Una Esperanza Viva

Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según Su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero.

1 Pedro 1:3-5

Todo lo que dice 1 Pedro 1:3-5 merece la mayor atención por parte del creyente: Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según Su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero. Meditemos profundamente sobre esa esperanza viva que nos aguarda.

Pedro dice primero lo siguiente: Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según Su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva. La esperanza viva que nos aguarda no es algo que hayamos ganado por nosotros mismos. Ni tampoco viene porque la merecemos. Ha sido la gran misericordia de Dios, quien nos hizo renacer para esta esperanza. Si Él nos hizo renacer, es decir, nacer de nuevo, es porque nuestro primer nacimiento nos impedía tener acceso a esta esperanza. Juan 3:3 nos dice: Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el Reino de Dios.

La esperanza viva viene por lo que dice a continuación el apóstol Pedro: por la resurrección de Jesucristo de los muertos. La gran diferencia entre el cristianismo y las religiones humanas es la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Los líderes de las diferentes religiones mundiales murieron y se quedaron en sus tumbas; pero Jesucristo se levantó de los muertos y hoy está sentado a la diestra del Padre y prometió volver con gloria y poder para reinar con los que han creído en Él. Y porque Cristo resucitó, quien verdaderamente cree tiene esa misma esperanza viva.

Juan 11:25-26 dice: Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en Mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? Creer en Jesucristo nos da la garantía de resucitar para vivir eternamente junto con Él. Y esa vida eterna es la herencia de la que habla Pedro: para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero.

Ese tiempo postrero está cada vez más próximo: el día glorioso de la segunda venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Y no importa si estamos vivos o no para entonces, porque para todo creyente existe la esperanza viva que nos narra 1 Tesalonicenses 4:16-17: Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Dios te bendiga.

La Oración de Fe

Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.

Santiago 5:15-16

La razón por la cual muchas oraciones no reciben la respuesta esperada es que no son hechas con fe. Santiago 5:15-16 nos dice: Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho. Una oración de fe es una oración eficaz y es también una oración de poder. El poder de la oración de fe sana enfermos y perdona los pecados. Pero hay un ingrediente importante en esta oración, es el reconocimiento de nuestras ofensas.

Hoy muchos cristianos piensan que la oración de fe es aquella en la cual gritan, decretan, declaran palabras positivas y ordenan con autoridad a los demonios que salgan fuera. Yo no me atrevería a llamar a ese tipo de oración como de fe. Lo primero es que no va de acuerdo a lo que dice Santiago 5:15-16. Lo segundo es que no encuentro en ningún lugar de la Biblia ese tipo de oración, ni entre los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento ni entre los apóstoles o Jesús en el Nuevo Testamento.

Santiago menciona la palabra pecado dentro de lo que él define la oración de fe. Y de acuerdo a lo que está escrito, la oración de fe no solo salva al enfermo de su mal físico sino de su mal espiritual, ya que le perdona sus pecados. Sin duda que muchas de nuestras enfermedades tienen un origen espiritual; pero no necesariamente el tipo de influencia espiritual que muchos tienden a creer. Aunque ciertamente el enemigo puede estar detrás de nuestras enfermedades, otras veces, el origen viene de nuestra carne y de nuestros propios pecados.

No podemos olvidar nunca lo que dice Romanos 3:23: por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios; lo cual quiere decir que nadie puede llenarse la boca diciendo que está libre de pecado. Y aunque todos sabemos que el contexto de Romanos 3:23 estuvo dirigido hacia inconversos, no es menos ciertos que los creyentes continuarán recibiendo las tentaciones y están expuestos a caer en pecado. Y de la misma manera que confesamos nuestros pecados para salvación, si fallamos ahora, debemos ponernos a cuenta con Dios también.

Es imposible pretender engañar a Dios. Podemos estar llevando una doble vida ante los demás; pero Dios conoce muy bien lo que hacemos tras bastidores. Ser un hijo de Dios nos convierte en amigo de lo que nuestro Padre ama y enemigo de lo que Él aborrece. El pecado es incompatible con Dios, por lo tanto, es imposible permanecer fiel a Dios mientras comulgamos con las cosas del mundo. Para que nuestra oración sea considerada de fe y eficaz, debemos renunciar de forma irrevocable al pecado y abrazarnos a la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.

