El Llamamiento de Dios

Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Filipenses 3:13-14

El apóstol Pablo nos da en Filipenses 3:13-14 una gran lección a cada uno de los que hemos conocido al Señor. Al darle el sí a Jesucristo, nos hemos comprometidos a negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz cada día y seguirle a Él. Hemos sido llamados por Dios y, en tal sentido, nos toca darle respuesta a ese llamado. Es probable que nos sintamos con piernas de gelatina ante la responsabilidad; pero debemos tener en cuenta que todo es parte del proceso.

En la Biblia encontramos cómo cada uno de los siervos que Dios llamó respondió a ese llamamiento. Lo que me encanta de la Biblia es que no se anda con paños tibios sino que presenta a cada hombre o mujer tal cual era, con sus virtudes y sus defectos. De ninguna manera fueron superhéroes pluscuamperfectos, sino hombres y mujeres reales, de carne y hueso que incluso le presentaron excusas a Dios. Por supuesto, que el Señor tuvo una manera certera de enfrentar cada excusa.

Moisés, al ser llamado dijo que él tenía dificultad para hablar. Dios le contestó lo siguiente: Ahora pues, ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que hayas de hablar (Éxodo 4:12). Isaías le dijo a Dios que era inmundo de labios, quizás queriendo decir que era mal hablado. Ante esta excusa del profeta, Dios presentó la siguiente solución: Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado (Isaías 6:6-7). Jeremías se excusó con Dios diciendo que era niño. La respuesta de Dios fue tajante: Y me dijo Jehová: No digas: Soy un niño; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande (Jeremías 1:7).

En el Nuevo Testamento, también vemos algunas excusas de quienes fueron llamados. Un ejemplo es aquel que le pidió al Señor que le permitiera enterrar primero a su padre, a lo cual Jesús le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos (Mateo 8:22). También conocemos la historia del joven rico quien prefirió no atender al llamamiento del Señor por no dejar sus bienes.

No voy a ser hipócrita contigo, yo también he puesto mis excusas al Señor. Una de ellas fue cuando traté de no servir en el ministerio de matrimonios por considerarme indigno al ser divorciado. Por supuesto que Dios se salió con la suya y no me quedó otra que servir allí y Él se glorificó grandemente porque ante mi debilidad, todo lo que yo podía hacer al respecto no venía de mí sino de parte suya.

Si hoy estás luchando con excusas para no responder al llamamiento de Dios, recuerda que no somos aún un producto terminado. Continuamos siendo transformados día a día, estamos en el proceso. Por otro lado, la obra no es tuya ni mía sino de nuestro Padre Celestial quien nos guiará paso a paso a cumplirla con excelencia. Dios te bendiga.

Respuesta de Dios para un Mundo en Crisis

Porque así dijo el Alto y Sublime,  el que habita la eternidad,  y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad,  y con el quebrantado y humilde de espíritu,  para hacer vivir el espíritu de los humildes,  y para vivificar el corazón de los quebrantados. Porque no contenderé para siempre,  ni para siempre me enojaré;  pues decaería ante mí el espíritu,  y las almas que yo he creado. Por la iniquidad de su codicia me enojé,  y le herí,  escondí mi rostro y me indigné;  y él siguió rebelde por el camino de su corazón. He visto sus caminos;  pero le sanaré,  y le pastorearé,  y le daré consuelo a él y a sus enlutados; produciré fruto de labios: Paz,  paz al que está lejos y al cercano,  dijo Jehová;  y lo sanaré.

Isaías 57:15-19

Si nos ponemos a escuchar las noticias de cada día, veremos que ocurren desastres naturales, como terremotos, tsunamis, inundaciones, sequías, nevadas, temperaturas extremas, calentamiento global, ciclones catastróficos, tornados, incendios forestales, volcanes, etc. Si a todo estos desastres naturales, agregamos otras calamidades sociales o personales: guerras, conflictos internacionales, pobreza, narcotráfico, inflación, desempleo, crisis económicas, bancarrota, divorcio, drogadicción, maltrato, desunión familiar, migraciones forzadas, criminalidad, secuestros, etc., nuestros sentidos nos podrían decir que todo anda mal y no hay nada bueno bajo el sol, ya que el mundo entero está en crisis.

Yo me hago varias preguntas. La primera de ellas es ¿estará también la iglesia en crisis? ¿Estará el cuerpo de Cristo siendo arrastrado por la corriente del mundo? En la Biblia conocemos historias de hombres y mujeres de Dios quienes pasaron por situaciones de crisis. Un ejemplo de ellos fue Job. David, Abraham, José, Moisés y Daniel  pasaron también por muchos momentos de crisis.

De todas las calamidades que sufre el mundo, todos lo que habitamos este planeta tenemos nuestra propia cuota de responsabilidad, aunque la mayoría de las veces nos sentimos más cómodos echándoles la culpa a otros (padres, hijos, cónyuges, políticos, suegros, yernos, extranjeros, gente de otras razas, etc.). Pero cuando señalamos con un dedo a alguien más, hay otros cuatro dedos que nos señalan a nosotros. Dice la Santa Palabra de Dios: Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua (Jeremías 2:13).

