El Misterio de Dios

Para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.

Colosenses 2:2-3

La ciencia humana trata de hallar la explicación que revele los misterios de la naturaleza y todo lo que existe. En las múltiples teorías científicas Dios es excluido de la interpretación dada por el hombre. Y aunque la Biblia ha sido, por mucho, el libro más vendido en la historia, cada día existen más personas que le restan credibilidad y prefieren aceptar explicaciones dudosamente confirmadas dadas por la ciencia. El misterio de Dios y Su creación son dados en la Biblia y están disponibles para todos.

La curiosidad humana no tiene límite y, desde siempre, la humanidad ha tratado de encontrar una forma de conocer lo que habrá de suceder en el futuro. A tal fin, se han utilizado diferentes vías para alcanzar ese objetivo: adivinos, pitonisas, astrólogos, horóscopos, brujos, hechiceros, cartas, bolas de cristal, entre otras cosas. Todos esos medios nos ponen en contacto con el mundo de las tinieblas y nos apartan de la luz admirable de Dios, quien ha hablado muy claro en Su Palabra sobre lo que habrá de acontecer.

La Biblia usa la palabra profecía para definir lo que habrá de suceder en el futuro. Pero la misma Biblia nos advierte que el mundo de las tinieblas usará la misma palabra profecía para confundir a muchos, incluyendo a los creyentes. Mateo 24:24 lo dice bastante claro: Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos. Ya estamos viviendo ese tiempo, por lo tanto debemos de estar alertas y apegados a la Palabra de Dios para no ser engañados.

Todos esos falsos Cristos y falsos profetas que están apareciendo ya desde hace un tiempo, le están preparando el camino para la manifestación del hombre de pecado, el cual vendrá junto con un falso profeta y su amo y señor, como nos dice Apocalipsis 16:13-14: Y vi salir de la boca del dragón, y de la boca de la bestia, y de la boca del falso profeta, tres espíritus inmundos a manera de ranas; pues son espíritus de demonios, que hacen señales, y van a los reyes de la tierra en todo el mundo, para reunirlos a la batalla de aquel gran día del Dios Todopoderoso.

En Apocalipsis 16:13-14 vemos a tres personajes: el dragón, la bestia y el falso profeta. ¿Quiénes son ellos? El dragón, la serpiente antigua, es el diablo; la bestia es el anticristo y el falso profeta es la figura religiosa que conducirá al mundo a adorar a la bestia. Los planes del enemigo, quien de antemano sabe que le queda poco tiempo, ya se han puesto en marcha. Nuestro Padre Celestial nos ha dejado por escrito en Su Santa Palabra, las señales que debemos observar. Pero también nos ha mandado a estar alerta todo el tiempo porque no sabemos el día y la hora.

En el día del Señor, veremos la consumación del misterio de Dios. Escrito está en Apocalipsis 10:5-7: Y el ángel que vi en pie sobre el mar y sobre la tierra, levantó su mano al cielo, y juró por el que vive por los siglos de los siglos, que creó el cielo y las cosas que están en él, y la tierra y las cosas que están en ella, y el mar y las cosas que están en él, que el tiempo no sería más, sino que en los días de la voz del séptimo ángel, cuando él comience a tocar la trompeta, el misterio de Dios se consumará, como él lo anunció a sus siervos los profetas. Dios te bendiga.

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Miembros de la Familia de Dios

Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.

Efesios 2:19-22

Hay un detalle que se debe tomar en cuenta cuando recibimos a Jesucristo en nuestro corazón: pasamos a formar parte de la familia de Dios. Conociendo que Dios es el creador de todo lo que existe y, por tanto, el dueño del universo, ser parte de Su familia es un honroso privilegio. ¿Podrá existir algo mejor que estar emparentado con el Ser Supremo? Ahora bien, somos miembros de la familia de Dios; pero no como unos primos lejanos o sobrinos de un tataranieto, ¡somos Sus hijos! Y como hijos, somos Sus herederos en primer grado.

Veamos a través de la Escritura lo que significa ser miembros de la familia de Dios. Primero que nada es importante conocer cómo ingresamos a la familia de Dios. Juan 1:12 dice: Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Recibir a Jesucristo es el requisito indispensable para tener la potestad, el poder, la autorización de ser hecho hijos de Dios. Se puede decir que recibir a Jesucristo es nuestro certificado de adopción como hijos del Altísimo.

