El Supremo Llamamiento de Dios

Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Filipenses 3:13-14

El primer llamamiento que Dios le hace a cada ser humano es el llamado a la salvación. Dios no creó al ser humano para que estuviera separado de Él sino para tener  íntima comunión entre el Creador y Su creación. Lamentablemente, el pecado formó una barrera, un abismo entre Dios y nosotros. Cuando aceptamos el llamado del evangelio de arrepentirnos y convertirnos a Jesucristo, hemos dado el primer paso. Ahora viene el segundo llamamiento, lo que Pablo llama el supremo llamamiento, el cual es el llamado a la santificación.

La santificación no es ni instantánea ni automática sino un proceso que no terminará hasta que estemos frente a nuestro Señor y Rey Jesucristo. Pablo lo reconoce en sí mismo cuando dijo: yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado. Si el propio Pablo no había alcanzado ese supremo llamamiento, ninguno de nosotros tampoco lo hemos alcanzado. Pero hay que tener esa misma actitud del apóstol: pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta. Sigamos, pues, hacia la meta.

El llamado a ser santo lo vemos en 1 Pedro 1:13-16: Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. La gracia no es licencia para pecar sino el motivo de procurar la santificación.

Una vez somos salvos por gracia, el fruto que Dios espera de nosotros es la santificación. De eso da testimonio la Palabra en Romanos 6:22: Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Ese es nuestro supremo llamamiento, salvados por la sangre del Cordero, nuestra meta es ser santos. Cierto es que no lo logramos por nosotros mismos, pero 2 Corintios 7:1 dice cómo podemos hacerlo: Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.

Si queremos hacer la voluntad de Dios, procurar nuestra santificación debe ser una prioridad. En 1 Tesalonicenses 4:3 dice: pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación. Y más adelante en 1 Tesalonicenses 4:7 dice: Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación. Esta es una confirmación del supremo llamamiento que Dios nos ha hecho, somos llamados a santificación, a santidad, a ser santos y dejar atrás la inmundicia en la cual vivimos antes.

Como salvados por Cristo Jesús, hemos nacido de nuevo. Por eso, debemos actuar como la nueva criatura que somos. Efesios 4:22-24 dice: En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Seamos como Pablo y ganemos el premio del supremo llamamiento. Dios te bendiga.

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