Cristo Nos Redimió de la Maldición de la Ley

Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero).

Gálatas 3:13

La Ley de Dios, los Diez Mandamientos, nos da conocimiento de que hemos pecado y somos merecedores de la muerte. Nadie puede ser justificado por medio de las obras de la Ley. En lugar de alcanzar salvación por medio de la Ley, lo que obtenemos es maldición. Solo Jesús nos redime de la maldición de la Ley. Él se ofreció a sí mismo como garante de nuestra salvación al convertirse en maldición conforme a lo que está escrito.

La Escritura citada en Gálatas 3:13 es Deuteronomio 21:22-23, la cual dice: Si alguno hubiere cometido algún crimen digno de muerte, y lo hiciereis morir, y lo colgareis en un madero, no dejaréis que su cuerpo pase la noche sobre el madero; sin falta lo enterrarás el mismo día, porque maldito por Dios es el colgado; y no contaminarás tu tierra que Jehová tu Dios te da por heredad. Todos hemos cometido crímenes de muerte merecedores de ser colgados y hechos maldición; pero Jesús tomó nuestro lugar y se hizo a sí mismo maldición por nosotros.

Contrario a lo que algunos puedan decir, la Ley se hizo para cumplirse no para violarla. En Jesús se cumplió la Ley completamente. Gálatas 4:4-5 dice: Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Cuando estamos bajo la Ley, toda violación, por pequeña que parezca nos condena. Jesucristo vino a ocupar el lugar de cada ser humano para que el peso de la Ley cayera sobre Él y brindarnos la oportunidad de ser exonerados de nuestra culpa.

Pablo reafirma ese concepto en Romanos 8:3-4 cuando dice: Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. La Ley hace imposible que podamos salvarnos a nosotros mismos a causa de nuestra debilidad carnal. La justicia de la Ley solo puede cumplirse en nosotros a través del totalmente justo Hijo de Dios.

Cuando meditamos profundamente lo que dice la Biblia, podemos darnos cuenta de que no existe un solo ser humano capaz de decir que reúne méritos suficientes que le garanticen un lugar en el Reino de Dios. La verdad es que el pecado nos excluye de la presencia de un Dios santo y todos, sin excepción, hemos pecado. Dios, en su perfecta justicia no va a dejar ningún pecado sin su debido castigo y la paga del pecado es la muerte como está escrito. Entonces, quien quiera ser salvo por su propia justicia tiene prácticamente asegurada su exclusión de la presencia de Dios.

La verdadera redención viene del mismo Dios, quien envió a un ser perfecto, Su Hijo Jesucristo, para pagar por los pecados de toda la humanidad. En 2 Corintios 5:21 leemos: Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. La salvación no se trata de lo que podamos hacer sino de lo que ya Jesucristo hizo por nosotros en la cruz del calvario. Nuestra parte es arrepentirnos de nuestros pecados y dar un giro de 180 grados convirtiéndonos a Él. La salvación es un regalo, extiende tu mano y alcanza ese don maravilloso que te dará la vida eterna. Dios te bendiga.

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Guardar los Mandamientos

El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.

Juan 14:21

Todavía existe mucha gente que piensa puede alcanzar su salvación guardando los mandamientos. Sin embargo, la Biblia es muy clara al respecto y nos dice que la salvación es por gracia, no por las obras de la Ley. La pregunta entonces es ¿debemos guardar los mandamientos? La respuesta es sí, pero el motivo de guardarlos no es porque nos conduce a salvación. En Juan 14:21 Jesús dice que tener y guardar sus mandamientos es demostrar que lo amamos.

Una excelente aplicación sobre lo que dice Juan 14:21 es lo que dijo el gran predicador inglés Charles Spurgeon: “Si Cristo murió por mí, impío como soy, entonces no puedo vivir más en el pecado, sino que debo levantarme, amar y servir al que me ha redimido. No puedo jugar con el mal que ha dado muerte a mi mejor amigo. Debo ser santo por amor a Él mismo.” El acto de guardar los mandamientos es nuestra mejor respuesta a la salvación que obtenemos mediante la gracia.

