Enriquecidos en Él

Porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él, en toda palabra y en toda ciencia.

1 Corintios 1:5

No cabe duda de que la mayoría de los seres humanos anhelan poseer riquezas. En lo material, apenas un pequeño porcentaje de la humanidad alcanza ese objetivo. La gran mayoría se queda a mitad de camino y apenas cubren sus necesidades básicas. Si vivimos solo pendientes de las riquezas del mundo y creemos que alcanzaremos la felicidad cuando seamos ricos, podríamos terminar frustrados. Pero cuando ponemos nuestra mirada en Jesús y en la vida abundante que Él nos ha dado, nos sentiremos verdaderamente enriquecidos en Él.

Recientemente alguien me envió un video donde el fallecido cantante argentino Facundo Cabral contaba una historia. La historia de Facundo dice así: “Dios tomó forma de mendigo y bajó al pueblo. Buscó la casa del zapatero y le dijo: ‘Hermano, soy muy pobre, no tengo una sola moneda encima, estas son mis únicas sandalias y están rotas. ¿Me puedes hacer el favor de repararlas?’ El zapatero le dijo: ‘Estoy cansado de que todos vengan a pedir y nadie a dar.’

El Señor le dijo: ‘Yo puedo darte lo que necesitas.’ El zapatero desconfiado viendo un mendigo le preguntó: ‘¿Me puedes dar el millón de dólares que yo necesito para ser feliz?’ El Señor le dijo: ‘Yo puedo darte diez veces más que eso, pero a cambio de algo.’ ‘¿A cambio de qué?’ preguntó el zapatero. ‘A cambio de tus piernas.’ El zapatero preguntó: ‘¿Para qué quiero yo diez millones de dólares si no voy a poder caminar?’

Entonces el Señor le dijo: ‘Puedo darte cien millones de dólares a cambio de tus brazos.’ El zapatero preguntó: ‘¿Para qué quiero yo cien millones de dólares si ni siquiera voy a poder comer solo?’ Entonces el Señor le dijo: ‘Puedo darte mil millones de dólares a cambio de tus ojos.’ El zapatero pensó un poco y preguntó: ‘¿Para qué quiero yo mil millones de dólares si no voy a poder ver a mi mujer, a mis hijos, a mis amigos?’ Entonces el Señor le dijo: ‘Ay, hermano, hermano, ¡qué fortuna tienes y no te das cuenta!’”

Y tal como dice esta historia de Facundo Cabral, todos nosotros tenemos una fortuna, aunque muchos no nos damos cuenta. A parte de nuestro propio cuerpo, o nuestra familia, hay muchos tesoros que poseemos sin darnos cuenta. Dios nos ha dado numerosos dones y talentos que no valoramos. A algunos Él le ha dado voces hermosas, a otros el talento para escribir o pintar, otros hacen cosas maravillosas con sus manos o son excelentes deportistas. Cada uno de estos dones y talentos constituye una fortuna para quien lo posee.

¿Seríamos más felices si tenemos un millón de dólares, o diez, cien o mil millones? El dinero no nos haría más felices, porque, si así fuera, no hubiera rico deprimido, cometiendo suicidio o abusando del alcohol o de drogas. De la misma manera que gente sin dinero cae en depresión, suicidio, alcoholismo y droga, los millonarios pueden padecer de lo mismo. Como decía el título de una vieja telenovela mexicana, los ricos también lloran, su fortuna no es garantía de felicidad.

Pero en Cristo hemos sido enriquecidos, no con efímeras fortunas terrenales, sino con fortunas eternas. En Mateo 6:19-21 leemos: No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Anhelemos los tesoros celestiales. Dios te bendiga.

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