Romanos 8:14-21 nos ilustra sobre el significado de ser hijos de Dios: Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados. Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Los hijos tienden a parecerse a su padre y a imitar sus gestos, su voz y hasta su forma de caminar. Efesios 5:1 dice: Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. La imitación a nuestro Padre Celestial debe ser un ejemplo para los demás. Filipenses 2:15 dice: para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo. Y nuestro Padre tiene el derecho de disciplinarnos, como dice Hebreos 12:7: Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?

Finalmente, veamos lo que dice 1 Juan 3:1-2 con respecto a los hijos de Dios: Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.  ¡Qué honrosa distinción ser parte de la familia del Todopoderoso! Dios te bendiga.

Hasta los Demonios Creen en Dios

Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan.

Santiago 2:19

Hay mucha gente que piensa que es suficiente con decir que creen en Dios. He escuchado muchas veces a personas decir la frase “Yo creo en Dios,” pero no saben definir claramente al Dios en el cual dicen creer. La razón es que dicen creer en Dios, pero no lo conocen. Y no lo conocen porque no han establecido una relación con Dios. Hasta los demonios creen en Dios y están sujetos a Él al punto que tiemblan ante Su presencia. Así que no basta meramente con decir que creemos en Dios.

La Biblia habla muy poco sobre “creer en Dios,” en su lugar, es más frecuente encontrar creer en Jesús, en el Hijo. Cuando creemos en Jesucristo, el Hijo de Dios, también estamos creyendo en Su Padre. Eso lo expresa el mismo Señor en Juan 12:44-45: Jesús clamó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió. Jesús es la imagen visible del Dios invisible, quien envió a Su Hijo a morir en una cruz en rescate de toda la humanidad pecadora.

Como dice Santiago 2:19, cualquiera, incluso los mismos demonios creen en Dios. Creer en Dios es aceptar Su existencia. En tal sentido, solo los que se denominan ateos o agnósticos rehúsan aceptar que Dios existe. Por lo tanto, si fuera suficiente con solo creer en Dios, solo quienes rechazan Su existencia estuvieran en falta. Sin embargo, a la luz de lo que dice Santiago, es obvio que si así fuera, los demonios se considerarían creyentes, lo cual sabemos que no es cierto.

Más que creer en Dios, la Biblia habla de confiar en Dios. Un ejemplo lo encontramos en Jeremías 17:7-8: Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto. Confiar en Dios es lo mismo que creer en Sus palabras.

Entonces la raíz del asunto no es el simple hecho de creer en Dios sino de creerle a Dios. Cualquier ser, sea humano o espiritual podría creer en Dios; pero creerle a Dios significa algo más que eso. Ciertamente que Dios se sentirá más ofendido con quienes no creen en Sus palabras que con quienes niegan Su existencia. No creer en Dios, como hacen los ateos, es ignorar que Él existe; pero no creerle a Dios es decirle mentiroso, es dudar de Su fidelidad, de Su seriedad y Su integridad.

La Biblia está llena de promesas para quienes han decidido creer en Dios. Con solo leer el Salmo 23 nos damos cuenta de algunas de ellas: nada nos faltará, nos hace descansar, nos pastorea, conforta nuestra alma, nos quita el temor, siempre está con nosotros, nos infunde aliento, nos suple el alimento, nos unge, Su bien y Su misericordia nos siguen y habitaremos en Su casa por la eternidad. En muchos otros lugares de la Biblia hay otras tantas promesas de nuestro Padre Celestial.

Ahora te digo a ti que dices creer en Dios, ¿por qué no le crees a Dios? ¿Por qué te rehúsas a creer que eres salvo por gracia? ¿Por qué te tiemblan las piernas ante la escasez? ¿Por qué te afanas y te cansas? ¿Por qué caminas con temor? ¿Por qué dices que estás solo? ¿Por qué te desanimas? ¿Por qué andas diciendo que las cosas están mal? No ofendas más a Dios con tu incredulidad a Sus promesas. No pienses que los ateos estén peor que tú porque cuando solo crees en Él y no a Él estás en el mismo lugar donde están los demonios. Dios te bendiga.

 

No Hay Excusa

Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.

Romanos 1:18-20

Un viejo refrán dice que desde que se inventaron las excusas nadie queda mal. Eso podría funcionar entre los humanos y bajo ciertas circunstancias. Sin embargo, en cuanto a nuestra relación con Dios, no tenemos ninguna excusa para nuestro pecado. Mucho antes de que Dios le entregara las tablas de la Ley a Moisés en el Monte Sinaí, Él mismo había manifestado a la humanidad Sus reglas desde la misma creación cuando dio instrucciones a nuestros primeros padres en el Edén. A partir de ahí, ya estábamos advertidos y sin excusa válida para nuestras faltas.