Por otro lado, el escritor norteamericano Tullian Tchividjian (1972- ) dijo: “No puedes anular tu pecado al vivir observando la Ley. Nada puede remover el pecado excepto la gracia de Dios.” Y continúa diciendo Tchividjian: “La Ley nos trae de rodillas ante la gracia. El evangelio nos mantiene de rodillas en gratitud.” Lo que dice primero Tchividjian es justo lo que afirma la Biblia con respecto a que la Ley no es útil para perdonar los pecados. Pero nuestra gratitud hacia quien nos salvó sin merecerlo debe movernos a observar la Ley una vez somos salvos.

Debemos estar muy conscientes de algo con respecto a los mandamientos y la gracia. Primero que nada, la Ley demuestra claramente nuestra condición de pecadores. La aplicación de la Ley de Dios es implacable, quien viola un simple estatuto es culpable de todo. Por lo tanto, nadie resulta inocente en el juicio cuando se aplica la Ley. Eso imposibilita que alguna persona adquiera la salvación mediante el cumplimiento de la Ley.

Como Dios es un juez justo, Él no va a dejar el pecado, el cual es lo mismo que un crimen en Su contra, sin el merecido castigo. Si nos empeñamos en justificarnos a través de la Ley, sin lugar a duda seremos hallados culpables. Es por eso que alguien debe pagar por nuestros delitos y pecados. Jesucristo se ofreció a ser el chivo expiatorio sobre el cual se aplicara todo el peso de la Ley por nuestras culpas. En nosotros está decidir si aceptamos que Él pague por ellos o asumimos nosotros mismos nuestro castigo, el cual es la muerte eterna.

Si nuestra decisión es aceptar el regalo de amor de la gracia, no es posible que pretendamos continuar con nuestra vida pasada de espaldas a la Ley de Dios. El amor de Dios y la gracia nos deben mover a guardar Sus mandamientos. Ahí está el nuevo nacimiento, en abandonar la vida pasada de pecado y tomar el camino de la santidad. Decir que aceptamos la gracia y mantenernos practicando el pecado es una gran hipocresía y un engaño.

Aunque guardar los mandamientos no nos conduce a la salvación, una vez somos salvos por gracia, la misma Ley nos guía hacia la santidad sin la cual nadie verá a Dios. Una vez nos convertimos a Cristo, no es Dios quien está a nuestro servicio como muchos pueden pensar, somos nosotros que nos hemos transformados en Sus siervos y Sus hijos y, como tales nos vemos sujetos a Sus reglas no Él a las nuestras. Dios te bendiga.

 

¿Para Quién Es la Ley?

Pero sabemos que la ley es buena, si uno la usa legítimamente; conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cuanto se oponga a la sana doctrina.

1 Timoteo 1:8-10

En 1 Timoteo 1:8-10, el apóstol Pablo dice que la Ley es buena si uno la usa legítimamente. También Pablo indica que la Ley no fue dada para el justo sino para el pecador. Y de nuevo presenta un largo catálogo de violadores de la Ley que incluye a los transgresores, desobedientes, impíos, pecadores, irreverentes, profanos, parricidas, matricidas, homicidas, fornicarios, sodomitas, secuestradores, mentirosos y perjuros. En resumen, Pablo indica que tales personas se oponen a la sana doctrina.

Lo primero que dice Pablo es que la Ley es buena. El pastor inglés Maurice Roberts (1938- ) dice al respecto: “Los Diez Mandamientos no son un yugo de plomo alrededor de nuestro cuello, sino un marco de bendición y felicidad mientras vivamos sobre la Tierra. Así como no podemos vivir sin la ley de gravedad, no podríamos vivir felices sin los Diez Mandamientos. Tal como la gravedad nos ancla con seguridad a nuestro hogar terrenal, del mismo modo la Ley Moral de Dios tiene el propósito de guardarnos de hacernos daño a nosotros mismos y a los demás.”

