Vivir Es Cristo

Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.

Filipenses 1:21

Cuando Pablo escribió su carta a los Filipenses, él se encontraba en la cárcel. El motivo de la prisión de Pablo era haber predicado el evangelio. Su integridad física no estaba asegurada y lo mismo podía lograr su libertad que ser condenado a muerte. En medio de su aflicción por la gran prueba que sufría, Pablo dijo lo que está en Filipenses 1:21: Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. No cabe duda de que Pablo tenía muy claro que había entregado su vida a Cristo y sabía muy bien que la había puesto en las mejores manos.

Pablo no fue el único que pensaba de esa manera pues cada uno de los apóstoles y los primeros cristianos lo vivieron en carne propia. Todos ellos vivían para Cristo y no dudaron en poner sus vidas antes que renegar de su fe ya que sabían que morir era ganancia porque se reunirían con el Amado Jesús. Por dos mil años, millones de cristianos han vivido conforme a Filipenses 1:21, para ellos vivir era Cristo y morir era ganancia. Incluso, eso continúa sucediendo hoy día en muchos lugares del mundo.

¿Qué ha llevado a los cristianos a través de los siglos a ser capaces hasta de entregar sus vidas por el nombre de Jesús? Cuando se conoce realmente quién es Jesucristo y lo que es capaz de hacer, no hay temor en arriesgarlo todo por Él. En Juan 11:25-26 dice el Señor: Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? Esas palabras, como todas las que dijo el Señor, continuarán teniendo vigencia por los siglos de los siglos.

Estamos viviendo un tiempo en el cual una gran parte de los que dicen ser cristianos no están viviendo conforme a lo que dice Filipenses 1:21. Estas personas no viven para Cristo ni piensan que morir es ganancia sino que se aferran a esta vida y sus deleites como si estuvieran destinados a morar en este mundo eternamente. Son personas que saltan de sus asientos y gritan de júbilo cuando en las iglesias les hablan de bendiciones, prosperidad y felicidad; pero que se hacen los sordos cuando se les habla del precio que hay que pagar por seguir a Cristo.

Es una pena que tales personas se empeñen en posturas semejantes. Eso es todo lo contrario a lo que dice la Palabra. Recordemos lo que dice el Señor en Juan 12:25: El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. Se acercan los tiempos más difíciles que la humanidad jamás haya vivido. En Mateo 24:9-10 se profetiza lo que pasará con los cristianos: Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán.

Muchos que se llaman cristianos se ufanan diciendo que antes de que vengan los tiempos de la gran tribulación, el Señor vendrá en secreto y nos librará de la misma. Lo siento, mi hermano; pero eso no es lo que dice Mateo 24:9-10. A menos que seas de los muchos que tropezarán y que entregarán a sus hermanos, corres el riesgo de perder tu vida física por causa del nombre de Jesús. Si amas tu vida hasta el punto de ser capaz de renegar de tu fe por salvar el pellejo, recuerda a Juan 12:25. Es mejor aborrecer nuestra vida en este mundo y guardarla para vida eterna. Que nuestra vida sea Cristo y si morimos por Él, no perdemos, ganamos. Dios te bendiga.

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La Santificación Es Nuestro Fruto

Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.

Romanos 6:22

La palabra santo, como muchas otras palabras utilizadas en la Biblia, ha sido tomada con un significado distinto al que realmente le da la Palabra de Dios. En Romanos 6:22, el apóstol Pablo indica que la santificación, es decir, el hacerse santo, es el fruto de aquellos que han sido libertados del pecado. En otras palabras, ser santo es una consecuencia de haber sido salvo. Sabiendo que la salvación se obtiene por gracia, por medio de la fe, ser santo es nuestra respuesta al favor inmerecido que nos hizo Dios.

La tradición humana tiene una definición de santo muy diferente a lo que dice la Biblia. Para los católicos, los santos forman la llamada Iglesia triunfante e interceden ante Dios por la humanidad, por los vivos en la Tierra y por los difuntos en el Purgatorio: es la llamada comunión de los santos. Todos ellos, incluso los que no han sido oficialmente reconocidos como tales, tienen su festividad conjunta en el Día de Todos los Santos, que se celebra el 1 de noviembre.