El resultado de este cambio en nuestra vida y en nuestra manera de orar será notable. Santiago lo dice de esta manera: La oración eficaz del justo puede mucho. El poder de esta oración no tiene límites. Los enfermos serán sanados, los ciegos podrán ver, los muertos se levantarán. Ese es el poder de la oración que nuestro Señor Jesucristo nos ha otorgado. Aprendamos a orar en la forma correcta y los prodigios, milagros y señales de los que creen nos seguirán. Dios te bendiga.

Tener Paciencia y Orar

Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca.

Santiago 5:7-8

Quienes esperamos la venida gloriosa de nuestro Señor debemos de esta conscientes de que no tenemos una fecha señalada. Escrito está que solo el Padre conoce el día y la hora, así que nadie puede afirmar cuándo será. Lo mismo podría ser hoy que en unos días, meses o años. En tal sentido, no debemos de estar ansiosos, sino revestidos de paciencia y velando en oración. Estemos listos para ese grandioso día como si fuera a ocurrir esta noche; pero sin desesperarnos. Está claro que el tiempo solo corre en una dirección, y ese momento está cada vez más próximo.

¿Cómo debe ser nuestra paciencia? Santiago lo expresa de esta manera: Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Es probable que para quienes siempre hemos vivido en las ciudades nos resulte difícil entender la paciencia que tienen los agricultores hasta que logran cosechar el fruto de la tierra. El proceso agrícola ocurre por un período de tiempo que puede tardar desde varios meses hasta varios años, dependiendo del tipo de planta que se ha sembrado.

En todo caso, antes incluso de depositar la semilla en el suelo, el agricultor debe preparar el terreno a fin de acondicionarlo para la siembra. No todas las semillas son fértiles, de ahí que sea necesario seleccionarlas. Luego se siembra y viene toda una serie de etapas de cuidar de la planta, lo cual incluye aplicar abonos, pesticidas y el agua adecuada, podar las hojas para que crezca la planta en el sentido correcto y produzca el fruto deseado. Mientras el labrador espera por el fruto, es probable que sus recursos financieros escaseen.

Al final, cuando llega la cosecha abundante, el agricultor recibirá la alegría de tener en sus manos el fruto de su paciencia. De igual manera, los creyentes que aguardamos la gloriosa venida de nuestro Salvador y Señor Jesucristo, cuando lo veamos descender de las nubes con Sus santos ángeles, podremos decir que valió la pena tener paciencia para ver tan magno momento.  Y así como el labriego dedicó tiempo para velar por el bienestar de su sembradío, los creyentes debemos dedicar tiempo velando en oración hasta que Cristo venga.

En lo natural, el labrador no siempre alcanza lo que esperaba. Ocurre algunas veces que, a pesar de que él ponga todo su empeño para obtener el fruto de su trabajo, eventos que se escapan de su control se lo pudieran impedir. La naturaleza puede obrar en contra del agricultor, sea por una sequía, exceso de lluvia o plagas que destruyan su plantación. Incluso, el fruto pudiera no ser del tamaño adecuado o su calidad sea deficiente, lo cual haga que su precio en el mercado disminuya y este hombre deje de ganar y hasta pierda lo que invirtió.

Sin embargo, en lo espiritual, nuestra espera por la venida de Cristo no traerá pérdidas. No importa lo que ocurra en el mundo natural o que las huestes espirituales de maldad se opongan. El Señor vendrá sin lugar a dudas, en el tiempo correcto, el cual no lo sabemos; pero de que viene no hay duda. Esperemos por Él con paciencia y velando en oración, ya que vendrá como ladrón en la noche y el gran momento se acerca cada vez más. Dios te bendiga.

Humillados ante Dios

Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.

Santiago 4:8-10

No cabe duda que Dios está esperando que en este tiempo, nos humillemos delante de Él y reconozcamos nuestros pecados. No podemos negar que el mundo está convulsionado y la desgracia puede tocarnos a cualquiera. Ningún país está exento de que una mente criminal lleve a cabo un acto terrorista que mate decenas de personas y destruya monumentos y lugares simbólicos apreciados por sus ciudadanos. Nuestra respuesta ante Dios por un suceso de esta naturaleza no debe ser una de orgullo y autosuficiencia, sino de humillarnos y buscar Su rostro de todo corazón.

