Dios Salva a Quien Confía en Él

Guarda mi alma, porque soy piadoso; Salva tú, oh Dios mío, a tu siervo que en ti confía.

Salmo 86:2

La confianza es una consecuencia lógica de la fe. Sabemos que la fe es un requisito indispensable para recibir la salvación, para ser partícipe de las promesas de Dios y para ser sanado. La prueba tangible de nuestra fe es confiar que Dios es capaz de hacer todas esas cosas en nuestras vidas. Quien confía descansa en quien confió a sabiendas de que no le fallará. Sabemos que Dios es fiel a Su Palabra y por eso debemos caminar confiadamente porque Él nunca nos dejará en vergüenza.

El mejor ejemplo bíblico de alguien que fue salvado por confiar en Dios es David. La confianza de David en el Dios de Israel fue siempre muy notoria. Cuando se enfrentó a Goliat, David demostró gran confianza en Dios porque estaba seguro de que no luchaba contra el gigante con sus propias fuerzas sino con la del Todopoderoso. Humanamente hablando no existían muchas posibilidades de que un muchacho armado con unas pocas piedras iba a derrotar a un gigante bien armado y con mucha experiencia bélica.

David es el autor de muchos de los salmos y en ellos entona alabanzas a Dios y señala su confianza en el Altísimo. Dice Salmo 18:2: Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; y escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio. Aquí David dice que Dios es su roca, su castillo, su libertador, su fortaleza, su escudo, su alto refugio y la fuerza de su salvación. Por todas esas cosas, David reitera su confianza en Dios.

Siendo un hombre ungido por Dios para ser rey de Israel, David tuvo muchos enemigos como Saúl, los filisteos e incluso su propio hijo Absalón quien se rebeló contra él. Sin embargo, a pesar de sufrir años de persecución y acoso, David no dejó de confiar en que Dios lo libraría de todos sus enemigos. La fidelidad de Dios en salvar a quien confía en Él queda plenamente demostrada en la vida del segundo rey de Israel.

Leemos en 2 Samuel 22:1-3: Habló David a Jehová las palabras de este cántico, el día que Jehová le había librado de la mano de todos sus enemigos, y de la mano de Saúl. Dijo: Jehová es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y el fuerte de mi salvación, mi alto refugio; salvador mío; de violencia me libraste. David siempre reconoció que su salvación provenía de Dios.

Historias como la de David son la constante de todo aquel que confía en Dios. Cada día hijos de Dios son librados de la muerte y de muchos peligros por confiar plenamente en el Dios a quien le sirven. Nuestro Padre Celestial no nos fallará jamás y siempre irá en auxilio de quienes han depositado su confianza en Él. Nunca habrá pérdida al dejar en Sus manos nuestro destino.

Pero la salvación que Dios nos da no se limita a los peligros que podamos enfrentar en este mundo. La mayor salvación nos la da al otorgarnos la vida eterna, la cual no se gana ni se hereda sino que la recibimos por confiar en Él. Su plan de salvación es gratuito, lo único que requiere de ti es que confíes en Él y le entregues tu corazón, de la misma manera que Él dio a Su Hijo por ti. ¡Hazlo ya! Dios te bendiga.

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