Voy a compartir una historia que leí hace un tiempo. Se dice que muchos años atrás el Virrey de Nápoles hizo una visita a Barcelona, España. En el puerto había un barco de remos, una galera, con prisioneros condenados a remar, castigo usual para la época. El Virrey se acercó a los prisioneros y les preguntó que había pasado, que los había llevado a estar ahora en esta situación. Así escuchó de primera voz terribles historias.

El primer hombre dijo que estaba allí porque un juez aceptó un soborno de sus enemigos y lo condenó injustamente. El segundo dijo que sus enemigos habían pagado a falsos testigos para que lo acusaran. El tercero dijo que había sido traicionado por su mejor amigo, quien escapó de la justicia dejándolo. Y así por el estilo. Finalmente el Virrey dio con un hombre que le dijo: “Mi señor, yo estoy aquí porque lo merezco. Necesitaba dinero y le robé a una persona. Estoy aquí porque merezco estarlo.”

El Virrey quedó absolutamente anonadado y volviendo sobre el capitán del navío de esclavos dijo: “Aquí tenemos a todos estos hombres que son inocentes, están aquí por injustas causas, y aquí este hombre malvado en medio de todos ellos. Que lo liberen inmediatamente, temo que pueda infectar a los demás.” De esta manera el hombre que se había confesado culpable fue liberado y perdonado, mientras aquellos que continuaban excusándose a sí mismos volvieron a los remos.

Esta es una historia verdadera, y la moraleja es bastante obvia. Hablamos de las excusas y su poder. De cómo nos encadenan y mantienen sujetos en un determinado orden de cosas. En lo espiritual sucede algo muy parecido. La mayoría de la las personas cuando son confrontadas por sus pecados van a presentar excusas. Podrían decir cosas como estas: “No tuve la culpa de haber fornicado, ella era tan bella que me provocó;” o “Le prendía velas a los santos porque mi abuelita me enseño, pero no fue mi culpa.” Y muchas otras más.

Pero el Señor lo dice muy claro en Juan 15:22: Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado. La Ley de Dios nos condena y Jesús nos habló la forma en la cual podríamos salvarnos y ser perdonados por nuestros pecados. El evangelio es claro, nuestras obras en lugar de salvarnos demuestran nuestra culpabilidad. Solo la gracia nos justifica; pero las excusas por nuestros pecados, en especial, el pecado de rechazar a Cristo, solo conllevan condena en el juicio de Dios. Dejemos pues de presentar excusas, es hora de arrepentirnos de todo pecado. Dios te bendiga.

Amen

¿A Quién Van los Sacrificios?

Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios.

1 Corintios 10:20

Lo que dice 1 Corintios 10:20 puede verse desde diferentes ángulos. Si lo vemos en el tiempo, hay un mensaje directo a los cristianos de Corinto para advertirles de la práctica pagana de hacer sacrificios a dioses falsos. En la actualidad, aunque el culto a Zeus o Apolo está descontinuado, existen personas que aún ofrecen sacrificios y promesas a santos, lo cual, en cierto modo los convierte en ídolos. Por otro lado, siempre hay que ver el aspecto espiritual de la Escritura. Intentar hacer un sacrificio, aún sea al Dios verdadero, es restarle validez al sacrificio de Jesús en la cruz.

En la antigüedad era común ofrecer sacrificios de sangre a la deidad en la cual se creía. La misma Biblia reseña los sacrificios de animales demandado por el Dios verdadero al pueblo de Israel. En el mundo pagano antiguo, cada pueblo ofrecía sacrificios de sangre a sus dioses. En algunas culturas esos sacrificios incluían seres humanos. Lo que dice Pablo en 1 Corintios 10:20 de que los sacrificios de los gentiles iban dirigidos a los demonios prueba que el diablo siempre ha intentado imitar las cosas de Dios y los sacrificios de sangre a ídolos eran parte de su imitación a los sacrificios que Dios había dado a Su pueblo.

En los tiempos actuales, quienes adoran abiertamente a Satanás son los únicos que continúan practicando los sacrificios de sangre. Esa práctica es muy común entre santeros y seguidores del vudú y otras manifestaciones del culto demoníaco. Sin embargo, ya tales sacrificios no se practican dentro del judaísmo, principalmente porque no existe el templo desde hace casi dos mil años. Otras religiones de la actualidad tampoco los hacen.

