Muriendo para Dar Frutos

De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.

Juan 12:24

Con mucha sencillez, el Señor Jesús explica en Juan 12:24 una gran verdad: muriendo se obtiene fruto. La mayoría de la gente podría pensar que la muerte es el fin y que después de ella todo acabó. Pero la explicación del Señor tomando la analogía agrícola despeja toda duda referente a que existe algo más después de la muerte y que ese algo podría ser provechoso. Es imposible que la tierra produzca fruto alguno si no enterramos la semilla en ella de la misma manera que sepultamos a los muertos.

He conocido numerosos casos en los cuales, tras la muerte de alguien se ha producido mucho fruto. Algunos de esos casos me han tocado muy de cerca porque han ocurrido dentro de mi familia o con amigos cercanos. He visto también la gran diferencia que existe entre morir con Cristo y morir sin Él. Una experiencia sobre esto último lo vi una vez que visitaba un amigo que estaba en la sección de enfermos terminales de cáncer, él estaba muy tranquilo, mientras que vi en una habitación cercana a alguien quien se había alejado del Señor para buscar brujos y sufría dolores espantosos a pesar de la morfina que le administraban.

Ese amigo enfermo de cáncer se llamaba José Luis, era cubano y tuvimos una amistad breve, por su partida; pero muy cercana. En sus últimos días lo vi muy tranquilo, sin los fuertes dolores propios de quienes están muriendo a causa de tan terrible enfermedad. Incluso, José Luis me habló de que el Señor lo visitaba en su lecho de muerte. Finalmente, mi amigo partió en santa paz con Dios la víspera de la celebración del famoso festival de la Calle Ocho en la Pequeña Habana de Miami, Florida.

El velorio de mi amigo fue justo ese domingo en el cual se celebraba el festival y su madre decidió utilizar una funeraria en la misma Calle Ocho, apenas unas cuadras de donde celebraban la fiesta. Ella argumentaba que todos los parientes vivían en esa zona y por ese motivo era mejor reunirse para despedirlo en un lugar que les quedara cerca. Uno de los pastores de la iglesia a la cual asistíamos iba a llevar a cabo el servicio; pero cuando lo llamé para ponernos de acuerdo para ir, él me dijo que no podía asistir ya que su carro no estaba adecuado para transitar en medio del pesado tráfico de ese día y me pidió que yo efectuara el servicio.

Para mí fue mi debut llevando a cabo la despedida de un difunto. En un momento, Alexandra, hija de la esposa de José Luis y a quien él trataba como si fuera su propia hija me pidió que la acompañara hasta el ataúd de mi amigo. La muchacha se aferró de mi brazo y ambos nos paramos frente al féretro. Yo cerré mis ojos y vi a mi amigo junto al Señor mirándonos con una sonrisa. Cuando compartí la Palabra con los presentes, cada de uno de ellos decidió esa noche entregarle su vida a Jesucristo. La muerte de mi amigo rindió decenas de frutos para el Señor.

La muerte que más fruto ha dado fue precisamente la de nuestro Señor Jesucristo, quien al morir, tendió un puente que restableció la relación entre Dios y la humanidad. Ahora bien, es necesario que nosotros también muramos a nuestra vida pecaminosa y caigamos a la tierra para producir frutos dignos de arrepentimiento. No temas renunciar a tu vida actual porque la nueva vida que recibirás en Cristo será para siempre y sus frutos los disfrutarás en la eternidad. Dios te bendiga.

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