No Hay Peor Ciego que quien no Quiere Ver

Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.

2 Corintios 4:3-4

No es necesario ser un científico espacial para entender la Palabra de Dios. Si no fuera así, la mayoría de la humanidad quedaría excluida del alcance del conocimiento de Dios. El evangelio solo permanece oculto y encubierto para los que se pierden por tener cegada la mente. Y no se trata de carecer de suficiente inteligencia humana, muchas personas cuyo coeficiente intelectual es bastante elevado son incrédulas. No están ciegos para ver la verdad de Cristo porque no tienen visión, sino porque han sucumbido ante el padre de la mentira.

El mensaje del evangelio es extremadamente sencillo y fácil de entender cuando somos guiados por el Espíritu Santo. Sin embargo, cuando decidimos aplicar la lógica y la razón humanas, se nos hace virtualmente imposible ver la verdad. Vamos a resumir lo que significa la salvación bíblica. Todos los seres humanos hemos pecado contra Dios y estamos excluidos de Su presencia. Solamente somos justificados, es decir, declarados justos, por medio de la fe en Jesucristo, quien derramó Su sangre en la cruz del calvario por nuestra redención.

De acuerdo a Romanos 3:23-26: por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

La salvación consiste de la gracia, la reconciliación, la propiciación, la redención y la justificación. Por la gracia, el pecador está delante de Dios como deudor; pero recibe lo que no merece. En lugar de ser castigado por sus delitos y pecados, es perdonado y declarado absuelto. La reconciliación es una unión en donde dos que estaban separados ahora están juntos nuevamente. El pecado separa al hombre de Dios, pero Cristo nos reconcilia con Él.

El pecador está delante de Dios como un enemigo, pero recibe paz. Jesús con Su sangre pagó el precio del pecado y, una vez que el precio es pagado, Dios nos acepta y dejamos de ser sus enemigos. Romanos 5:1-2 dice: Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

La demanda justa de la ira de Dios contra el pecador fue satisfecha por la muerte de Jesucristo en la cruz. Esa es la propiciación. Mediante la redención, el pecador está delante de Dios como esclavo del pecado; pero recibe su libertad al ser rescatado porque Jesucristo pagó el precio con Su sangre. Romanos 6:22 dice: Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.

Finalmente, mediante la justificación, el pecador está delante de Dios acusado y culpable de ser un pecador; pero Dios lo declara libre de culpa porque Jesucristo pagó el precio por nuestros pecados con Su propia sangre. Todo se resume en que Jesucristo murió por tus pecados y los míos y somos justificados por la fe en Él. No sigas permitiendo que el enemigo ciegue tu mente, abre tus ojos espirituales y mira la cruz que te ha salvado. Dios te bendiga.

 

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La Ley y el Evangelio

Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro.

Romanos 5:20-21

Donde no existen reglas claras nadie está en falta. Sin embargo, cuando se establecen las reglas, toda violación a ellas implica una falta de parte de quien lo haya hecho. La introducción de la Ley de Dios a través de los Diez Mandamientos implicó el establecimiento de lo que es el pecado. Todo lo que sea contrario a lo que dice la Ley constituye una ofensa contra Dios. En contraste, el evangelio de la gracia conduce a la justicia para vida eterna por medio de nuestro Señor Jesucristo.

Por siglos, muchos predicadores estuvieron conscientes de la importancia de enfatizar en la Ley antes de dar las buenas nuevas del Evangelio a los no creyentes. Martín Lutero dijo: “El primer deber del predicador del evangelio es declarar la Ley de Dios y mostrar la naturaleza del pecado.” También dijo lo siguiente: “En su verdadera obra y esencia correcta, prepara a un hombre, si usa la Ley correctamente, para anhelar y buscar la gracia.”

El predicador inglés Charles Spurgeon (1834-1892) dijo: “La Ley debe hacerlos morir antes de que puedan ser vivificados por el Evangelio.” Y otro predicador británico, Martyn Lloyd-Jones (1899-1981) dijo: “El verdadero evangelismo siempre debe comenzar con la predicación de la Ley.” Ambos coinciden en el mismo punto que siglos antes que ellos había expresado Lutero. La predicación de la Ley prepara el camino para aceptar la gracia.

