La Esperanza de la Justicia

Pues nosotros por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia; porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor.

Gálatas 5:5-6

Gálatas 5:5-6 da una hermosa promesa para todos los que hemos creído en Jesucristo: Pues nosotros por el Espíritu aguardamos por fe la esperanza de la justicia; porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor. La esperanza de la justicia no viene por tratar de cumplir la Ley o por medio de lo que consideramos por nosotros mismos como bueno. Nada de eso vale algo, conforme a lo que dice la Escritura. Sino que nuestra justicia viene por la fe en la obra de amor efectuada por Jesús en la cruz.

La esencia misma del evangelio se resume en lo que dice Romanos 3:21-26: Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

La Ley de Dios nos da conocimiento de lo que significa el pecado porque todo lo que la Ley prohíbe es pecado. No podemos definirnos a nosotros mismos como buenas personas cuando nos comparamos con los personajes más siniestros de la historia. Ante un criminal o un terrorista, es posible que nos veamos como ángeles; pero, si queremos medir nuestra bondad, el estándar a usar es el de bondad, no el de maldad. La Ley de Dios es este estándar de bondad y, para ser considerado bueno, hay que ajustarse a ella al cien por ciento.

Es por eso que resulta imposible ser justificado por medio de las obras de la Ley, ya que ella nos demuestra que todos hemos pecado. Si Dios no tuviera un plan mejor para nosotros, no habría esperanza de justicia a nuestro favor. Nuestros propios actos nos condenan y no tenemos la más mínima posibilidad de justificarnos por nosotros mismos. Si estuviéramos frente a Dios, el juez justo, siendo juzgados por nuestras obras, sin duda que el veredicto de culpabilidad sería el indicado. Nos quedaríamos mudos sin poder contestar nada en nuestra defensa.

Nuestra justificación, nuestra esperanza de justicia, no viene de nosotros, sino del justo que ha ocupado nuestro lugar pagando con Su preciosa vida por nuestras culpas. Somos justificados de forma gratuita por Su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre. Nuestra redención, nuestra justificación y nuestra salvación del castigo eterno vienen por medio de poner nuestra fe en Jesucristo no en lo que nosotros mismos podamos hacer.

Pretender hacer lo mejor posible no es suficiente para tener esperanza de justicia. Dios es santo y perfecto y solo la santidad y la perfección le satisfacen. Hechos 13:38-39 lo dice de esta manera: Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree. Jesucristo es la esperanza de la justicia. Dios te bendiga.

Anuncios

La Esperanza no Avergüenza

Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.

Romanos 5:5

Pablo comienza diciendo en Romanos 5:5: Y la esperanza no avergüenza. La palabra esperanza parece no estar en el vocabulario de mucha gente en esta época, quienes buscan tener resultados inmediatos. Por otro lado, la palabra vergüenza significa bochorno o quedar en ridículo. Pero si la esperanza no avergüenza es que no quedaremos en ridículo o seremos abochornados por esperar algo de Dios. La esperanza es la fe puesta a prueba. Si hemos confiado plenamente en un Dios Todopoderoso que nos ama porque somos Sus hijos, esperar por Su respuesta no es motivo de vergüenza.

La mayoría de las cosas en la vida tienen un tiempo de espera antes de que se obtenga resultado. Si alguien desea ser un profesional en cualquier área del saber humano, debe dedicar varios años de su vida a estudiar antes de graduarse y obtener el título. Pero eso no quiere decir que ya lo alcanzó todo, sino que debe continuar especializándose y tomando cursos cortos periódicamente para no quedarse atrás en el desarrollo de su carrera. Creer que va a alcanzar la meta de ser doctor o ingeniero equivale a tener fe; pero la esperanza es estudiar con paciencia y pasar todas las pruebas hasta lograrlo.