A pesar de que dentro de quienes se autodenominan cristianos nunca se han llevado a cabo sacrificios de sangre, sí hay ciertas prácticas que muy bien caen dentro de lo que Pablo había amonestado a los corintios. Intentar repetir el sacrificio de Jesús en la cruz, sea mediante un rito autorizado por una iglesia o por la práctica común en lugares como Filipinas de colgarse en una cruz en Semana Santa, no son sacrificios dirigidos a Dios sino a demonios que buscan robarle la gloria a Dios y a Su Hijo Jesucristo.

Otros sacrificios comunes especialmente en algunos países latinoamericanos practicados por los seguidores de la religión tradicional son el ofrecer promesas a imágenes por supuestos milagros. Tales promesas incluyen, entre otras, vestirse de cierto color por cierto tiempo, dejar de comer algún tipo de alimento en una época específica, dar limosna especial a la imagen, llevarle velas, caminar descalzo o de rodillas hasta el templo de la imagen, etc. Todas estas prácticas de sacrificio nunca irán dirigidas a Dios sino al demonio detrás de cada imagen, el cual le roba Su gloria al Altísimo.

Finalmente, ciertas iglesias “cristianas” practican una especie de sacrificio francamente tan demoníaco como los anteriores. Son los llamados “pactos con Dios”, los cuales por lo general implican la aportación de una suma de dinero, la cual supuestamente Dios multiplicará al ciento por uno. En verdad que este tipo de sacrificio no va dirigido al Dios verdadero sino a un demonio llamado Mamón, el dios del dinero. El verdadero sacrificio ya lo hizo Jesús en la cruz del Calvario en expiación por los pecados de todos. Allí mismo selló con Su sangre el nuevo pacto mediante el cual recibimos perdón cuando reconocemos Su señorío en nuestras vidas. Hacer cualquier otra cosa no es más que una burla a Él. Dios te bendiga.

Amen

Asegúrate de Heredar el Reino de Dios

¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.

1 Corintios 6:9-10

En 1 Corintios 6:9-10, el apóstol Pablo presenta una lista de quienes no heredarán el Reino de Dios. La lista incluye a los injustos, los fornicarios, los idólatras, los adúlteros, los afeminados, los que se echan con varones, los ladrones, los avaros, los borrachos, los maldicientes y los estafadores. Son once categorías de excluidos de la herencia del Reino de Dios. Y Pablo enfatiza con la palabra No erréis, lo cual es una advertencia para que no nos equivoquemos negando lo que nos está diciendo. Ese énfasis de Pablo nos deja muy claro que él está hablando muy en serio.

La lista de 1 Corintios 6:9-10 comienza con los injustos. En Romanos 3:10-12 leemos: Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Eso quiere decir que ningún ser humano es justo en sí mismo, lo cual nos convierte a todos en injustos, excluyéndonos de la herencia celestial. La justicia nos llega por gracia mediante la fe.

El adulterio es el contacto sexual íntimo entre una persona casada y otra persona que no es su esposa o esposo. La fornicación es cuando ocurre un intercambio sexual íntimo entre dos personas que no están casadas. En otras palabras, fornicación es sexo fuera del matrimonio. La idolatría es la adoración indebida a los ídolos, lo cual constituye una franca violación al segundo mandamiento que está escrito en Éxodo 20:4-6. La idolatría no es solo adoración de imágenes sino colocar algo o alguien antes que a Dios, incluyendo a nuestros hijos o padres.

Afeminado es aquel que pierde las características que tradicionalmente se consideran propias de hombres para adoptar las asociadas generalmente a las mujeres. Uno de los tantos sinónimos de afeminado es homosexual. Los que se echan con varones son aquellos hombres que sostienen una relación sexual con otro varón. No importa si presidentes, congresos o jueces legalicen estas prácticas, el Rey de reyes, el Juez Supremo no está de acuerdo con las mismas y quienes las llevan a cabo no son bienvenidos en Su Reino.

Los otros excluidos de la herencia celestial incluyen a quienes se apoderan de lo que no es suyo, los ladrones. No importa la cuantía del robo o si fue producto de desfalcar las arcas estatales o atracar a un conductor en un semáforo. La avaricia es el afán o deseo desordenado de poseer riquezas, bienes u objetos de valor con la intención de atesorarlos para uno mismo, mucho más allá de las cantidades requeridas para la supervivencia básica y la comodidad personal. También los avaros carecerán de herencia en los cielos.