Un pastor norteamericano de este tiempo, Jerry Cross, también se ha expresado en forma semejante cuando dijo: “Mientras más aprendamos a ver lo profundo de nuestro pecado, más vemos la profundidad de la gracia de Dios.” Lamentablemente, en nuestros días, la mayoría de los predicadores enfatizan en la conveniencia de que nuestros problemas terrenales se resuelven al convertirnos a Jesucristo, en lugar de hablar del único problema que resolveremos cuando tomamos esa decisión.

Voy a ser muy honesto contigo que me escuchas o lees este mensaje. Si estás buscando el rostro de Dios porque estás desempleado, porque tienes problemas familiares, porque estás deprimido o tienes muchas deudas, no te garantizo que convirtiéndote a Cristo vas a resolver todos esos problemas. Sin embargo, si sé que cuando mueras dejarás de tener cada uno de esos problemas. La cosa es que hay otro problema mayor que todos esos juntos con el cual te enfrentarás al morir. Ese problema es ¿qué pasará después de ahí?

La Ley de Dios te confronta y te declara pecador y tu destino final es el infierno, a menos que te arrepientas y aceptes a Jesucristo y obtengas, por gracia, la vida eterna. Voy a finalizar con las palabras del teólogo norteamericano Lewis Sperry Chafer (1871-1952): “Nadie en la Tierra, tiene autoridad, ni derecho, de perdonar pecados, nadie pudiera perdonarlos, excepto Jesús, que es el único contra quien todos hemos pecado.” Que el Espíritu de Dios te dé convicción de pecado y aceptes la gracia. Dios te bendiga.

 

Creer en Jesús para Tener Vida Eterna

De cierto,  de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna.

Juan 6:47

A pesar de que hoy día existen personas quienes creen que al morir todo se acaba, lo cierto es que Dios ha establecido todo lo contrario. Al morir pueden pasar dos cosas: vida eterna o muerte eterna. Por supuesto, quienes no creen en que existe algo más allá de la vida terrenal, probablemente no alcanzarán la vida eterna. La razón la explica claramente Juan 6:47: hay que creer en Jesucristo para tener vida eterna.

Lo que dice Juan 6:47 es una reafirmación de lo que expresa el versículo mejor conocido de la Biblia, Juan 3:16: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. La vida eterna es la meta, creer en Jesús es la única vía posible para alcanzar esa meta. No hay otra ruta alterna hacia la vida eterna fuera de creer en el unigénito de Dios.

La modernidad ha tratado de presentar a Jesucristo como un personaje fuera de moda. Países que otrora se consideraban cristianos, hoy imponen leyes que coartan expresar el nombre de Jesús, supuestamente defendiendo los derechos de los no creyentes. Sin  embargo, con esas leyes violan los mismos derechos que tienen los creyentes y, muchas veces, nadie dice nada. La imagen de Dios que tiene el mundo hoy no es la verdad de la Biblia. Invocando la coexistencia de credos, se ha pretendido invocar a un Dios en el cual Jesucristo queda excluido.

Estamos viviendo en un tiempo en el cual se fomenta el libre pensamiento. En estos tiempos, la verdad aceptada depende del eje de referencia. Cada quien defiende su punto de vista como verdadero. Ciertamente vivimos lo que está escrito en Isaías 5:20-23: ¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo! ¡Ay de los sabios en sus propios ojos, y de los que son prudentes delante de sí mismos! ¡Ay de los que son valientes para beber vino, y hombres fuertes para mezclar bebida; los que justifican al impío mediante cohecho, y al justo quitan su derecho!

El mismo profeta continúa diciendo a continuación las consecuencias de ese tipo de conducta. Dice Isaías 5:24: Por tanto, como la lengua del fuego consume el rastrojo, y la llama devora la paja, así será su raíz como podredumbre, y su flor se desvanecerá como polvo; porque desecharon la ley de Jehová de los ejércitos, y abominaron la palabra del Santo de Israel. Pretender cambiar las reglas y las leyes para satisfacer las preferencias vigentes en el mundo ni modifica la Palabra de Dios ni nos exonera de la culpa.