El libro de Jonás nos puede servir de ejemplo para lo que dice Santiago 4:8-10. Dice Jonás 1:1-2: Vino palabra de Jehová a Jonás hijo de Amitai, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella; porque ha subido su maldad delante de mí. La respuesta del profeta, en lugar de cumplir con su misión, fue irse en sentido contrario. Jonás 1:3 dice: Y Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, y halló una nave que partía para Tarsis; y pagando su pasaje, entró en ella para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová.

Jonás no era un incrédulo sino un siervo de Dios actuando con doble ánimo. Como no le satisfizo la encomienda, prefirió ignorarla y huir. Por supuesto, es imposible huir de la presencia de Dios. Así que al barco donde iba Jonás le sorprendió una gran tormenta, él fue arrojado al mar y fue tragado por un enorme pez. Todo eso puede leerse en el resto del capítulo 1 de su libro. Dentro del pez, Jonás recapacitó, reconoció su pecado, y oró una hermosa oración que se encuentra en el capítulo 2 de su libro. Como resultado, el profeta pudo salir ileso de las entrañas del pez.

En el capítulo 3 de Jonás se ve al profeta cumpliendo con la misión encomendada. Jonás 3:1-4 dice: Vino palabra de Jehová por segunda vez a Jonás, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que yo te diré. Y se levantó Jonás, y fue a Nínive conforme a la palabra de Jehová. Y era Nínive ciudad grande en extremo, de tres días de camino. Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y predicaba diciendo: De aquí a cuarenta días Nínive será destruida.

El mensaje de advertencia llegó a los habitantes y al rey de la ciudad, quienes lo tomaron muy en serio. Jonás 3:5-9 dice: Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos. Y llegó la noticia hasta el rey de Nínive, y se levantó de su silla, se despojó de su vestido, y se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza. E hizo proclamar y anunciar en Nínive, por mandato del rey y de sus grandes, diciendo: Hombres y animales, bueyes y ovejas, no gusten cosa alguna; no se les dé alimento, ni beban agua; sino cúbranse de cilicio hombres y animales, y clamen a Dios fuertemente; y conviértase cada uno de su mal camino, de la rapiña que hay en sus manos. ¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos?

Y he aquí la respuesta de Dios en Jonás 3:10: Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo. Dios te bendiga.

 

Dios Da Gracia a los Humildes

Pero Él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.

Santiago 4:6

Estamos viviendo tiempos muy difíciles. Cada día, las noticias no son nada agradables. En muchos lugares del mundo es cada vez más frecuente escuchar de actos terroristas, desastres naturales y conflictos político-sociales. Ante tales noticias mucha gente dice que Dios nos ha abandonado y por eso ocurren tales cosas. Lo cierto es que lo que ocurre en el mundo no es culpa de Dios sino de nosotros mismos. Y nuestra actitud ante estos trágicos eventos debe ser la de humillarnos delante de Dios y pedir perdón por nuestras culpas. Sin duda que Dios va a dar gracia a los humildes.

Hay dos características de la época en la cual vivimos, tanto el pecado como el orgullo se han incrementado en grado sumo. Hoy día, la humanidad considera aceptable conductas que están en franca contradicción con lo que Dios condena en Su Palabra. Incluso hay quienes pretenden que la Biblia sea “actualizada” a los tiempos modernos para que excluya de la lista de pecados todo lo que ahora es legal en el mundo. Y si algún predicador valiente trata de confrontar el pecado, lo consideran un ser anacrónico y desfasado, un legalista que no se ajusta al tiempo actual.

Por otro lado, cuando alguna catástrofe les toca de cerca, hay quienes se acuerdan vagamente de Dios y piden auxilio, oración para que Dios tenga misericordia; pero, en ningún momento se humillan y reconocen que le han fallado a Él. Al contrario, una vez superada la crisis, todo el mundo regresa a su antigua práctica y se olvida de que Dios existe. Y no estoy solamente hablando de impíos que no conocen de Dios, muchos que se autodenominan cristianos actúan de la misma manera.