La Iglesia Católica posee un mecanismo formal continuo para llevar a cabo el proceso de canonización de una persona. Actualmente las canonizaciones se efectúan después de un proceso judicial, llamado Proceso de Beatificación y Canonización, o simplemente proceso de canonización. El Proceso de Canonización se puede definir como el proceso que dilucida la duda acerca de la santidad de una persona. Existen dos vías para llegar a la declaración de canonización: la vía de virtudes heroicas y la vía de martirio. En el proceso de canonización se establece la duda procesal de si el candidato a santo ha vivido las virtudes cristianas en grado heroico, o si ha sufrido martirio por causa de la fe.

Además, para llegar a la canonización se requiere de la realización confirmada de uno o dos milagros. La canonización se lleva a cabo mediante una solemne declaración papal de que una persona está, de acuerdo a la tradición católica, con toda certeza, contemplando la visión de Dios. Según la misma tradición, el creyente puede rezar confiadamente al santo en cuestión para que interceda en su favor ante Dios. El nombre de la persona se inscribe en la lista de los santos de la Iglesia y a la persona en cuestión se la “eleva a los altares,” es decir, se le asigna un día de fiesta para la veneración litúrgica por parte de la Iglesia católica.

Ahora veamos lo que dice la Biblia al respecto. Levítico 20:26 dice: Habéis, pues, de serme santos, porque yo Jehová soy santo, y os he apartado de los pueblos para que seáis míos. Dios apartó para Él al pueblo de Israel y le dio el mandamiento de que fueran santos porque Él es Santo. Dios no le ordenó que fueran santos a muertos sino a vivos. En Marcos 12:27 la Biblia dice: Dios no es Dios de muertos, sino Dios de vivos; así que vosotros mucho erráis. Por lo tanto, los santos de Dios no son muertos sino vivos.

En 1 Pedro 1:15-16 hay un llamado a los cristianos a ser santos: sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. Si ya has recibido a Jesucristo, ahora debes ser santo, separado para Él. No esperes a que mueras y que un comité religioso decida llamarte santo, ya has sido llamado a ser santo en este tiempo y los milagros no los haces tú sino Él. Dios te bendiga.

Buscando a Dios con Todo el Corazón

Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.

Jeremías 29:12-13

Cuando nos acercamos a Dios con la intención correcta, siempre nuestra oración será contestada favorablemente. La propia palabra de Dios en Jeremías 29:12-13 lo confirma, Dios nos escucha cuando lo buscamos con todo nuestro corazón. Es la garantía de encontrar a Dios cuando le invocamos y le oramos con toda sinceridad y sin una agenda oculta. Es imposible engañar a un Dios omnisciente. Antes de abrir nuestros labios para pedirle, ya Dios ha leído nuestro corazón descubriendo nuestras más profundas intenciones.

Santiago 4:2-3 explica la razón por la cual las oraciones no son contestadas: Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites. Esa es la clave, cuando nos acercamos a Dios con un corazón egoísta, pidiendo solo para satisfacer nuestra carne o nuestra vanidad, evidentemente que Él no va a conceder tal tipo de petición.

La gran mayoría de las personas buscan a Dios solamente para que les resuelva sus problemas. Esos problemas no siempre son necesidades urgentes de las personas, sino que, en ocasiones, son meros caprichos u obsesiones egoístas. En tales casos, la búsqueda de Dios no es sincera y lo menos que pretenden es darle honra y honor al Creador. Es una búsqueda del Dios bombero, el Dios enfermero, el Dios banquero, el Dios buscador de empleos o el Dios que le trae la pareja ideal.

Buscar a Dios con todo el corazón implica ir tras Él por quien es Él no por lo que pueda darnos. La naturaleza, el carácter y los atributos de Dios deben ser la causa principal para buscarle con todo el corazón. Dios es un ser espiritual, que existe por sí mismo desde siempre y hasta la eternidad. Infinitivamente perfecto, creador de los cielos y la tierra, y soberano Señor de todas la cosas. Una de las revelaciones más importantes que podemos recibir de la Biblia es el carácter de Dios. La Biblia nos dice como es Dios: sus atributos, sus formas de relacionarse con la humanidad y su corazón.

Dios es Padre, como dice Mateo 6:9: Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Un verdadero padre es protector, sanador y proveedor de no solo lo necesario para vivir sino también de identidad para sus hijos. Dios provee un lugar de seguridad para su familia. Dios es todas estas cosas para los que reciben a su Hijo Jesús como Señor y Salvador. Juan 1:12 dice: Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.