Cuando nuestra fe está puesta en Dios, sabemos que Él es fiel a Su Palabra y, en Su tiempo se cumplirá la promesa. Por lo tanto, como nuestra esperanza también está puesta en Él, no hay lugar para dudar de que suceda. En Romanos 10:11 está escrito: Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Cada persona que ha creído en lo que Dios ha prometido en Su Palabra puede tener la seguridad de que lo que espera lo tendrá y no pasará por el bochorno de quedarse con la mano extendida.

La Palabra de Dios es totalmente garantizada. Hebreos 6:17-18 dice: Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. Por lo tanto, la esperanza que tenemos se habrá de convertir en una realidad.

La Biblia nos dice que lo que pidamos al Padre, en el nombre de Jesús, creyendo, Él lo hará. Eso no quiere decir que la respuesta de Dios sea inmediata. Es muy probable que, al principio, no estemos preparados para recibir lo que hemos pedido. Dios, quien conoce todas las cosas, sabe cuándo es el tiempo preciso para responder nuestra petición. Mientras ese tiempo llega, vivimos en la esperanza de recibir la promesa. Y la misma Palabra de Dios nos afirma que no pasaremos vergüenza por esperar.

1 Pedro 1:21 dice con respecto a la fe y la esperanza: y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios. Nuestra fe y nuestra esperanza están puestas en Dios, quien es Todopoderoso y resucitó de los muertos a Jesús. Él nunca miente y Su Palabra es verdad. Así que no temas continuar aferrado a la esperanza de ver cumplir tus promesas. ¡No quedarás en vergüenza! Dios te bendiga.

Nuestra Gran Esperanza en Cristo

Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?

Juan 11:25-26

Es realmente edificante leer el libro de los Hechos de los Apóstoles y conocer cómo los primeros cristianos aceptaron sin ningún reparo todos los maltratos a los que fueron sometidos. Todos ellos creyeron con una fe ciega las palabras pronunciadas por Jesús en Juan 11:25-26. Algunos de ellos fueron testigos presenciales de la resurrección de nuestro Señor, otros la conocieron por referencia de los testigos oculares; pero todos creyeron al pie de la letra que Jesucristo es la resurrección y la vida.

Desde los tiempos de la iglesia primitiva, los verdaderos cristianos no han sentido temor alguno de enfrentar la muerte física. La seguridad de las palabras del Señor de que quien cree en Él aunque esté muerto vivirá los motiva a tener esperanza aún después de la muerte. Creer que resucitaremos es nuestra gran esperanza en Cristo. No queda la menor duda de que la resurrección de Jesucristo es la espina dorsal del cristianismo. Como dice 1 Corintios 15:14: Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.

Hay que estar bien claro en cuáles son los fundamentos de nuestra fe. Lo que hace diferente al cristiano de los seguidores de otras creencias es que nuestro líder, Jesucristo, no reposa en una tumba fría. Su cuerpo no está enterrado en ningún lugar porque Él venció a la muerte y si Él la venció, nosotros también la venceremos. Como está escrito: Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos (1 Corintios 15:20-21).

Es lamentable que el poderoso mensaje del evangelio haya sido alterado por algunos. La adulteración del evangelio ha provocado que mucha gente ande confundida y busque a Dios con intenciones erróneas. De ninguna manera se puede visualizar a Dios como un corredor de la Bolsa de Valores que multiplica al ciento por uno lo que “sembramos” en Su Reino. Tampoco es cierto que todos nuestros problemas se resolverán como por arte de magia cuando le entregamos nuestra vida a Cristo.

El Señor dejó establecido muy claro que no se puede servir al mismo tiempo a Dios y a las riquezas. También nos advirtió que en el mundo tendríamos aflicciones, lo cual quiere decir que tendríamos problemas. ¿Cuál es pues lo que nos debe motivar a seguirle? No debe ser por los tesoros terrenales que se pierden. Tampoco porque estaremos en una burbuja de cristal sin que nos afecten los problemas del mundo.