¿Cuál es la respuesta que Dios espera de nosotros cuando nos confronta con nuestro pecado? La propia Palabra de Dios nos da la clave en 2 Crónica 7:14: Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra. Aunque suene incómodo a muchos, hemos pecado, estamos en falta con Dios y las advertencias que Él nos manda no es para que oremos por misericordia sino por arrepentimiento.

¿Habrá alguien que no necesite agachar su cabeza delante de Dios? ¡Por supuesto que no! Ni siquiera nosotros, los que hemos sido hechos hijos de Dios lo podemos hacer. Al contrario, los propios cristianos debemos ser los primeros que oremos, buscando el rostro de Dios, dejando atrás el mal camino de las falsas doctrinas, rostro en tierra, humillados delante de Él. Y nuestra oración debe continuar intercediendo por el arrepentimiento de quienes no conocen a Dios, a fin de que el Espíritu Santo los convenza de sus propios pecados y se vuelvan a Él.

Llegar ante Dios con una oración llena de orgullo, decretando, declarando y ordenando como si fuéramos los jefes de Dios, no es la actitud correcta para alcanzar el favor de nuestro Padre. Así no es la oración bíblica. Ni Moisés, ni David, ni Pablo, ni siquiera Jesús oraron de esa manera. En Salmo 51:17 dice la Escritura: Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios. Seamos humildes delante de Dios y no solamente alcanzaremos Su favor, Su perdón y Su misericordia, sino que Él pondrá gracia en nosotros ante quienes lo rechazan a fin de que intercedamos para su salvación. Dios te bendiga.

Ricos en Fe

Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del Reino que ha prometido a los que le aman?

Santiago 2:5

Es curioso que en las últimas décadas se haya desatado una oleada de nuevos “creyentes” que andan más en busca de riquezas que del rostro de Dios. Y lo más curioso es que uno de los nombres de ese movimiento tiene que ver con la fe. Y me pregunto, ¿fe en qué o en quién? ¿Para qué es esa fe? ¿Fe para las promesas eternas o solo para las temporales? Es bueno meditar en lo que nos dice Santiago 2:5: Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman?

Cuando alguien publica en las redes sociales algún versículo bíblico sobre las promesas de Dios, inmediatamente decenas de personas le dan “Me gusta” o contestan con un amén. Sin embargo, cuando el versículo publicado nos confronta, nos habla de alejarnos del pecado o de vivir en santidad, son contadas las personas que reaccionan. Y lo más probable es que algunos de los que reaccionan lo harán para decir que no juzguemos o que debemos de respetar el pensamiento de los demás.

Hace un tiempo, hice un enlace en Facebook a uno de mis videos de YouTube en el cual hablaba sobre los falsos siervos de Jesucristo. Una hermana en la fe, a quien conozco y le tengo un gran aprecio me corrigió duramente llegando incluso a decirme que me enfocara y que mejor prestara atención a mi llamado. Mi última respuesta a la hermana fue de que lo que yo había publicado era precisamente mi llamado y que en eso estaba plenamente enfocado sin desviarme hacia cosas contrarias a las verdades bíblicas.

Coincido al ciento por ciento con lo expresado por el pastor norteamericano Paul D. Washer: “Hoy en las iglesias hablan de dinero, autos, casas, ropa, fama… ¿No es suficiente que Cristo murió por nosotros? ¡Qué importa si somos pobres toda la vida! ¡Qué importa si sufrimos por Él toda la vida! Cristo murió por mí, es suficiente, le voy a servir, le voy a adorar, voy a trabajar para Su Reino. Cristo murió por nosotros, ¡no necesitamos otra motivación!” Lo mejor que Dios tiene para darnos no son las riquezas efímeras sino la salvación de nuestra alma.

Nuestra motivación de buscar a Dios no debe ser por las cosas terrenales que algún día van a desaparecer o salir de nuestras manos. Como dice Santiago 2:5: ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del Reino que ha prometido a los que le aman. El Reino de Dios no es de este mundo, por lo tanto esas riquezas no son el dinero, los autos, las casas ni las joyas que podemos ver sino tesoros imperecederos e incorruptibles. Es de tonto conformarse con lo que creemos bueno y perdernos de lo mejor de todo.