Podemos estar seguros de que Dios tiene muchos pensamientos de amor hacia nosotros. Busquemos a Dios con todo el corazón de la misma manera que el niño busca a sus padres. Él, como nuestro Padre bueno, tiene lo mejor de sí para darnos cuando nuestro corazón es limpio y no está contaminado con la codicia o el egoísmo. Mateo 7:11 dice: Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan? Dios te bendiga.

Puestos los Ojos en Jesús

Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.

Hebreos 12:1-2

Todas las cosas que nos proponemos en la vida serían imposibles de conseguir si nos desenfocamos. Mantener el enfoque es vital para terminar una carrera universitaria, tener éxito en los negocios o triunfar en cualquier disciplina deportiva. En la vida cristiana sucede algo semejante. Nuestro enfoque, nuestro punto hacia el cual debemos mirar es nuestro Señor Jesucristo. Cuando dejamos que nuestros ojos se desvíen hacia otro lado, vamos a flaquear y hasta podemos caer. Nuestros ojos deben de estar puestos en Jesús todo el tiempo.

En Mateo 14:25-31 leemos una historia sobrenatural acerca de Jesús y Sus discípulos: Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar. Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo. Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis! Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor,  sálvame! Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?

He escuchado muchos comentarios diferentes acerca de esta historia. Unos hablan acerca del miedo que sintieron los discípulos al ver a Jesús caminando sobre las aguas. Otros dicen que Pedro era muy impulsivo y por eso se lanzó al agua. Para otros, Pedro era simplemente un bocón quien a la hora de la verdad dudó y se acobardó. Lo cierto es que el intrépido Pedro fue el único que se atrevió a saltar al agua y caminar sobre ella aunque fuera unos instantes.

Lo interesante de esta historia es que mientras Pedro tuvo sus ojos puestos en Jesús, él caminó tranquilamente sobre las aguas de un mar azotado por un fuerte viento. Solamente cuando Pedro quitó sus ojos del Señor y se enfocó en las circunstancias que lo rodeaban fue que comenzó a hundirse. El fuerte viento siempre estuvo ahí, desde antes que Pedro se atreviera a pedirle a Jesús que le permitiera caminar sobre las aguas. Y con la presencia del fuerte viento, Pedro fue capaz de caminar. Entonces no fueron las circunstancias que lo hundieron, sino la duda y la falta de enfoque.

El viento de nuestros problemas va a estar presente en cada día de nuestras vidas. Unos días el viento será como el de un huracán categoría cinco, otros días será una simple brisa que acaricia nuestro rostro. Y las aguas de la vida estarán siempre ahí para que caminemos sobre ellas. Caminamos sobre un terreno que no es firme, y yo diría que ni siquiera se le puede llamar terreno. El éxito o el fracaso en nuestro caminar no depende de las circunstancias sino de nuestro enfoque. ¿En qué fijaremos nuestros ojos, en Jesús o en nuestros problemas?

Hoy Dios te está hablando a ti que lees o escuchas este mensaje. Debemos caminar por fe y no por vista. Por lo tanto, nuestros cinco sentidos deben dirigirse hacia Jesús, quien es autor y consumador de la fe. No puedo engañarte diciendo que con Cristo la vida será más fácil, pero poniendo los ojos en Él caminarás seguro sobre las aguas turbulentas. Dios te bendiga.

Retrato del Verdadero Siervo de Jesucristo

Porque según pienso, Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros, como a sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres. Nosotros somos insensatos por amor de Cristo, mas vosotros prudentes en Cristo; nosotros débiles, mas vosotros fuertes; vosotros honorables, mas nosotros despreciados. Hasta esta hora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija. Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos.

1 Corintios 4:9-13

El texto de 1 Corintios 4:9-13 describiendo a un verdadero siervo de Jesucristo podría parecer hoy día igual a una película de ciencia ficción para muchos. La imagen que mucha gente tiene de un servidor de Cristo dicta mucho de ser un sentenciado a muerte, débil, despreciado, padeciendo hambre y sed, desnudo, abofeteado, sin morada fija, fatigado trabajando con sus propias manos, maldecido, padeciendo persecución y soportando todo eso. Y es que muchos que hoy dicen servir al Señor exhiben todo lo contrario a lo que Pablo señala en 1 Corintios 4:9-13.