Como cristianos viviendo en este mundo, no vamos a ser inmunes a su crisis. Nuestro Señor nos había advertido al respecto: Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad,  yo he vencido al mundo (Juan 16:33). Aunque hayamos abandonado la fuente de agua viva y cavado cisternas rotas, nuestro arrepentimiento y acercarnos de nuevo a Dios nos permiten volver a beber del agua fresca del Espíritu.

Ciertamente existe una gran crisis en la actualidad, la cual nos impacta a todos; pero Dios no nos ha abandonado. Reconociendo Su gran amor y Su cuidado para con cada uno de nosotros, dejemos de quejarnos y celebremos la victoria que nos da. Dios te bendiga.

¿Dónde Está tu Tesoro?

No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

Mateo 6:19-21

El corazón de cada persona está en el mismo lugar donde está su tesoro. ¡Cuánta gente hay con el corazón en el lugar equivocado! Para una gran mayoría de la gente, su tesoro son sus posesiones o bienes materiales: dinero, casas, joyas, propiedades, yates, aviones, empresas, etc. Para otras, su tesoro es la fama, el reconocimiento, el prestigio, un título profesional, etc. Otras personas atesoran a su pareja y otras más atesoran a sus hijos.

Ciertamente todos estos tesoros son terrenales y aquí quedarán cuando abandonemos este mundo y si, cuando esto ocurra, toda nuestra fortuna está aquí y, conociendo de antemano que nos iremos con las manos vacías, ¡qué triste será nuestra eternidad! Seríamos pobres la mayor parte del tiempo porque indiscutiblemente que el tiempo que pasaremos fuera del mundo de los vivos será infinitamente mayor que nuestra vida terrenal.

La inmensa sabiduría de Jesús lo guió a decir claramente que no hagamos tesoros en la tierra porque además de efímeros, podrían también escaparse de nuestras manos por robo o simplemente como consecuencia del deterioro natural. Los tesoros que acumulemos en el cielo serán permanentes y seguros.

Durante varios años trabajé como científico en el Departamento de Investigación y Desarrollo de una de las empresas farmacéuticas más grandes del mundo. Una tarde, cuando ya terminaba mi labor, me llamó mi gerente a su oficina y me informó que ese era mi último día en la empresa. Obviamente que la noticia no fue nada agradable para mí pues iba a dejar de percibir un salario bastante bueno, además de otros beneficios marginales.

No voy a comentar todas las pruebas por las cuales he pasado desde entonces; pero hay un detalle que me impactó poco tiempo después de haber perdido mi empleo. Una tarde iba manejando por una de las autopistas del estado de Florida. Mientras conducía mi automóvil, iba conversando con Dios con respecto a mi situación laboral, o mejor dicho, le hablaba sobre mi desempleo.

La respuesta de Dios fue realmente genial. Me hizo una comparación con lo que yo conocía, con mi carrera, comparando los productos obtenidos por trabajar con Él versus aquellos provenientes de cualquier trabajo humano. Dios me dejó bien claro que todos los productos de cualquier actividad humana son perecederos; pero que el producto final de trabajar para Él es un producto eterno que permanece para siempre.

No sé si en algún momento de lo que me queda de vida llegaré a poseer riquezas. Y en cierto modo, no me preocupa para nada si llegara a pasar o no. Lo que si me interesa y es donde pongo mi mayor empeño, es en acumular tesoros en los cielos ganando almas para el Señor.  Te pregunto, ¿dónde está tu tesoro, en los cielos o en la tierra? Bendiciones.

Tener Fe para Agradar a Dios

Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.

Hebreos 11:6

Sin fe es imposible agradar a Dios. Todo aquel que se acerca a Dios pidiéndole algo debe creer que Dios será capaz de escuchar la oración y responderla. Es obvio que Dios no va a responder una oración sin fe porque ese tipo de oración no le agrada. Por lo tanto, la única garantía de que Dios se moverá a nuestro favor es orar con fe, plenamente convencidos de que Dios concederá nuestra petición siempre que vaya conforme a Su divina voluntad y que su cumplimiento sea en el tiempo de Dios, no en el nuestro.

Voy a contarte otro de mis testimonios acerca de la fe. Hace varios años, yo fui perdiendo paulatinamente la audición del oído derecho. Me hicieron numerosas pruebas auditivas y el diagnóstico fue sordera total del lado derecho. Yo pregunté al doctor qué podía hacer y me dijo que la sordera es irreversible y lo único que podía hacer era usar un aparato de ayuda auditiva. A mí no me simpatizaba la idea de usar un artefacto para poder escuchar a mis cuarenta y tantos años, así que dije para mí mismo, esto es trabajo para mi Dios.