El motivo de seguir a Cristo debe ser algo mucho más trascendental, algo que sobrepase los linderos del mundo que conocemos. Ese motivo es la seguridad de que si creemos en Él viviremos aún cuando la muerte nos arranque la vida. Pero más importante que todo eso es la seguridad de tener la vida eterna junto a Él. Y ciertamente, esa es una vida abundante, sin deudas, sin enfermedad, sin dolor, sin preocupación, sin temor, viviendo para siempre en la casa de nuestro Padre Celestial. Dios te bendiga.

La Paz de Dios, el Antídoto del Afán

Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Filipenses 4:6-7

La vida moderna nos lleva a un ritmo muy acelerado. La búsqueda por alcanzar metas y resultados nos obliga a andar la mayor parte del tiempo con la lengua por fuera. El afán se ha convertido en el pan de cada día. Como consecuencia, se han incrementado el riesgo a contraer ciertas enfermedades relacionadas con el estrés. Para la gente que carece de una relación con Dios, andar afanoso ante la presión social y laboral podría ser la única opción. Sin embargo, los hijos de Dios tienen una esperanza para combatir el afán.

Un motivo adicional que impulsa a la gente a vivir en el afán es guardar las apariencias. De este modo, muchos laboran en más de un empleo con tal de alcanzar ingresos que les permitan mostrar un estatus elevado. Así tienen que andar corriendo de un lado para el otro y no les queda tiempo para nada. Otros no tienen la suerte de contar con ingresos que les garanticen el estatus deseado; pero tratan de salvar su imagen negando que están pasando por dificultades.

Para mí, más importante que guardar mi propia imagen es exaltar y dar la gloria a Dios, quien me guía y sostiene en medio de las pruebas. Por tal motivo, voy a compartir mi testimonio. Hasta abril de 2010 yo tuve un empleo muy bien remunerado en una empresa farmacéutica. Luego de perder mi empleo, no he tenido otro y muchas de mis iniciativas de negocios han dado solamente pérdidas. Por otro lado, a partir de 2007, los precios de las viviendas en los Estados Unidos cayeron estrepitosamente y mi propia casa bajó a la mitad de lo que me costó cuando la compré en 2005. Como consecuencia, yo también he estado bajo la amenaza de un embargo hipotecario.

Además de mis dificultades económicas, en los últimos años he padecido de problemas relacionados con mi salud y mis hijos han sido también afectados por diferentes males. No puedo negar que adicionalmente he tenido problemas en mis relaciones familiares y personales, lo cual podría ser una consecuencia de los demás problemas. Ahora bien, si me preguntaras si estoy preocupado o afanoso por todo lo he tenido que enfrentar, mi respuesta sería un No. He aprendido a presentar mis peticiones en oración al Señor y Él me ha respondido con Su paz.

Sé que hay personas que piensan que si no se afanan y luchan no conseguirán nada y creen que si no lo hacen estarían actuando negligentemente. También hay quienes creen falsamente que en la Biblia hay un versículo diciendo: Dios dijo ayúdate que yo te ayudaré. Lo cierto es que en varios pasajes bíblicos se habla en contra del afán, entre ellos está Mateo 6:27: ¿Y quién de vosotros podrá,  por mucho que se afane,  añadir a su estatura un codo?

Así pues, si tú que escuchas o lees este mensaje andas afanoso por tus problemas, haz un alto en tu camino, ora a tu Padre Celestial presentando tus peticiones, confía en Él y espera Su respuesta, la cual te dará una paz que el mundo no puede entender. Así tu corazón y tus pensamientos quedarán sujetos a Cristo Jesús. Dios te bendiga.

Herederos de Dios

Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.

Gálatas 4:4-7

El diccionario define herencia como el derecho de heredar que tiene una persona por ley o testamento. Una segunda definición es el conjunto de propiedades, dinero y otros bienes, así como derechos, que recibe legalmente de una persona cuando ésta muere. En tercer lugar, herencia es el proceso mediante el cual se transmiten una serie de características de los padres a los hijos a través de los genes. Finalmente, herencia es también el conjunto de ideas o características que se recibe de una circunstancia o persona precedente.