Los borrachos son los que se han pasado en el consumo de alcohol; pero aunque Pablo no los mencione, no creo que los que embrutecen sus mentes con drogas distintas al alcohol pasen por inocentes. Los maldicientes son aquellos cuyo vocabulario es prolífero en maldiciones. En todos los idiomas del mundo, el común hombre de pueblo es un maldiciente. Estafar es pedir o sacar dinero o cosa de valor con engaño; dar a alguien menos o cobrarle más de lo justo; defraudar, no ofrecer lo que se espera de algo. Revisemos bien el catálogo de aquellas prácticas que impiden ser heredero del Reino de Dios y, si encontramos que alguna de ellas es parte de nuestra vida, paremos de hacerlo a fin de no perder la herencia. Dios te bendiga.

 

Todos Hemos Pecado

Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.

Romanos 3:23

La santidad de Dios es incompatible con el pecado. Es por eso que, por haber pecado, todos estamos destituidos de la gloria de Dios como establece la Escritura en Romanos 3:23. Ninguno es bueno y ninguno es justo, pero todos somos pecadores. Es evidente que todo aquel que se considera buena gente va quedando descubierto cuando meditamos en lo que dice la Biblia. Nuestra conciencia debe estar ya dándose cuenta de que es imposible presumir inocencia. Nuestros actos nos condenan y el escape al castigo no viene de nosotros mismos.

La escritora norteamericana Rosaria Butterfield (1962- ) dijo lo siguiente: “El pecado no es un error. Un error es tomar la salida incorrecta en la carretera. Un pecado es traición contra un Dios Santo.” Debo destacar que Rosaria Butterfield fue profesora de una prominente universidad en los Estados Unidos, quien se consideraba a sí misma como atea y lesbiana. Hoy ella es la esposa de un pastor y le sirve al Señor. Por lo tanto, ella tiene una buena base para hablar sobre el pecado y lo que hace Dios cuando nos rendimos a Él.

El gran predicador inglés del siglo XIX Charles Spurgeon dijo: “Si todas las huestes de pecados placenteros se pudieran juntar y apilar todo el oro para que llegue tan alto como la Luna, esa masa completa no podría reembolsar a un hombre por él ser arrojado a las llamas del infierno. Te suplico que no corra semejantes riesgos. Que mucha gracia te capacite ya a echar a un lado tus pecados y a tomar a Cristo.” El ruego que hacía Spurgeon a sus oyentes hace más de un siglo sigue vigente hoy. Hoy yo lo hago mío y te suplico del mismo modo que no corras tal riesgo de irte eternamente al infierno.

Si todavía te sigues considerando buena gente, mira lo que dice el teólogo escocés Sinclair Ferguson (1948- ): “No venimos a ser pecadores por cometer actos específicos. Cometemos actos específicos de pecado porque somos pecadores. En resumen, mi problema no son las acciones aisladas que veo como aberraciones de lo que realmente soy. Si pienso de esa forma me estoy engañando a mí mismo. Estas acciones no son aberraciones sino revelaciones de lo que está en mi corazón. Muestran que cometo pecado porque estoy esclavizado al mismo.”

No podemos darnos el lujo de evangelizar sin presentarle a la gente la realidad de su pecado y sus consecuencias funestas. El teólogo norteamericano Cornelius Plantinga, Jr. (1946- ) ha dicho: “Para la iglesia cristiana ignorar, eufemizar o de otro modo silenciar la realidad letal del pecado es cortar el nervio del evangelio. Porque la sobria verdad es que sin una información completa acerca del pecado, el evangelio de la gracia se vuelve impertinente, innecesario y, finalmente, carente de interés.”

La predicación moderna pasa por alto hablarle a la gente del pecado. Muchos pastores se resisten a tratar el tema por temor a herir a la gente y provocar una estampida de miembros de sus congregaciones. La realidad es que el evangelio comienza con las palabras “arrepentíos y convertíos” no con “felicidad y prosperidad.” Porque la Palabra de Dios es muy clara: todos hemos pecado y eso nos excluye de la presencia de Dios.

Si eres un siervo de Dios, háblales a las personas del peligro que corren encubriendo su pecado. Si aún no conoces al Señor, arrepiéntete y conviértete a Él. Y grábate lo que dice el teólogo norteamericano Jonathan Edwards (1703-1758): “Tú no contribuyes en nada a tu salvación excepto el pecado que la hizo necesaria.” Que el Espíritu Santo traiga luz a tu conciencia y te muestre tus transgresiones y al confesarlas, recibas perdón. Dios te bendiga.