El propio Señor lo dice en Marcos 13:31: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Por lo tanto, no importa lo que diga el mundo, no importa cuáles sean tus propias creencias, solo creer en Jesucristo te garantiza la vida eterna porque así lo establece la Escritura. ¿Hasta cuándo vas a arriesgar tu salvación por creer en cuentos de camino? Ten presente que lo que está en juego es tu destino eterno. No permitas que pase un día más sin depositar tu confianza en Jesucristo. Tú no sabes cuánto tiempo más te queda en este mundo y es aquí donde debes tomar esa decisión. Dios te bendiga.

La Misión de la Unción

Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; A predicar el año agradable del Señor.

Lucas 4:18-19

Mi pastor repite continuamente que unción es sinónimo de capacitación. Él me ha enseñado que el Espíritu Santo nos unge con el fin de capacitarnos para llevar a cabo con eficiencia la obra del Señor. Cuando leo Lucas 4:18-19 o Isaías 61:1-2, comprendo que él tiene toda la razón. Somos ungidos con el fin de cumplir nuestra misión como soldados de Jesucristo.

En el año 2008, mi hijo mayor decidió formar parte del Ejército de los Estados Unidos. El primer requisito era recibir entrenamiento que lo capacitara para ser un soldado eficiente. Su entrenamiento básico fue en Fort Knox, Kentucky. Yo fui allí para su investidura. Pero su capacitación no terminó allí. Luego de su entrenamiento básico, mi hijo pasó por otras tres bases más: Fort Lee, Virginia; Fort Benning, Georgia; y Fort Polk, Louisiana, antes de ser asignado a su base permanente en Fort Bragg, Carolina del Norte.

En cada una de las bases militares a las cuales asistió, mi hijo recibió entrenamiento especializado que lo iba a capacitar para servir en el Ejército de los Estados Unidos de América. Una vez concluida la serie de entrenamiento, él ya estuvo listo para cumplir su primera misión en Iraq, donde prestó servicio por un par de años para luego regresar a su unidad militar correspondiente.

En lo espiritual, se dice que Dios no escoge a los capacitados sino que capacita a los escogidos. Igual que en los ejércitos humanos, en los cuales no se envía al campo de batalla a un recluta sin ser previamente entrenado, Dios no va a enviar a ninguno de sus siervos a cumplir una misión sin antes ser capacitados adecuadamente. Pero la gran diferencia es que la capacitación divina no necesariamente implica pasar determinado tiempo en una institución académica o un campamento espiritual.

En Lucas 24:49 dice el Señor: He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto. El poder a que nuestro Señor se refiere es la unción del Espíritu Santo, la cual fue derramada sobre Sus discípulos el día de Pentecostés. Así, un simple pescador como Pedro fue capaz de predicar con tal poder que miles de personas se convirtieron a Jesucristo.

En Isaías 10:27 leemos: Acontecerá en aquel tiempo que su carga será quitada de tu hombro, y su yugo de tu cerviz, y el yugo se pudrirá a causa de la unción. La unción nos da la capacidad de predicar el evangelio de poder que libera a los cautivos del pecado, les da esperanza a los pobres de espíritu, sana a los enfermos, expulsa demonios y hace milagros, prodigios y señales que glorifican a nuestro Padre Celestial. Busquemos una unción fresca cada día para ser capaces de cumplir con la gran comisión que nos ha sido encomendada de hacer discípulos en todas las naciones. Dios te bendiga.

Dar para Recibir

Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir.

Lucas 6:38

El tema que nos trae Lucas 6:38 no le resulta muy agradable a mucha gente en estos tiempos. A la mayoría de las personas hoy día le parece correcto sacar lo suyo primero y luego darle a los demás lo que sobra. Sin embargo, eso no fue lo que enseñó el Divino Maestro Jesucristo, sino que lo que recibiremos vendrá como consecuencia de lo que hemos dado primero.

