La Recompensa de la Herencia

Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís.

Colosenses 3:23-24

No esperemos que todas nuestras recompensas por servir a Cristo las recibiremos en este mundo. Quien así piense, realmente no ha entendido el significado de las palabras de Jesús cuando dijo que Su Reino no es de este mundo. Y aunque en esta vida recibamos golpes por servir al Señor, eso no nos da derecho a sentirnos frustrados o que decaiga nuestro entusiasmo por servirle a Él. La recompensa de la herencia está garantizada y, sin lugar a dudas, la recibiremos.

Por la Biblia conocemos la historia de Abraham, a quien Dios ordenó salir de la tierra de su padre con la promesa de darle otra tierra, la cual sería la herencia para sus descendientes. El libro de Génesis narra toda la historia de Abraham; pero Hebreos 11:8-10 nos da un resumen de la misma: Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.

Vamos a ver el paralelo que existe entre la vida de Abraham y lo que dice Colosenses 3:23-24. Primero es, que Abraham actúo como dice al principio Colosenses 3:23-24: Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres. Abraham salió de Ur de los caldeos, en lo que hoy es Iraq, hacia la tierra de Canaán, la cual Dios le prometió dar. Abraham ya era un hombre viejo cuando recibió el llamado de Dios, no tenía hijos; pero no tomó en cuenta nada de eso para obedecer el llamado que había recibido.

Ciertamente que Abraham salió sin saber a dónde iba, en su tiempo, no existían las facilidades de movilidad que existen hoy. Por lo tanto, él iba rumbo a una tierra que jamás había pisado, una tierra de la cual no tenía un mapa. Abraham no tenía Google para hacer una búsqueda y averiguar los detalles de la tierra hacia donde iba. Tampoco disponía de un GPS o una brújula para no perderse en el camino, él solo confió en el Dios que le había ordenado salir de la tierra de su padre y su parentela y lo obedeció de todo corazón.

Ya en la tierra prometida, Abraham habitó como extranjero, y ya en el ocaso de su vida y la de su esposa fue que nació el hijo de la promesa. Dios le pidió a Abraham que le sacrificara su único hijo y él obedeció de todo corazón. Al ver la fidelidad de Abraham, Dios no solo impidió la muerte de Isaac, sino que le hizo la promesa que reseña Génesis 22:16-17: Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos.

Para los que nacimos desde la segunda mitad del siglo XX hasta hoy, Génesis 22:16-17 es la mejor demostración de la fidelidad de Dios y la veracidad de la Biblia. Hemos sido testigos de que la descendencia de Abraham ha poseído las puertas de sus enemigos. Esa es nuestra mayor garantía de que también nosotros, los que servimos a Cristo, recibiremos la recompensa de la herencia de la misma manera que la recibieron Abraham y el pueblo de Israel. Dios te bendiga.

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