Un Nombre Nuevo

El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.

Apocalipsis 2:17

Cuando nos convertimos en hijos de Dios todas las cosas son hechas nuevas. La Palabra de Dios dice que somos nuevas criaturas, que hemos nacido de nuevo del agua y del Espíritu y que, incluso, tendremos un nuevo nombre. Dios suele cambiarle el nombre a quienes ha llamado y separado para Él. Así, Abram se convirtió en Abraham, Sarai en Sara, Jacob en Israel, Simón en Pedro y Saulo de Tarso en Pablo. Apocalipsis 2:17 te dice: Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.

No a todo el mundo le gusta el nombre que le pusieron sus padres, yo soy uno de ellos. Mi madre usó el santoral del Almanaque de Bristol para escoger el nombre de sus hijos. El día que nací, el famoso almanaque traía los nombres de dos “santos” y una “santa:” Genaro, Canuto y Marta. Como no nací mujer, mi madre tuvo que escoger entre los dos nombres masculinos, los cuales, según mi criterio, no eran tan bonitos. Ella escogió el primero, al menos me protegió de que en el colegio hicieran bromas como decir Canuto cada vez más bruto.

Además del santo del día de nacimiento, mi madre tenía un nombre que le agradaba poner a sus hijos. Antes de que yo naciera, ella había leído una novela donde el protagonista se llamaba Silfrido y dijo para sí que le gustaba ese nombre para un hijo suyo. Yo fui el primero de sus hijos; pero prefirió ponerme de segundo nombre Antonio y dejar el nombre de la novela para mi hermano menor. Durante nuestros primeros años, mi madre nos llamaba a mi hermano y a mí por nuestros segundos nombres y así nos conocían en todo el barrio: Antonio y Silfrido.

Cuando ingresé al colegio, mis maestros y compañeros empezaron a llamarme por mi primer nombre. Como muchos de mis compañeros iban a buscarme a mi casa y preguntaban por mí usando mi primer nombre, todos en el barrio también cambiaron a llamarme así, incluyendo mi propia madre. No pasó así con mi hermano, de quien muy pocos saben que su primer nombre es Martín. Así que la mayor parte de mis primeros 30 años de vida, tuve que soportar el nombre tomado del Almanaque de Bristol, el cual, honestamente, yo odiaba.

Cuando salí de mi país, a los 30 años, una amiga en Puerto Rico comenzó a llamarme Tony, un derivado de Antonio, mi segundo nombre. El nuevo nombre me gustó y, desde entonces, en todos lados donde he ido, así me llaman. Para los norteamericanos, Tony es un nombre el cual pueden pronunciar correctamente, contrario a lo que sucede con mi nombre de pila. Así que ahora disfruto de un nombre nuevo, el cual es de mi agrado.

No importa que tu historia sea como la mía o si disfrutas del nombre que te pusieron tus padres. Cuando el Señor regrese, Él ha prometido lo siguiente al que venciere: le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe. En este momento yo no sé cuál será mi nuevo nombre, no ha llegado aún el momento en que eso suceda; pero sí estoy seguro de que el nuevo nombre que tendremos será más hermoso que el que nos dieron al nacer y tendrá un gran significado para el Señor. Dios te bendiga.

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