En este siglo XXI, las sociedades humanas se han vuelto cada vez más egoístas. Cada quien solo anda buscando lo suyo propio y no les importa lo que pueda pasarle a los demás. Lo menos que la gente piensa es en dar, todos esperan recibir; pero muy pocos tienen la disposición de entregar algo. Ya se da por sentado el sentido de pertenencia de las cosas. Por eso, muy pocos se acuerdan de dar gracias por los favores que reciben y mucho menos dan gracias a Dios, a quien cada vez más van sacando de sus vidas.

Hay un versículo bíblico que muchas veces ha sido utilizado con un fin distinto por el cual fue escrito. Dice 2 Corintios 9:6: Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Lo que escribió Pablo en 2 Corintios es una reafirmación de lo que dijo Jesús en Lucas 6:38: hay que dar para poder recibir. Sin embargo, he visto como algunos usan 2 Corintios 9:6 para llevar a la gente a hacer supuestos pactos con Dios, tal si fuera una transacción comercial tipo bolsa de valores.

Dios mismo ha dado el ejemplo de dar primero, como expresa Juan 3:16: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Frente a una humanidad corrompida por el pecado, Dios ofreció a Su Hijo en sacrificio con el único fin de que cada hombre o mujer tuviera la oportunidad de evitar pasar la eternidad en un lugar de perdición. Dar a Su Hijo fue un acto supremo de amor de parte de Dios.

No es una coincidencia que estés leyendo o escuchando este mensaje. Voy a hablarte de algo que puedes dar para que recibas una medida buena, apretada, remecida y rebosante. Mira bien lo que dice Juan 3:16 después de Hijo unigénito: para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Te invito a que creas en Jesucristo, que le entregues tu corazón a Él en este día. Si Dios ha dado a Su Hijo, por amor, ¿sería pedirte demasiado si Dios espera que le des tu corazón?

Recuerda que vas a dar tu corazón primero; pero a cambio vas a recibir una medida buena, apretada, remecida y rebosante. Y esa medida que recibirás es la vida eterna, la cual no tienes forma alguna de ganarla conforme a tus propios méritos. Es un regalo que, aunque aparentemente sea gratuito para ti, ya Dios pagó un precio muy alto: la vida de Su propio Hijo. Dar tu corazón a Jesucristo hoy es la mejor decisión que puedes hacer en toda tu vida ya que recibirás a cambio salvación y vida eterna. No siembres escasamente, da lo mejor de ti y segarás el perdón de tus pecados. Dios te bendiga.

La Obediencia nos Abre las Puertas del Cielo

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

Mateo 7:21

Si analizamos lo que dice Mateo 7:21, se puede decir que habrá gente quienes invoquen el nombre de Jesús y no tendrán lugar en los cielos. Entonces muchos podrían decir que resultaría imposible para la mayoría alcanzar la salvación. Lo cierto es que el Reino de Dios no se gana con las “buenas obras” que hacemos; ni con ser parte de una iglesia determinada; ni con ser un servidor de Dios, llámese pastor, cura, ministro o clérigo. Lo único que nos abre las puertas del cielo es hacer la voluntad de Dios, es decir, obedecerle a Él.

Muchos líderes religiosos han inventado fórmulas complejas que supuestamente nos llevan al cielo. Muchas de las reglas religiosas no son ideas de Dios sino que se basan en filosofías humanas. Lamentablemente, la gente toma tan en cuenta lo que le enseña su líder religioso que no busca en la Escritura la comprobación de que lo que escucha va conforme a la Palabra de Dios. Y es casi seguro que parte de esa gente mencione el nombre del Señor Jesucristo y pretenda estar siguiéndole a Él. Sin embargo, si su tradición religiosa contradice lo que está escrito en la Biblia, aunque sea en un solo punto, tal religión no se apega a la voluntad de nuestro Padre Celestial. Por lo tanto, quien continúe practicando tales tradiciones está en riesgo de no entrar en el Reino de los cielos. Eso no lo digo yo, es lo que dijo el propio Señor en Mateo 7:21.

