Somos Uno en Cristo

Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.

Gálatas 3:28

A partir de la revolución francesa y la norteamericana, paulatinamente el mundo se ha ido moviendo hacia el principio de la igualdad entre todos los miembros de la raza humana. Hoy se presenta como un gran logro sociopolítico y tales revoluciones son consideradas como el origen de las libertades civiles que disfrutamos. La verdad es que la verdadera libertad ocurrió muchos siglos antes que franceses y norteamericanos llevaran a cabo sus revoluciones. Gálatas 3:28 dice claramente: Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.

La revolución francesa fue un conflicto social y político, con diversos períodos de violencia, que convulsionó Francia a finales del siglo XVIII. Se inició con la autoproclamación del Tercer Estado como Asamblea Nacional en 1789 y finalizó con el golpe de estado de Napoleón Bonaparte en 1799. La revolución marcó el final definitivo del feudalismo y del absolutismo en Francia, y dio a luz un nuevo régimen donde la burguesía se convirtió en la fuerza dominante del país.

Por su parte, la revolución de las trece colonias inglesas de Norteamérica fue, al mismo tiempo, un proceso revolucionario y de descolonización que llevo a cabo la primera independencia en el continente americano. De este proceso surgió una nueva nación, los Estados Unidos de América, que se estableció jurídicamente en textos de gran trascendencia, como la Declaración de Independencia (4 de julio de 1776) y la Constitución (17 de septiembre de 1787). El ejemplo estadounidense fue decisivo para influir en la revolución francesa y la América española.

Y, aunque la revolución francesa partía del principio de que todos los hombres nacen libres e iguales en derecho, lo cierto es que ese principio no fue aplicado en la que fuera la colonia más rica de las Américas, Saint Domingue, es decir la parte occidental de la isla Española o de Santo Domingo. Francia obtenía grandes beneficios de esta colonia mediante la explotación extrema de esclavos procedentes de África, los cuales reclamaron su libertad tras el cambio de régimen en la metrópoli. La negación de ese derecho trajo como consecuencia la sangrienta revolución haitiana y la segunda nación libre de América, la República de Haití, el 1 de enero de 1804.

Mientras que la revolución en Norteamérica trajo un nuevo sistema político distinto al vigente en esa época, lo cierto es que, aún en ausencia de una monarquía, la esclavitud prevaleció por casi un siglo más. Las diferencias entre esclavistas y antiesclavistas por poco dividen definitivamente a la nación y tuvo que ocurrir una guerra civil entre ambos bandos, la cual fue ganada por los estados del norte que se oponían a la esclavitud. Y aunque los esclavos fueron liberados en Estados Unidos desde la década de 1860, debió pasar un siglo más para que sus descendientes alcanzaran plenas libertades.

Está claro que la verdadera igualdad en la raza humana no es posible bajo iniciativa de la propia humanidad. Ha sido la iniciativa de Dios, a través de Su Hijo Jesucristo, destruir las diferencias entre ser parte de Su pueblo escogido o de las naciones gentiles; haber nacido esclavo o libre; o ser de sexo masculino o femenino. Todos somos uno en Cristo Jesús. Dios te bendiga.

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