Desde la pomposidad de las grandes basílicas y catedrales católicas hasta el enorme derroche de lujo de las megas iglesias protestantes, parecen dejar en ridículo al apóstol Pablo. La finura de las vestiduras de los papas, cardenales y obispos o los elegantes trajes de diseñador de los modernos “apóstoles” evangélicos hacen ver que estos “siervos” de Jesucristo no andan ni desnudos ni padeciendo hambre o sed, sino todo lo contrario.

¿Habrán siervos del Señor hoy día tal como los describe Pablo? Definitivamente que sí, aunque lo más probable no sean ni famosos ni populares. He conocido algunos muy de cerca. Es poco probable que los encontremos en las iglesias grandes, más bien están en las calles llevando la Palabra de Dios a los marginados. También son frecuentes en los países donde más se persiguen a los cristianos, como las naciones islámicas de África y Medio Oriente, India, Pakistán o China. Los puedes encontrar entre las tribus de la Selva del Amazonas o en los barrios marginados de las grandes ciudades del mundo.

La constante de cada siervo genuino es que va a enseñar las verdades bíblicas tal como son, sin acomodar el evangelio al gusto de la gente. El verdadero siervo de Jesucristo llamará al pecado por su nombre, predicará el arrepentimiento y será un abanderado de la santidad. El siervo de Dios está comprometido con la verdad y no va a prometer a la audiencia que sus problemas serán resueltos al convertirse a Cristo.

Este siervo va a poner la otra mejilla y lavará los pies de sus discípulos, en lugar de usarlos como escuderos o guardaespaldas. Y como el verdadero siervo no manipula a la congregación con los diezmos y ofrendas, seguramente se ganará el pan por otro lado mientras predica la Palabra.

Y si su dedicación a la expansión del Reino no le permite trabajar secularmente, es probable que con frecuencia se vea padeciendo hambre, sed, desnudez y hasta carencia de un techo. Sus pares que andan en una línea evangelística distorsionada les cerrarán las puertas de sus iglesias por temor a ser descubiertos. También los maldecirán y perseguirán.

La diferencia entre el falso siervo y el verdadero siervo la vemos en 2 Timoteo 3:12-13: Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución; mas los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados. Dios te bendiga.

 

Aprendiendo a Ser Dignos del Señor

El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.

Mateo 10:37-38

Muchas personas viven muy pendientes de su familia. Eso no está mal, los padres deben velar por sus hijos y darles lo mejor de sí, sobre todo sembrar los buenos valores. Los hijos, a su vez, tienen un mandamiento de parte de Dios para honrar a sus padres. En Mateo 10:37-38, el Señor establece claramente que quien antepone padre, madre, hijo o hija antes que a Él, no es digno de Él. De la misma manera, quien no es capaz de afrontar los sacrificios que conlleva seguir a Cristo, no es digno de Él.

He conocido a personas que dicen servirle a Cristo, pero quienes consideran a su familia intocable. Tales personas son expertas en ministrarle a otros cuando tienen un hijo enfermo o se le ha muerto la madre. Sin embargo, cuando la enfermedad o la muerte les tocan a ellos, no encuentran consuelo en Dios. Es como si le dijeran al Señor: “Te puedes encargar de mis asuntos espirituales, pero a mi familia no me la tocas porque yo puedo hacerme cargo mejor que tú.”

Indudablemente que este tipo de personas ponen a su familia primero que al Señor, lo que les descalifica para ser dignos de Él. Veamos lo que dice Génesis 22:1-3 sobre la actitud de Abraham: Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a Abraham, y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. Y Abraham se levantó muy de mañana, y enalbardó su asno, y tomó consigo dos siervos suyos, y a Isaac su hijo; y cortó leña para el holocausto, y se levantó, y fue al lugar que Dios le dijo.

Abraham obedeció la voz de Dios a quien puso por delante de su único hijo. En Génesis 22:10-12 leemos: Y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Entonces el ángel de Jehová le dio voces desde el cielo, y dijo: Abraham, Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único. En ningún momento Abraham cuestionó la orden de Dios sino que estuvo dispuesto a obedecerla.

¿Harías tú lo mismo que Abraham? ¿Pondrías a Jesucristo primero que a tus hijos o tus padres? Si te conviertes a Cristo y tus padres te exigen que regreses a la tradición, ¿les harías caso a tus padres o te mantendrás unido a la verdad bíblica? Si tus hijos convocan a una reunión de sus amigos en tu casa el mismo día que has invitados a otros hermanos de la fe a compartir la Palabra de Dios, ¿suspenderías tu reunión para complacer a tus hijos?

