Pidiendo con Fe

Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor.

Santiago 1:6-7

La fe no solamente es importante para agradar a Dios, sino que es absolutamente necesaria para recibir lo que pidamos en oración. Ciertamente que todos tenemos necesidades, pero la mano de Dios se moverá más rápidamente hacia aquellos que pidan con fe. Elevar peticiones a nuestro Padre celestial teniendo dudas es equivalente a decirle que no le creemos capaz de hacer las cosas que le pedimos. Obviamente que Dios no se sentiría inclinado a otorgar las peticiones de quienes no le crean a Él.

La Biblia presenta historias de hombres y mujeres de gran fe. Una de estas historias es la de la mujer cananea, la cual vemos en Mateo 15:21-28: Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón. Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros. Él respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme! Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.

En esta historia, el Señor puso a prueba tres veces la fe de la mujer cananea. La primera prueba fue manteniendo silencio ante su petición. La segunda prueba fue cuando los discípulos de Jesús le pidieron que la despidiera y Él les respondió a ellos diciendo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. La tercera y última prueba fue cuando Él respondió a la mujer que estaba postrada ante Él: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos.

La mujer cananea pasó exitosamente sus tres pruebas de fe. Ante las dos primeras pruebas,  en lugar de resignarse e irse sin alcanzar ver cumplida su petición, la mujer se postró ante Jesús y le dijo: ¡Señor, socórreme! Y aunque la respuesta del Señor pudo haberle parecido a muchos como cruel y ofensiva, la mujer pasó esta prueba final ubicándose el lugar que le correspondía estar, pero reconociendo que la misericordia de Dios la podía alcanzar también a ella: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Esta respuesta conmovió al Señor: Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.

Hoy no tenemos al Señor frente a frente como lo tuvo la mujer cananea, pero la oración nos pone en contacto directo con Él. Y aunque de primera intención Su respuesta sea el silencio, nuestra fe debe mantenernos firmes en la oración. Y si continuamos en la oración y recibimos un no por respuesta, eso no significa que sea definitivo, sino otra prueba de nuestra fe. Pero si el Señor nos hace ver nuestra indignidad, en lugar de ofendernos, humillémonos delante de Él reconociendo la pequeñez de nuestra humanidad y la grandeza de Su misericordia. Dios te bendiga.

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