Como bien dice el apóstol Pablo en su carta a los Gálatas, Dios envió a Su Hijo con el fin de redimir a la humanidad que estaba irremediablemente perdida por el pecado. La Ley, es decir los Mandamientos, nos indican muy claramente lo lejos que estamos de cumplir con el estándar de Dios y nuestra incapacidad para poder salvarnos por nuestros propios medios. La redención nos llega únicamente por el sacrificio expiatorio de Jesucristo en la cruz del Calvario y, al recibirlo a Él en nuestro corazón, adquirimos la condición de hijos de Dios porque entonces somos adoptados por Él.

Siendo hijos de Dios nos asiste el derecho de ser Sus herederos por medio de Cristo. ¿Qué vamos a heredar de Dios? Dice Salmo 2:8: Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra. Nuestro Padre Celestial nos insta a pedirle las naciones como herencia y poder así expandir Su Reino en la Tierra hasta el último confín. Por lo tanto, pidamos esa herencia y reclamemos cada nación para Cristo porque son parte de la heredad que nos quiere dar nuestro Padre Celestial.

Nuestra herencia implica además la transmisión de las características de nuestro Padre hacia nosotros. Esas características nos llegan a través de los genes espirituales que nos son transmitidos a través de Su Espíritu. Al convertirnos en nueva criatura (2 Corintios 5:17), las características de nuestro Padre estarán en nosotros en forma del fruto del Espíritu: Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley (Gálatas 5:22-23).

La última definición de herencia se refiere al conjunto de ideas o características que se recibe de una circunstancia o persona precedente. ¿Qué persona nos precede a nosotros? ¿Qué características tendremos de quien nos precede? Romanos 8:29 nos da la respuesta a la primera pregunta: Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. La respuesta a la segunda pregunta la da Efesios 5:2: Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. Dios te bendiga.

Todo Tiene su Tiempo

Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz.

Eclesiastés 3:1-8

La lectura de los primeros 8 versículos del capítulo 3 del libro de Eclesiastés es una gran lección para todos aquellos que quieren que las cosas sucedan inmediatamente sin tener que esperar. De acuerdo a esta lectura bíblica, hay un tiempo para cada actividad en la vida de todo ser humano. Habrá tiempo para situaciones que nos darán alegría y otros tiempos en los cuales incluso sufriremos.

El panameño Rubén Blades, famoso cantante de salsa lanzó en 1999 un álbum titulado Tiempos el cual contenía una canción homónima. El coro de esta canción dice: Hay un tiempo pa´ reír, y otro tiempo pa´ llorar. Un tiempo para partir, y otro para regresar.
Hay un tiempo pa´ vivir, y otro para terminar, hay un tiempo pa´ morir y otro para comenzar
. Hay un tiempo pa´ sufrir y hay un tiempo para amar. Un tiempo para sentir y otro para perdonar. No sé si Rubén tomó en cuenta Eclesiastés 3:1-8 cuando compuso esta canción; pero ciertamente que en el fondo es el mismo mensaje.

Existe un tiempo destinado para cada cosa que sucede en la tierra y en el resto del universo. La rotación de nuestro planeta se completa en alrededor de 24 horas. Así vemos que hay un tiempo para amanecer, un tiempo para que el Sol esté sobre nuestras cabezas, un tiempo para que caiga el Sol y un tiempo para que la Luna sustituya al sol en el firmamento. De igual manera, nuestro satélite gira alrededor de la Tierra en unos 28 días. Durante este tiempo, la Luna pasa por diferentes fases. Así, hay un tiempo de Luna llena y hay un tiempo de Luna nueva. Finalmente, la Tierra tarda 12 meses en completar una vuelta alrededor del Sol. Y en su traslación alrededor de nuestra estrella, en el planeta se presenta un tiempo en que crecen las flores, un tiempo en que hace calor, un tiempo en que caen las hojas de los árboles y un tiempo en que hace frío.

