Dios Pelea Nuestras Batallas

Y luego que vino Judá a la torre del desierto, miraron hacia la multitud; y he aquí yacían ellos en tierra muertos, pues ninguno había escapado. Viniendo entonces Josafat y su pueblo a despojarlos, hallaron entre los cadáveres  muchas riquezas, así vestidos como alhajas preciosas, que tomaron para sí, tantos, que no los podían llevar: tres días estuvieron recogiendo el botín, porque era mucho.

2 Crónicas 20:24-25

Ignorar que estamos en una guerra es dar ventaja al enemigo. Mientras estemos dormidos y disfrutando de lo que creemos es paz, el enemigo está planificando darnos un golpe mortal para aniquilarnos. La guerra es real y cada día tenemos una batalla nueva. Dios siempre nos avisa de lo que urde el enemigo. El aviso de Dios viene a través de Su Palabra, de las señales que nos da, de visiones, de sus siervos los profetas y del testimonio que da Su Espíritu que mora en nosotros.

Voy a compartir otra de las visiones que el Señor me ha permitido observar cuando busco Su presencia. Me vi ataviado como un soldado de la antigüedad y tenía una espada en mi mano. Entendí que llevaba puesta la armadura de Dios de Efesios 6:11-17: Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.

Me vi en un campo de batalla. Yo conducía un tanque de guerra e iba ataviado como un soldado moderno. A mi alrededor iba el resto del ejército que me acompañaba, algunos iban a pie, armados con ametralladores, tal como los soldados de hoy; otros conducían tanques igual que yo; y otros muchos montaban a caballo llevando espadas y armaduras, como los soldados antiguos.

También vi en el cielo a nuestros aviones, armados con misiles; pero también vi a un formidable ejército de ángeles, con vestiduras blancas y espadas doradas, quienes volaban a mayor velocidad que nuestros aviones y se adelantaban hacia el campo enemigo. Todos nosotros íbamos desde el occidente hacia el oriente. El ejército enemigo venía hacia nosotros desde el oriente hacia el occidente; pero yo no podía distinguir bien sus características porque aún estaban muy lejos de nosotros. Sólo pude ver que sobre ellos volaba un ejército de demonios vestidos de rojo, quienes iban al encuentro de los ángeles para darles batalla.

Finalmente vi el campo después de la batalla; pero ya no estaban las huestes espirituales (ángeles y demonios). El ejército enemigo había sido aniquilado por completo, pero nuestro ejército resultó totalmente ileso y todos nosotros recogíamos un valioso botín, tal como hicieron Josafat y los judíos. Estamos en una guerra; pero Dios está con nosotros peleando cada batalla para darnos la victoria. No hay nada que temer. Dios te bendiga.

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La Armadura de Dios

Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios.

Efesios 6:10-17

Cuando decidimos seguir a Cristo y abandonamos las cosas de este mundo, el príncipe de las tinieblas se convierte en nuestro enemigo. Y como decía el Chavo del 8, sin querer queriendo estamos en medio de una guerra espiritual. En toda guerra hay dos bandos y ambos pretenden ganarla. En las guerras los soldados deben de estar suficientemente entrenados y apropiadamente equipados para poder luchar, sobrevivir y ganar. Nosotros, como soldados de Cristo, debemos conocer nuestro equipo de protección y nuestras armas para poder vencer.

Nuestro entrenamiento lo da nuestro Señor, quien nos da la fuerza. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece dice Filipenses 4:13. Debemos de estar preparados y alertas porque siempre vendrán días malos ya que nuestro enemigo estará siempre listo para atacarnos, como nos dice 1 Pedro 5:8: Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar. Por eso debemos usar todo el tiempo la Armadura de Dios.

El cinturón de la verdad nos da libertad: y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Juan 8:32). De este modo estamos seguros de no caer en las mentiras del enemigo. La coraza de justicia protege nuestro corazón, como nos dice Proverbios 4:23: Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida. El apresto del evangelio de la paz es nuestro calzado. Somos mensajeros de las buenas nuevas de salvación: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! (Romanos 10:15).

La fe es un escudo impenetrable. Dice Salmo 18:30: En cuanto a Dios, perfecto es su camino, y acrisolada la palabra de Jehová; escudo es a todos los que en él esperan. Poniendo nuestra fe en Dios, rechazaremos todos los ataques del enemigo.

Debemos tomar conciencia de que el campo de batalla del enemigo es nuestra mente. Él va a tratar de acusarnos cada vez que cometamos un error, por eso nuestra salvación debe ser el casco que nos proteja: Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo (1 Tesalonicenses 5:8).

Finalmente, nuestra arma de ataque y defensa es la Palabra de Dios: Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12). Dios te bendiga.