasta los ríos Indo y Oxus. Habiendo avanzado hasta la India, la negativa de sus tropas a continuar hacia Oriente le obligó a retornar a Babilonia, donde falleció sin completar sus planes de conquista de la Península Arábiga.

Napoleón Bonaparte (1769-1821) durante un periodo de poco más de una década, adquirió el control de casi toda Europa Occidental y Central y sólo tras su derrota en la batalla de las Naciones, cerca de Leipzig, en octubre de 1813, se vio obligado a abdicar unos meses más tarde. Regresó a Francia y al poder durante el breve periodo llamado los Cien Días y fue decisivamente derrotado en la batalla de Waterloo en Bélgica, siendo desterrado por los británicos a la isla de Santa Elena, donde falleció.

Adolf Hitler (1889-1945) fue el presidente y canciller de Alemania entre 1933 y 1945. Llevó al poder al  Partido Nazi y lideró un régimen totalitario durante el periodo conocido como Tercer Reich o Alemania Nazi. Además, fue quien dirigió a Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, iniciada por él con el propósito principal de cumplir sus planes expansionistas en Europa. Hitler y su antigua amante Eva Braun se suicidaron para evitar ser capturados por el Ejército Rojo; posteriormente, sus cadáveres fueron quemados.

En contraste a estos tres funestos personajes de la historia, vemos lo que hizo Dios con el rey Salomón. 1 Crónicas 29:25: Y Jehová engrandeció en extremo a Salomón a ojos de todo Israel, y le dio tal gloria en su reino, cual ningún rey la tuvo antes de él en Israel. El poder de Salomón había sido dado por Dios y su reinado se mantuvo en paz. Solo cuando Salomón se apartó de Dios adorando dioses extraños condujo a la división de su reino a su muerte. Entendamos lo que escribió el rey David en el Salmo 18:32 de que quien nos ciñe de poder y perfecciona nuestro camino es Dios. Dejemos de andar presumiendo que somos poderosos porque sobre nosotros está el Todopoderoso. Dios te bendiga.

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