Te Da Placer, pero te Destruye

Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.

Santiago 1:15

No todo lo que se goza es bueno ni beneficioso. Recuerdo una vieja canción que decía algo como que todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral o engorda. El ser humano parece tener una obsesión por los placeres prohibidos. Hay personas que sienten una gran atracción hacia situaciones muy peligrosas, como los deportes extremos, en los cuales corren el riesgo de perder sus vidas. Pero la peor tendencia humana es nuestra inclinación hacia practicar el pecado, el cual nos lleva directamente hacia la muerte, algunas veces la muerte física, y en todas las veces a la muerte espiritual.

Voy a compartir una historia que sucedió hace ya varias décadas. Luego de graduarme en la universidad y trabajar algunos años en la industria, regresé a mi ciudad natal y acepté ser el encargado de un departamento administrativo de una universidad  que apenas comenzaba. Mi grata sorpresa fue que tenía de secretaria a una joven de mi barrio a quien conocí cuando ella era una niña y yo un joven universitario. Yo tenía mucho aprecio por ella y la consideraba como una hermanita menor.

Mi secretaria había aceptado ser novia de un hombre mucho mayor que ella. Él había vivido muchos años en New York y había regresado a la ciudad luego de muchos años. Su edad entonces rondaba entre 35 y 40 años. Yo tendría unos 28 y mi secretaria, la novia de este hombre tenía como 21 años. El hombre, a quien llamaban en la ciudad el Vaquero Elegante porque siempre andaba vestido con jean, botas y sombrero estuvo haciéndole propuestas de tener sexo antes de casarse a la muchacha. Ella rechazó sus propuestas y finalmente el noviazgo terminó.

La universidad donde trabajábamos perdió el reconocimiento oficial y fue cerrada. Unos años más tarde, el Vaquero Elegante fue diagnosticado con sida y la enfermedad estaba en su etapa terminal. Después de haber sido uno de los hombres con más admiradoras en toda la ciudad, pasó a ser alguien a quien todos le huían. Solo un gran amigo mío lo visitaba con frecuencia en su lecho de muerte. Mi amigo me contó que, en sus días finales, el Vaquero Elegante le confesó que él sabía que merecía morir por su propia culpa; pero que el mayor dolor que se llevaba era haber contagiado con el sida a alrededor de cien mujeres en la ciudad.

Al poco tiempo de fallecer el Vaquero Elegante, me encontré un día en la calle a quien había sido su novia, mi ex secretaria, la muchacha a quien quería como una hermana. Ella me dijo que daba gracias a Dios de no haber sucumbido ante las propuestas de ese hombre porque entonces ella hubiese estado entre las víctimas al ser contagiada con tan terrible enfermedad. Yo la elogié por su integridad y le agradecí que tuviera la confianza de contarme sus cosas.

La historia del Vaquero Elegante terminó en muerte para él. Posiblemente él disfrutó a plenitud del placer de tener sexo con decenas de mujeres. Pero sus actos la Biblia los coloca en la categoría de pecado. Indudablemente que él pecó por fornicación y también cometió adulterio ya que supe que estuvo al menos con una mujer casada. Y en él, el pecado consumado lo llevó a la muerte.

Quizás tu caso no sea tan dramático como el del Vaquero Elegante. Pero si reconoces un área de pecado en tu vida, no te dejes llevar del gozo momentáneo que te da, arrepiéntete de ese pecado y abandona esa práctica. Ponte a cuentas con Dios y entrega tu vida a Jesucristo porque la paga del pecado es muerte. Dios te bendiga.

 

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