Para ese tiempo, yo formaba parte del coro de mi iglesia. Lo que hice fue orarle a Dios de este modo. Le dije: Señor, te doy gracias porque me has dado el don y el talento para la música. Tú sabes, oh Dios, que yo pude haberle sacado provecho a ese talento y, sin embargo, decidí trabajar en otra cosa para ganarme la vida. Hoy uso esos dones que me diste para alabarte y exaltarte a ti. Tú sabes, Señor, que un cantante o músico necesita sus dos oídos sanos. La ciencia ha dicho que estoy sordo de un lado; pero yo creo que Tú me puedes restaurar mi audición completa.

Me mantuve por un tiempo orando a mi Padre Celestial de esa manera. Una noche, hubo una reunión de líderes en la iglesia. Al final de la reunión, el pastor dijo que había sentido en su espíritu orar por los enfermos. Se levantaron más de 50 personas y el pastor cuando vio tantos necesitados de oración dijo que él no podía hacerlo solo. Entonces pidió que si alguien tenía el don de sanidades o deseaba tenerlo que fuera a ayudarle a orar por los enfermos. Yo no me había parado para que oraran por mí; pero cuando el pastor pidió ayuda, yo me ofrecí de voluntario.

Junto conmigo había varias personas más orando por los enfermos. La última mujer por la que me tocó orar me dijo que ella había perdido su oído izquierdo hacía varios años. Yo levanté mis ojos al cielo y dije: Gloria a Dios, sabes una cosa, yo he perdido mi oído derecho; pero en nombre de Jesús, esta noche tú y yo tendremos oídos nuevos. Y, para la gloria de Dios, el milagro ocurrió.

Sé que Dios se agradó con mi paso de fe. Y de esa misma manera Él se va agradar cuando tú que escuchas o lees este mensaje ponga en acción tu fe. Recuerda que el Señor no se mueve por nuestras necesidades sino por tu fe. Agrádale creyendo que Él cumplirá cada una de Sus promesas y ciertamente las tendrás. Dios te bendiga.

Lo que Significa la Fe

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

Hebreos 11:1

La fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. Por definición, la fe da por cierta la esperanza. Mientras estamos esperando el cumplimiento de las promesas de Dios, por la fe, declaramos por recibidas esas promesas, sin dudar ni un instante de que son reales. La fe es dar por cierto todo lo que hayamos pedido a Dios creyendo que lo hará. La fe es asegurar que Dios no miente y que todas Sus palabras se cumplirán.

La otra parte de la definición de fe implica llamar a las cosas que no podemos mirar como si ya han pasado. Es estar totalmente convencidos que lo que hoy no vemos sucederá porque Dios así lo ha prometido. Si estamos plenamente convencidos, no habrá espacios para dudar porque Dios ha hablado y Su Palabra siempre será Verdad. La fe hace posible lo que se cree imposible.

En mi caminar con Cristo, mucha gente me ha catalogado como un hombre de mucha fe. Podría pasarme la vida entera dando testimonio de las grandes maravillas que Dios ha hecho en mi vida. Es cierto que mi fe ha crecido mucho desde mi primer encuentro con Jesucristo; pero me parece que Dios mismo ya había puesto una medida de fe en mí desde mucho antes, probablemente desde mi niñez.

Cuando yo era niño, los recursos de mi familia eran muy limitados. Mi madre vivía sola conmigo y mi hermano menor. En ese tiempo, ella se ganaba la vida limpiando casas y oficinas. Los domingos, ella limpiaba una casa y, como yo no tenía clases, me llevaba consigo. Siempre pasábamos por el frente del mejor colegio de la ciudad y cada vez yo le decía a mi madre la misma frase: “Yo voy a estudiar en ese colegio”. Mi madre volteaba la cara y lloraba porque sabía que no ganaba lo suficiente para pagarme la matrícula allí.

Sin embargo, fue tanta mi certeza de lo que esperaba y mi convicción de lo que no se veía, que yo terminé estudiando y graduándome de ese colegio. Lo mejor de todo fue que estuve allí 8 años con una beca. Hoy yo puedo atreverme a decir que, sin lugar a dudas, fue Dios quien facilitó que eso sucediera. También creo que, sin yo darme cuenta debido a mi corta edad, lo que yo le decía a mi madre era un acto de fe, el cual fue respondido por Dios.

Es probable que hoy que escuchas o lees este mensaje te das cuenta que has estado anhelando algo que todavía no has conseguido. Quizás llevas tiempo orando por ese algo y piensas que Dios no te escucha o no le interesa concederlo. Antes de continuar pensando de esa manera, revisa la definición de fe y trata de ponerla en práctica. Haz que tu esperanza sea algo certero, algo concreto y verdadero. Convéncete de que, aunque no lo veas con tus ojos naturales, por fe ya está hecho. Créelo de la misma manera que ese niño pobre creía que iba a estudiar en el mejor colegio de su ciudad natal y le fue hecho. Tu Padre Celestial va a responderte conforme a tu fe. Dios te bendiga.