Santiago no dice que Dios ha elegido a los ricos sino a los pobres de este mundo. Los ricos se sienten seguros de sí mismos; pero la seguridad de los más desventajados no está puesta en los bienes materiales sino solamente en la fe. Porque como dice 2 Corintios 5:7: porque por fe andamos, no por vista. Es tiempo de que los que dicen amar a Dios, lo amen por quien es Él, no por lo que pueda darnos aquí y ahora. Nuestros mayores tesoros deben de estar seguros en los cielos y no basados en esta tierra donde todo es incierto y perecedero. Y ese gran tesoro es la herencia de nuestro Padre Celestial, el dueño de todo, quiere darnos todo. Dios te bendiga.

Hacedores de la Obra

Mas el que mira atentamente en la perfecta Ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.

Santiago 1:25

Hay que hacer notar algo, las obras que hacemos no nos hacen merecedores de la salvación porque ésta es obtenida por gracia, como un regalo de Dios. Pero una vez somos salvos, debemos de convertirnos en hacedores de la obra, hacedores de la Palabra, viviendo conforme a lo que en ella está escrito. La gracia no es una licencia para pecar sino un salvoconducto para ser hacedores de obras dignas de arrepentimiento.

Hoy muchos que se llaman a sí mismos cristianos no se sienten obligados a obedecer la Ley de Dios porque piensan que la gracia es suficiente y ya están salvos y no tienen nada más que hacer. Este pensamiento es producto de una enseñanza errada de muchas iglesias. Aunque las obras no nos sirven para salvación, ser salvo y dejar de observar lo que manda Dios es una burla a la sangre derramada en la cruz por Jesucristo.

El pastor inglés Maurice Roberts (1938- ) ha dicho al respecto: “Aunque somos justificados y salvos solo por la fe, no perseveramos para vida eterna solo por la fe. Debemos cooperar por medio de la obediencia a Su Palabra escrita e implorando diariamente Su gracia suficiente.Tres siglos antes que Roberts dijera lo anterior, otro inglés, William Jenkyn (1613-1685), había dicho: “Nosotros no somos justificados por hacer buenas obras, sino que al ser justificados entonces hacemos el bien.”

Hacer la obra es una consecuencia lógica y directa de haber sido salvado y justificado por gracia mediante la fe en Jesucristo. Sería un acto de suprema traición al Dios que nos perdonó de nuestros pecados el continuar pecando. Al contrario, ahora, por medio de Su Espíritu estamos capacitados para hacer el bien.

Las palabras que dijo otro compatriota y contemporáneo de Jenkyn no tienen desperdicio. El inglés Richard Baxter (1615-1691) dijo: “Si tienen un mejor amo que el que tenían antes, ahora deben trabajar más de lo que hacían antes. ¿No servirán a Dios con más celo que como servían al diablo? ¿No se esforzarán más arduamente en la salvación de sus almas que lo que hacían para condenarlas? ¿No tendrán más celo en el bien que el que tenían en el mal? Si son verdaderos creyentes, ahora tienen una esperanza reservada en los cielos; procúrenla, de la manera en que los mundanos se dedican a ir tras el mundo.”

Otro aspecto de hacer la obra es el servicio. El propio Señor Jesucristo lo dijo en Mateo 23:11: El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. En tal sentido, veamos lo que dijo el predicador irlandés Frederick Leahy (1922-2006): “No es un comentario insignificante decir que somos ‘salvos para servir.’ Sin el servicio a Dios y a los demás por medio del evangelismo y la compasión cristiana, la vida del cristiano pronto vendría a estar centrada en sí misma y a ser introvertida.”

La vida cristiana no es para ser llevada de modo egoísta. Somos llamados a servir tanto a los hermanos en la fe como a aquellos que todavía no son tocados por la gracia. Ese fue el mandato del Señor en Mateo 10:8: Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia. Cierro con lo que dijo el pastor norteamericano Phineas F. Bresee (1838-1915): “Somos deudores a cada hombre en darle el evangelio en la misma medida en que lo hemos recibido.” Dios te bendiga.

