No Existe Ruta Alterna Hacia Dios

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.

Juan 14:6

Hay un refrán popular que dice que todos los caminos conducen a Roma. En la antigüedad, cuando el Imperio Romano era el poder dominante, era obvio que el centro de todo era la que llegó a llamarse la Ciudad Eterna. Hoy día pueda que el centro gravitatorio de la política mundial se ha desplazado fuera de la península italiana. Muchos afirman ahora que New York es la capital del mundo. Tanto para ir a Roma en la antigüedad o para ir hoy a New York existen muchos caminos. Sin embargo, para ir hacia Dios solo existe un camino y se llama Jesucristo.

A través de la historia, la humanidad ha utilizado múltiples caminos para llegar a Dios. Algunos han hecho imágenes a las cuales adoran, veneran u honran. Otros piensan que el camino correcto es ser buena persona. Unos más afirman que Dios está en nosotros y que si miramos hacia dentro de uno mismo llegamos hasta Dios. En cada uno de esos casos, hay todo un conjunto de filosofías y ritos religiosos que la mayor parte de las veces son inútiles para alcanzar el objetivo de llegar hasta Dios.

Dado que Dios mismo ha dejado por escrito las instrucciones para relacionarnos con Él, es mucho más simple ir a esa fuente primaria y seguir las instrucciones. Por fortuna, la Escritura no es tan difícil y compleja para que cualquier persona no la entienda. El único impedimento que nos limita en la comprensión de la Biblia es que excluyamos a Su divino autor mientras leemos. Volviendo a nuestro tema de hoy, Juan 14:6 se explica a sí mismo. Cuando queremos combinar esas tres palabras: camino, verdad y vida, sólo hay una persona que las puso juntas en sí mismo, Jesucristo. Tal como Él mismo nos dijera, Jesús de Nazaret es el único camino que nos conduce hacia una relación con Dios. Él es también la verdad que nos hace libres. Él es además esa vida abundante y permanente que Dios el Padre diseñó para su máxima creación, el hombre.

En mi vida, como hombre de ciencia, sentía que algo faltaba en mí, sentía que existían vacíos enormes dentro de mi ser que no podían llenarse con lo que estaba haciendo. Mi búsqueda terminó cuando tuve un encuentro personal con Jesús y desde ese momento, mi mente y mi corazón dieron un cambio radical porque pude encontrar el camino, pude ser libre de la duda al conocer la verdad y pude experimentar esa vida abundante que Él vino a darnos.

Hoy puedo decir sin temor que el evangelio no es una hipótesis, un teorema o una teoría científica que necesita ser demostrada para convencer a los incrédulos. El evangelio es la verdad del Hijo del Dios Viviente, quien tomó nuestro lugar en una cruz para redimirnos. El evangelio es la certeza de que ese mismo Jesucristo crucificado y humillado, fue también levantado de entre los muertos para gloria de Dios Padre. Por lo tanto, el evangelio no necesita ser defendido ni demostrado sino proclamado. En este mundo relativista donde todo depende de la escala de referencia, el evangelio es una verdad absoluta que ya quedó demostrada en la tumba vacía de Jesús de Nazaret. Dios te bendiga.

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Dios Exalta al Humilde

Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo

1 Pedro 5:6

La humildad parece ser una virtud en peligro de extinción en estos tiempos. El mundo nos insta a no dejarnos humillar por nadie. Los medios de comunicación nos dicen que tenemos derechos que nadie debe pisotear. Se hacen paradas para mostrar el orgullo; pero no se hace ningún desfile para mostrar la humildad. Si Dios exalta al humilde, pero aborrece el orgullo, no hay que ser un científico para darse cuenta el por qué las cosas andan mal en el mundo. Es obvio que la relación entre Dios y la humanidad no pasa por su mejor momento.