La voluntad de Dios es que ningún hombre o mujer se pierda sino que reciba la salvación. Nuestro Señor lo dice en Mateo 18:14: Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños. Por lo tanto, nuestra meta cada día a fin de hacer la voluntad de nuestro Padre es procurar la salvación de cada hombre o mujer que se cruce en nuestro camino. Jesús lo reitera en Juan 6:39: Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

Por lo tanto, si queremos hacer la voluntad de Dios y no la nuestra, debemos alinear nuestros pensamientos hacia alcanzar Sus objetivos antes que los propios. Y está muy claro que la voluntad de Dios expresada en Su Palabra es la salvación de todos. Entonces, procuremos con todas nuestras fuerzas compartir cada día con alguien las buenas nuevas de salvación. Que esa sea una meta diaria para cada uno de los que hemos recibido por gracia la vida eterna.

Dice Romanos 10:14-15: ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! Seamos diligentes en compartir con otros el mensaje salvador de Jesucristo, para que, como dice Juan 3:16, crean en Él, no se pierdan y alcancen vida eterna. Esa es la voluntad de nuestro amado Padre Celestial. Dios te bendiga.

Nacer de Nuevo

Respondió Jesús y le dijo: De cierto,  de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo.

Juan 3:3-7

Las cosas de Dios pueden parecer ilógicas cuando se razonan desde el punto de vista humano. Cuando Jesús le dijo a Nicodemo que era necesario nacer de nuevo para ver el Reino de Dios, inmediatamente Nicodemo se imaginó a un adulto entrando al vientre de su madre para nacer. En verdad, Jesús no se estaba refiriendo a un nacimiento en la carne sino a un nacimiento totalmente distinto proveniente del Espíritu. Ese es el real y verdadero segundo nacimiento, el cual necesitamos a fin de entrar en el Reino de Dios.

¿Por qué es necesario nacer de nuevo en el Espíritu? Cuando nacemos del vientre de nuestra madre somos nacidos en la carne. Sin embargo, tener aliento de vida no quiere decir que todo nuestro ser esté vivo. Hay una parte de nosotros que está muerta aunque disfrutemos de una excelente salud. Esa parte es el espíritu, el cual está muerto por culpa del pecado. En este caso, la muerte espiritual significa estar separado de Dios, cuya santidad es totalmente incompatible con el pecado. Al nacer de nuevo en el Espíritu, entonces nuestro propio espíritu recibe vida, la cual, contrario a la vida carnal que conocemos, no tendrá fin porque es vida eterna.

¿Cómo nacemos de nuevo? Nacer de nuevo implica el restablecimiento de la relación entre Dios y el hombre. Esa relación fue rota por el pecado y como dice Romanos 6:23: Porque la paga del pecado es muerte. Por lo tanto, alguien debió morir para pagar el precio de nuestro pecado. Ese alguien fue nuestro Señor Jesucristo, quien tomó tu lugar y el mío en la cruz del Calvario muriendo en expiación por nuestros pecados. Pero el Señor Jesús no quedó muerto sino que resucitó al tercer día venciendo al pecado y a la muerte. Y gracias a Él, nosotros tenemos la oportunidad de nacer de nuevo del agua y del Espíritu y, con ello, tener acceso a ver el Reino de Dios.

Continúa diciendo Romanos 6:23: mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. El nuevo nacimiento no es algo que podemos comprar ni ganar, es un hermoso regalo que viene de parte de Dios. La vida eterna no se adquiere por derecho propio. Es imposible ser salvo por medio de nuestras propias obras. Tampoco hay una garantía de tener vida eterna por pertenecer a una iglesia particular o por seguir ciertos ritos. Solamente a través de Jesucristo y de nadie más, se adquiere la ciudadanía celestial.

Nacer de nuevo es lo que dice 2 Corintios 5:17: De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Estemos pues en Cristo a fin de que ocurra el nuevo nacimiento que necesitamos para ver el Reino de Dios y disfrutar de vida eterna junto a nuestro Padre Celestial. Dios te bendiga.