Siervos de la Justicia

Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.

Romanos 6:17-18

En Romanos 6:17-18, Pablo describe la transformación desde ser esclavo del pecado hasta convertirse en siervo de la justicia. De la misma manera que hay una gran diferencia entre el pecado y la justicia, las palabras esclavo y siervo no son sinónimas. El proceso de conversión implica una obediencia genuina, es decir, obedecer de corazón y no solo de labios. Mediante la obediencia alcanzamos ser liberados del pecado.

¿Cuál es la diferencia entre un esclavo y un siervo? Legalmente, el esclavo era considerado una mercancía que el dueño podía vender, comprar, regalar o cambiar por una deuda, sin que pudiera ejercer ningún derecho u objeción personal. La servidumbre era una forma de contrato social y jurídico típica del feudalismo mediante la que una persona, el siervo, quedaba al servicio y sujeta al señorío de otra, el señor feudal. Durante la Edad Media, un siervo era una persona que servía en unas condiciones próximas a la esclavitud.

La servidumbre era algo menos opresiva. Los siervos eran trabajadores agrícolas legalmente vinculados a un lugar de residencia y labor, que estaban obligados a cultivar y cosechar la tierra de su señor. A cambio, podían laborar parcelas para su propio sustento y el de su familia, pagando al señor una parte de las ganancias en metálico y en especie. Su campo de acción era limitado, pero tenían derechos legales, no podían ser vendidos, podían heredar y legar propiedades y llegar a comprar su libertad.

La diferencia principal con respecto a un esclavo consistía en que, en general, el siervo no podía ser vendido por separado de la tierra que trabajaba y en que jurídicamente era un “hombre libre.” El señor feudal tenía la potestad de decidir en numerosos asuntos de la vida de sus siervos y sobre sus posesiones. El siervo no podía traicionar al señor feudal, ya que él le suministraba vivienda, parte de las cosechas y sus prendas.

Cuando éramos esclavos del pecado, nuestra condición era similar a una mercancía que podía venderse, comprarse, regalarse o cambiar por una deuda, sin que nosotros pudiésemos ejercer ningún derecho u objeción. Aunque supuestamente estábamos ejerciendo nuestro “derecho” de vivir como nos diera la gana y hacer lo que nos diera placer, la verdad es que el pecado nos metía cada vez más en un círculo vicioso de esclavitud del cual era imposible salir por cuenta propia.

Cuando la Palabra de Dios encontró tierra fértil en nuestro corazón y el Espíritu Santo nos dio la convicción de pecado, nos arrepentimos, nos convertimos a Cristo y aceptamos la gracia, entonces nuestra esclavitud del pecado quedó atrás. Pasamos de ser esclavos del pecado para ser ahora siervos de la justicia. Como siervos, establecimos un contrato social y jurídico con nuestro Señor Jesucristo. Ahora estamos a Su servicio y sujetos a Su señorío.

Me podrías preguntar ¿y dónde queda mi libertad? Tienes la libertad de escoger ser esclavo o siervo. Si ya te decidiste a ser siervo de Jesucristo, ¿para qué quieres la libertad de volver a ser esclavo del pecado? El precio que Jesús pagó por tu libertad es mucho mayor que lo que te cuesta servirle a Él. Egipto ha quedado atrás, delante de ti está la tierra prometida: la vida eterna. Dios te bendiga.

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