El Pueblo de Dios

Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a Su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia.

1 Pedro 2:9-10

Quien ha entregado su vida a Jesucristo, aunque el mundo piense lo contrario, se ha convertido en una persona muy importante delante de Dios. Ante el mundo, especialmente en la actualidad, podemos carecer de valor; pero para Dios somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios. Solamente estas cuatro características del creyente son suficientes para no sentirnos menos ante el mundo y poder caminar cumpliendo con nuestro propósito: anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable.

El pueblo de Dios sufre hoy, en casi todas las naciones de la tierra, una persecución velada que se hace ver como si fuera para facilitar el libre pensamiento y la igualdad de derechos. El temor de Dios se ha perdido por completo y hay quienes se atreven a desafiar a Dios mismo y a Su Ley. Es notable ver como se limitan y coartan las expresiones de adoración a nuestro Padre Celestial o mencionar el nombre de Jesús, mientras se toleran y fomentan conductas que son contrarias a lo que dice la Biblia.

Y aunque el mundo vea a los hijos de Dios como ciudadanos de segunda clase, para Él seguimos siendo linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios. Como linaje escogido, es una honrosa distinción saber que Dios ha puesto Sus ojos sobre nosotros entre tantos otros habitantes de esta tierra. Ser un escogido significa haber sobresalido sobre los candidatos probables. Y esa elección no tuvo que ver por nuestros méritos ya que, en eso, somos iguales a los demás, sino que a Dios le plació escogernos, así la gloria es solo Suya.

Y somos escogidos para llevar a cabo un real sacerdocio. Somos sacerdotes del Rey Altísimo y es nuestro deber anunciar las virtudes de nuestro Señor y Rey. Somos llamados a pregonar y propagar las buenas nuevas del evangelio a toda criatura hasta el último confín de la tierra. No importa que coarten nuestra predicación, no tenemos que cambiar el mensaje para complacer al mundo, somos real sacerdocio, sacerdotes de Dios, no del mundo, por lo cual nuestro mensaje debe ajustarse a lo que dice Dios no a lo que quiera escuchar el mundo.

Somos una nación santa y como tal, estamos apartados para Dios. No estamos supuestos a estar contaminados con las cosas del mundo. En el pasado, fuimos parte de las tinieblas; pero ahora hemos sido llevados a la luz. Entonces debemos caminar conforme a lo que dice la Santa Palabra de Dios no conforme a lo que quieran imponer las modas del momento. Somos llamados a darle luz al mundo y no a unirnos a sus tinieblas. Si complacemos al mundo en lugar de Dios, estamos negando nuestra propia esencia como pueblo de Dios.

Finalmente, somos pueblo adquirido por Dios, antes fuimos esclavos del pecado y sujeto al dios de este mundo; pero el Altísimo nos compró por un alto precio y pagó nuestro rescate con la sangre preciosa de Su Hijo. Si nos humillan o nos quieren obligar a aceptar las modas mundanas, pensemos primero en la cruz, en la preciosa vida que costó nuestro rescate y digamos no a las cosas del mundo. Vivamos agradecidos de Su infinita misericordia. Dios te bendiga.

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