Toda Buena Dádiva Viene de Dios

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. Él, de Su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de Sus criaturas.

Santiago 1:17-18

Es imposible que Dios nos dé cosas malas. Los dones, los regalos, las dádivas procedentes de Dios siempre serán buenos. Hay numerosas promesas de Dios en la Biblia, las cuales están destinadas a los que le aman, los que siguen Su Palabra y le creen. Si esas buenas dádivas no llegan a nuestras manos no es porque Dios cambió de idea, sino porque nosotros no hacemos nuestra parte. Siempre será la voluntad de Dios el bienestar de Sus hijos.

El primer buen regalo que viene de Dios es la salvación, de lo cual dice Efesios 2:8: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros,  pues es don de Dios. La salvación es algo que no podemos lograr por nosotros mismos, sino una dádiva que procede de Dios. Y este don nos abre las puertas hacia los demás dones, como el don de la justicia del cual nos habla Romanos 5:17: Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.

Siendo injustos por causa de nuestros pecados, Dios nos justifica por medio de la fe en Su Hijo. Y nos hace partícipe de la comunión con Él mismo al darnos el don del Espíritu Santo, como nos dice Hechos 2:38: Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Y teniendo en nosotros el Espíritu Santo, nos llegan con Él los dones espirituales que son descritos en detalle en 1 Corintios 12:1-11.

Dios no cambia, tal como dice Santiago sobre Él: en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. Así que Él espera que cuando recibamos Su llamado y los dones que nos da, nosotros los aceptemos y caminemos en esa dirección desde ese momento en adelante. De eso da testimonio la Palabra en Romanos 11:29: Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios. Si hemos sido liberados de la esclavitud del pecado, hechos salvos y dotados de dones espirituales, no es para que renunciemos a todo eso y regresemos a la antigua vida.

Pablo dice en 1 Timoteo 4:14 que no debemos descuidar el don perfecto que desciende de lo alto: No descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio. En lugar de descuidar el don de Dios, es nuestro deber avivarlo, como dice 2 Timoteo 1:6: Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti por la imposición de mis manos.

Los dones de Dios no son para que los descuidemos ni para que los usemos de forma egoísta, sino que son para utilizarlos dentro del cuerpo de Cristo. Dice la Escritura en 1 Pedro 4:10: Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. Así los dones recibidos sirven para edificar la iglesia como dice 1 Corintios 14:12: Así también vosotros;  pues que anheláis dones espirituales, procurad abundar en ellos para edificación de la iglesia. Si somos bendecidos con los dones espirituales, que estos no nos sirvan de excusas para que se infle nuestro ego, sino para que reconozcamos que son dados por Dios para capacitarnos en la obra de la expansión de Su Reino. Dios te bendiga.

Soportando las Pruebas

Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman.

Santiago 1:12

Soportar las pruebas, conforme a lo que dice Santiago1:12 trae su recompensa. El galardón de aquellos que han soportado las pruebas es la corona de vida, la cual Dios ha prometido para los que le aman. La mejor demostración de amor que le podemos dar a Dios es soportar la tentación y resistir la prueba. Para ello, es necesario permanecer firmes, sin renunciar ni desanimarse. La tarea no es fácil; pero debemos recordar que Dios es bueno y no nos dará una carga superior a nuestra capacidad de soportar.

Hay tentaciones que son muy obvias y de eso se ha hablado mucho. Creo que cuando muchos escuchan las palabras iniciales de Santiago 1:12: Bienaventurado el varón que soporta la tentación, lo primero que se imaginan es a un hombre tentado a desear una hermosa mujer que no es la suya. Cierto que esa es una de las carnadas que nos pone el enemigo para alborotar las hormonas y hacernos caer; pero existen otras formas más sutiles y peligrosas que esa, las cuales nos conducen a la pérdida total de nuestro galardón.