El conjunto de todo lo creado por Dios cumple con una armonía perfecta. Y cada cosa va a ocurrir en el tiempo justo, tal como nuestro divino diseñador lo estableció. Al cumplirse el tiempo de gestación, nace todo ser humano. Cuando se cumple nuestro tiempo en este mundo, nos tocará partir. El día que nacemos no siempre se puede establecer por anticipado, pero de todos modos, en su momento será conocido. Sin embargo, el día y la hora de nuestra partida no es posible determinarlo, solo Dios lo conoce. Sin embargo, fuera del tiempo en términos terrenales a que se refiere Eclesiastés 3:1-8 hay un tiempo infinito donde todos iremos a parar y solo hay dos destinos a los cuales ir. Uno de esos destinos es de salvación y el otro de perdición. El tiempo de elegir la salvación es hoy porque nunca sabemos cuánto tiempo nos queda en este mundo. Dios te bendiga.

Morada en los Cielos

No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.

Juan 14:1-3

Cuando alguien va de viaje a un lugar distinto al suyo, es muy bueno saber que va a encontrar un alojamiento seguro en ese lugar. Cuando nuestro Señor Jesús andaba con Sus discípulos, antes de retornar al lado de Su Padre, les prometió a ellos que iba a preparar un lugar para recibirlos. Esa promesa del Señor no se limita a Sus doce más íntimos, ni a los 70 que envió de dos en dos o a los que estaban en el Aposento Alto el día de Pentecostés, la promesa es extensiva a cada uno de quienes lo han recibido.

A mediados de 2001, por ciertas circunstancias de la vida, tuve que dejarlo todo en Puerto Rico, donde vivía e irme a otro lugar. Uno de mis antiguos profesores de Ingeniería Química me recibió en su casa de San Antonio, Texas. Fue agradable tener un lugar donde me recibieran en este cambio de vida que me vi precisado a dar. No me quedé todo el tiempo es esa casa; pero si me siento agradecido de haber recibido morada lo necesario hasta que me pude valer por mí mismo en mi nuevo lugar de residencia.

Algún día nos tocará a todos abandonar este mundo. ¿A dónde iremos cuando ya nuestro aliento de vida haya desaparecido por completo? La respuesta a esta pregunta podría ser objetiva o subjetiva. La respuesta subjetiva va a depender de nuestro sistema de creencias. Así habrá quien responda que reencarnamos; o que vamos a un lugar de purificación antes del destino final; o que resucitaremos y viviremos en la Tierra; o que simplemente todo se acabó con la muerte porque no existe nada fuera de lo que conocemos.

La respuesta objetiva no depende de filosofías humanas sino de lo que dice Dios sobre el tema. La Biblia es muy clara al respecto y dice que solo hay dos lugares posibles los cuales están descritos fielmente en la historia del rico y Lázaro (Lucas 16:19-31). Uno de esos lugares es de tormento mientras que el otro es de paz y consuelo. Este lugar es la morada del Padre de nuestro Señor Jesucristo, donde Él se nos ha adelantado con el fin de preparar un espacio para todo aquel que ha creído en Él.

La morada celestial debiera ser el objetivo de todos. No creo que alguien tenga deseos de pasar una eternidad en un lugar de tormento. Y definitivamente, no importa si creas o no en que existe algo más allá después de la muerte, la realidad es que sí existe ese algo y solo hay dos destinos disponibles. Y aunque no nos ganamos el hotel del millón de estrellas en los cielos por lo que hacemos, lo cierto es que dependiendo de nuestra decisión en vida tendremos o no un lugar reservado con nuestro nombre.

Creer en Jesucristo, arrepentirnos de nuestros pecados y reconocer Su señorío sobre nuestra vida es la decisión que nos permite disfrutar de vida eterna. No dejemos pasar la oportunidad de asegurar la morada celestial. Hoy es el día perfecto para hacer nuestra reservación allí porque no sabemos si tendremos un mañana. Dios te bendiga.