Entiendo que servir al Señor no es nada fácil y que requiere muchos sacrificios. Jesucristo nunca nos prometió que caminaríamos sobre un lecho de rosas sino más bien sobre las espinas de esas rosas. Él siempre habló de tomar la cruz y caminar en pos de Él, pero nunca dijo que nos haría felices ni prósperos. Si Su Reino no es de este mundo, Sus siervos no tienen necesariamente que ser recompensados en el mundo al cual no pertenecen.

Si alcanzamos felicidad y prosperidad en esta tierra, ¡gloria a Dios! Pero si no, también ¡gloria a Dios! Aprendamos a ser dignos del Señor Jesucristo poniéndole a Él en el primer lugar de nuestra vida. Que ni nuestros progenitores, ni nuestros descendientes, ni nuestra pareja, ni nuestro trabajo, ni siquiera nosotros mismos estemos por encima de Él. Después de todo, Él ya ha dado más de lo que podemos dar: su propia vida para salvarnos. Dios te bendiga.

 

Nacidos de Él para Hacer Justicia

Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de él.

1 Juan 2:29

La genética es la parte de la biología que estudia los genes y la transmisión de los caracteres hereditarios. Esos caracteres pasan de los padres hacia los hijos. Así, podemos recibir ciertos rasgos físicos de nuestros padres o abuelos y transmitirlos a su vez a nuestros hijos y nietos. En lo espiritual, cuando nacemos de nuevo del agua y el Espíritu vamos a recibir caracteres hereditarios de parte de nuestro Padre Celestial. Como Dios, nuestro Padre, es justo, nosotros nacimos de nuevo a través Suyo para hacer justicia.

No todos los caracteres se transmiten de padres a hijos ni siquiera a todos los hijos. Por ejemplo, mi abuela materna tenía los ojos verdes; pero mi madre, quien fue su única hija los tenía marrones. De los dos hijos de mi madre, solo yo heredé los ojos del color de mi abuela, mientras mi hermano los tiene del color de los de mi madre. De mis hijos, solo el menor heredó el color de mis ojos al igual que mis dos primeros nietos, a pesar de que ni mi hijo ni mi hija los tienen de ese color.

Dios tiene muchas cualidades y atributos. Su Hijo Jesucristo ha heredado todos los atributos y cualidades del Padre. Sin embargo, nosotros, como Sus hijos solo heredamos algunos de ellos. Sería una blasfemia decir que por ser hijos de Dios vamos a adquirir omnipresencia y omnipotencia. Tampoco podemos pretender ser infinitos y todopoderosos como es nuestro Padre Celestial. Pero sí somos llamados como herederos Suyos a ser santos, justos, fieles, benevolentes, misericordiosos y a amar como Él nos ama.

En Levítico 19:2 leemos: Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios. A través de Moisés, Dios demandó que Su pueblo de Israel fuera santo. Pero el requisito de santidad no se limita al pueblo escogido, nosotros, como hijos de Dios, somos también llamados a ser santos, como dice Hebreos 12:14: Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Sobre ser justo, es precisamente lo que nos dice 1 Juan 2:29.

Dios espera que le seamos fieles y no andemos tras otros dioses, lo cual está en el primer mandamiento de Su Ley: No tendrás dioses ajenos delante de mí (Éxodo 20:3). Y el Señor nos recuerda lo siguiente en Lucas 16:13: Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas. Como hijos de Dios, estamos supuestos a heredar Su fidelidad.

Dios es bueno y bondadoso y nos manda a no desmayar haciendo el bien, de la misma manera que Él hace. Gálatas 6:9 dice: No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Y de la misma manera que Dios es misericordioso, Sus hijos somos llamados a serlos también. Lucas 6:36 dice: Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.

Finalmente, sabemos que Dios es amor, por Su gran amor al mundo ha enviado a Su Hijo a morir en rescate de toda la humanidad. Y el propio Jesús nos dejó un mandamiento nuevo a todos. En Juan 13:34-35 leemos: Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros. Demostremos pues nuestro ADN espiritual, de quien somos hijos ahora, amándonos los unos a los otros y haciendo justicia porque de Él hemos nacido. Dios te bendiga.