Cuando sucumbimos a la tentación de seguir el falso evangelio de la prosperidad, estamos reprobando la prueba. De ninguna manera estamos mostrando amor a Dios, sino amor a las riquezas que Dios supuestamente nos dará. Quien tal cosa haga no está buscando a Dios por quien es Él sino por lo que le pueda dar para aumentar su ego y su deseo enfermizo de hacerse rico y poderoso. Usando fuera de contexto la propia Palabra de Dios, este varón cae en la red del enemigo tan sutilmente que cree en la mentira que quien anda mal es aquel que predica la sana doctrina.

Pero todavía hasta esta tentación resulta obvia para muchos, quienes han abiertos sus ojos y se han alejado de tal doctrina dañina. Ahora vienen otras pruebas más fuertes aún para todos. El mundo está moviéndose hacia caminos muy peligrosos que podrían llevar a la humanidad hacia serios conflictos. No sería nada extraño que acontezca una guerra global de terrible destrucción. Ante la guerra, el anhelo de las grandes mayorías es alcanzar la paz. Y ahí viene la tentación, la gran prueba para los creyentes en cuanto a aceptar las condiciones de una paz mundana.

Claudicar en el fundamento de nuestra fe para armonizar con el mundo y obtener la paz no es soportar la tentación y resistir la prueba. Llegar a un consenso ecuménico donde coexiste el Dios verdadero junto a los ídolos no es mostrar amor por el único y sabio Dios. De ninguna manera quien tal cosa haga recibirá la corona de vida. Estamos ya mirando lo que dice Mateo 24:6: Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin.

Si ya nos tiemblan las piernas con los rumores de guerra, ¿seremos capaces de soportar la prueba siguiente? Mateo 24:9 dice cuál es esa prueba: Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de Mi nombre. Soportar el odio del mundo por ser cristiano es la mejor demostración de amor a Cristo y es nuestra segura garantía de recibir la corona de vida a Su regreso triunfal. Perseveremos hasta el final y seremos llamados bienaventurados porque estaremos eternamente con el Rey de reyes. Dios te bendiga.

Pidiendo con Fe

Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor.

Santiago 1:6-7

La fe no solamente es importante para agradar a Dios, sino que es absolutamente necesaria para recibir lo que pidamos en oración. Ciertamente que todos tenemos necesidades, pero la mano de Dios se moverá más rápidamente hacia aquellos que pidan con fe. Elevar peticiones a nuestro Padre celestial teniendo dudas es equivalente a decirle que no le creemos capaz de hacer las cosas que le pedimos. Obviamente que Dios no se sentiría inclinado a otorgar las peticiones de quienes no le crean a Él.

La Biblia presenta historias de hombres y mujeres de gran fe. Una de estas historias es la de la mujer cananea, la cual vemos en Mateo 15:21-28: Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón. Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros. Él respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme! Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.

En esta historia, el Señor puso a prueba tres veces la fe de la mujer cananea. La primera prueba fue manteniendo silencio ante su petición. La segunda prueba fue cuando los discípulos de Jesús le pidieron que la despidiera y Él les respondió a ellos diciendo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. La tercera y última prueba fue cuando Él respondió a la mujer que estaba postrada ante Él: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos.

La mujer cananea pasó exitosamente sus tres pruebas de fe. Ante las dos primeras pruebas,  en lugar de resignarse e irse sin alcanzar ver cumplida su petición, la mujer se postró ante Jesús y le dijo: ¡Señor, socórreme! Y aunque la respuesta del Señor pudo haberle parecido a muchos como cruel y ofensiva, la mujer pasó esta prueba final ubicándose el lugar que le correspondía estar, pero reconociendo que la misericordia de Dios la podía alcanzar también a ella: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Esta respuesta conmovió al Señor: Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.

Hoy no tenemos al Señor frente a frente como lo tuvo la mujer cananea, pero la oración nos pone en contacto directo con Él. Y aunque de primera intención Su respuesta sea el silencio, nuestra fe debe mantenernos firmes en la oración. Y si continuamos en la oración y recibimos un no por respuesta, eso no significa que sea definitivo, sino otra prueba de nuestra fe. Pero si el Señor nos hace ver nuestra indignidad, en lugar de ofendernos, humillémonos delante de Él reconociendo la pequeñez de nuestra humanidad y la grandeza de Su misericordia. Dios te bendiga.