Recuerdo algo que me pasó mientras yo hacía mis estudios doctorales en química en la Universidad de Puerto Rico. Una vez estaba conversando con varios profesores y llamé doctor a un funcionario de la universidad que me había atendido cuando llegué por primera vez a la misma en 1986. Uno de los profesores me corrigió de una manera tajante diciendo que ese señor no era doctor. Me di cuenta del orgullo de sus palabras y la ostentación de quienes adquieren un doctorado en ciencia.

La carencia de humildad no se limita a la gente del mundo. Es penoso ver a personas que se suponen que sirven a Dios, pero cuyo orgullo le brota por los poros. Son muy notables los casos de religiosos que se ofenden si no lo llaman pastor, apóstol, reverendo, profeta o evangelista. Si llamamos pastor a un siervo “no ordenado”, la queja sale de inmediato. Lo mismo sucede si uno llama pastor a quien se siente con la potestad de ser llamado apóstol o profeta. Esa persona se molesta de la misma manera que si dijeran que su madre practica la profesión más vieja del mundo.

¿Qué dice Jesús al respecto? Veamos Mateo 23:8-12: Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos.  Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros;  porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se enaltece será humillado,  y el que se humilla será enaltecido.

En el Reino de Dios no es mayor quien tiene los títulos más sonoros, sino aquel que sirve a todos los demás. Y nuestro estándar y modelo es el propio Jesucristo, como dice Filipenses 2:5-11: Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. Dios te bendiga.

El Pez Muere por Abrir la Boca

Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.

Mateo 12:37

Jesús nos dice que seremos justificados o condenados por nuestras palabras. Él no dice que nos salvaremos o nos condenaremos por lo que hacemos, o por nuestras obras, sino por lo que sale de nuestra boca. Es muy común en los humanos el hablar sin pensar y, en tales casos, olvidamos que las palabras son como el agua derramada, la cual es muy difícil de recoger y colocar de nuevo totalmente en su recipiente original.

¿De qué manera somos justificados por nuestras palabras? Cuando confesamos con nuestra boca que Jesús es el Señor y lo reconocemos como nuestro único y suficiente Salvador. Aquel ladrón que fue crucificado junto a Jesús fue delincuente toda su vida; pero, en su último momento de vida, abrió su boca para reconocer el señorío de Jesús y la Palabra de Dios da testimonio de su salvación. En cambio, el otro ladrón fue condenado por sus propias palabras, no por su condición de ladrón, ya que en eso, ambos tenían el mismo historial.

Usemos nuestras bocas para bendecir a otros, en lugar de maldecirlos; pero más que eso, usémosla para obtener la salvación, reconociendo a Jesús como nuestro Señor y Salvador. Porque Pablo nos dice en Romanos 10:9-10: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.

En el mundo natural sabemos que cuando la policía arresta a un sospechoso de un crimen tiene un protocolo en el cual le dice sus derechos. El policía le dice al arrestado: “Tiene derecho a guardar silencio, tiene derecho a contratar un abogado y todo lo que diga puede ser usado en su contra.” En otras palabras, el sospechoso arrestado podría ser juzgado en base a sus propias palabras ya que éstas podrían incriminarlo del crimen que se le imputa.

No existe un solo ser humano que pueda decir que es inocente delante de Dios. ¡Todos hemos pecado! Si Dios tuviera una policía celestial y enviara a Sus ángeles para arrestarnos por nuestros delitos y pecados, el protocolo del arresto bien podría ser lo que dice Mateo 12:37: Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado. Ante es un potencial “arresto divino” no guardemos silencio sino digamos las palabras correctas.

En cuanto a contratar a un abogado, nuestro problema ya está resuelto, como nos dice 1 Juan 2:1: Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. No necesitamos a alguien más para que interceda por nosotros. Jesucristo está ahora sentado a la diestra de Dios Padre como nuestro abogado defensor cuando hemos confiado plenamente en Él.

Y para que nuestras palabras no sean usadas en contra nuestra, al ser confrontados por Dios, no justifiquemos nuestras faltas. Más bien, confesemos nuestros pecados, proclamemos de Jesús como Señor de nuestras vidas y recibamos a través de Él salvación y vida eterna. Dios te bendiga.