De lo que Nos Salva Dios

Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles,  y aborreciéndonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.

Tito 3:3-7

Aunque mucha gente se cree buena, la verdad es que todos tenemos una cola muy larga que puede ser pisada. Algunas de las desviaciones que presenta la Biblia en Tito 3:3-7 pueden estar presentes en cada ser humano durante su permanencia sobre la Tierra. Sin caer en la hipocresía, ¿quién puede negar haber sido insensato, rebelde, extraviado, esclavo de las concupiscencias y diversos deleites? ¿Habrá alguien que alguna vez no haya actuado con malicia, envidiado o aborrecido a alguien? Todas esas cosas conducen al pecado. Dios nos salva de la justa paga por el pecado.

He contado otras veces mi testimonio de cuando me convertí a Jesucristo. No puedo negar que fui uno de los que acudió a Dios buscando ayuda para resolver sus problemas terrenales. En ese momento yo, al igual que muchos, me creía buena persona y que, por lo tanto, Dios me iba a ayudar a obtener un buen empleo y encontrar mi pareja ideal. Afortunadamente para mí, Dios me dio algo mucho mejor que lo que yo buscaba. Lo que Dios me dio aquella noche fue el convencimiento de mi incapacidad para obtener la salvación por mí mismo y que solo Jesús lo puede hacer.

Mi encuentro con Jesús, la luz del mundo, reveló mi verdadero ser porque mis pecados fueron expuestos tal cual eran. Fue como si me viera en un espejo y me diera cuenta de que estaba totalmente sucio y lleno de maldad. Mi condición de pecador era incompatible con la presencia de un Dios Santo. Como una película, fueron desfilando delante de mis ojos todos mis pecados, toda mi gran maldad oculta que ni siquiera mi mejor amigo conocía. Al mismo tiempo, pasó ante mis ojos la cruz y vi a Jesucristo colgado en el madero pagando por cada uno de mis pecados.

En ese momento me di cuenta que el justo Jesucristo había muerto, de la manera más cruel posible, para pagar por mis propios crímenes. Era yo mismo quien debía haber estado en esa cruz pagando por mis numerosos delitos y pecados. Sin embargo, el amor de Dios por mí es tan grande, que puso a Su propio Hijo en mi lugar. Cuando recuerdo esa escena entiendo lo que la gracia de Dios es capaz de hacer por cada ser humano y eso me hace amar cada día más a quien me salvó de la condenación eterna.

Sabes una cosa, mi encuentro personal con Jesucristo ocurrió en el año 2002. Mis problemas materiales no se resolvieron. En todos mis años he pasado por duras pruebas y eso puede continuar pasando. Sin embargo, nada de eso es importante para mí porque en mi mente y mi corazón está grabada la imagen de lo que Dios me salvó, la condenación eterna por causa de mis propios pecados. Te puedes identificar o no con mi situación. Pero si no me miras como tu espejo, eso no te hace inocente de tus culpas. Te recomiendo que medites y, a solas con Dios, ponte a cuentas con Él, arrepiéntete de tus pecados y confía en Jesucristo para tener salvación y vida eterna. No existe otro camino para lograrlo. Dios te bendiga.

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