Legítimamente, la Ley de Dios nos previene de todos los peligros que podamos enfrentar. Entre ellos, no caer en una falsa religión, proteger nuestro cuerpo y nuestra alma, defensa de la tiranía y la vida, nos enseña a vivir en castidad y prosperidad, nos muestra cómo proteger nuestra reputación y a controlar nuestros pensamientos más íntimos. Algunos de los Diez Mandamientos son la base de leyes humanas cuya violación nos podría llevar a la cárcel y, en algunos países hasta ser sentenciados a muerte.

Ahora bien, Pablo también enfatiza que Ley fue dada para los transgresores y desobedientes. Es decir, para cada uno de los que se desvían del camino señalado por Dios. Hoy en día, a mucha gente le fascina tener la libertad de hacer lo que le dé la gana. El predicador irlandés Frederick Leavy (1922-2006) dijo: “Cuán a menudo escuchamos decir: ‘Tengo derecho de hacer lo que quiera con mi cuerpo.’ Nada puede estar más lejos de la verdad. Ante la Ley de Dios ningún hombre o mujer es libre para hacer con su cuerpo lo que le plazca.”

Y en cuanto a los que refiere Leavy de gente que dice que tiene derecho a hacer con su cuerpo lo que quiera, Pablo menciona al menos dos que caerían dentro de esa categoría, ellos son los fornicarios y los sodomitas. Todos sabemos que fornicarios son los que practican el sexo fuera del matrimonio. Sodomita se refiere a quien practica la sodomía. Y la sodomía hace referencia a determinados comportamientos sexuales, históricamente utilizados para describir el acto del sexo anal entre homosexuales y las demás prácticas homosexuales masculinas, si bien también puede usarse para describir el sexo anal heterosexual.

Hoy podemos ver que las sociedades modernas han legalizado la sodomía, la cual muchos la ven como más aceptable que predicar el evangelio. Es evidente la revelación que el Espíritu Santo le dio a Pablo cuando dijo que tales personas se oponen a la sana doctrina. Eso es precisamente lo que vivimos hoy, donde practicantes de la sodomía se sienten con el gran derecho de exigirle a Dios que cambie Su Ley para que se ajuste a su pensar. Dios te bendiga.

 

Ignorar la Ley no te Exonera

Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados; porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados.

Romanos 2:12-13

Un tiempo atrás alguien me hizo recordar un antiguo refrán que dice quien inocentemente peca, inocentemente se condena. Si usáramos la palabra “inocente” para referirnos a quien desconoce la Ley y la viola, entonces ese refrán podría estar parafraseando Romanos 2:12-13. El hecho de no tener conocimiento de la Ley de Dios no nos da la exoneración de culpa si la violamos. Como la Escritura establece que violar la Ley de Dios es pecar, no importa si la conocemos o no, de todas maneras saldremos culpables en el juicio.

Cuando un extranjero viola las leyes del país en que se encuentra, de ninguna manera un juez va a perdonarlo porque esa persona no sabía que violaba las leyes. El juez aplicará la ley tal y como ha sido establecida y condenará al extranjero conforme al código correspondiente. Si esa persona saliera en libertad o fuere perdonada por el juez, no será por haber sido hallado inocente, sino porque el magistrado lo trató con clemencia.

De la misma manera, Dios, como juez justo hallará culpable a todo el que viole Su Ley con o sin conocimiento. Si somos perdonados no es por nosotros sino por Su gracia. Y eso es algo que debe quedar muy claro en la mente de cada uno. Como dijo el teólogo inglés John Wesley (1703-1791): “Antes de que pueda predicar el amor, la misericordia y la gracia, tengo que predicar el pecado, la ley y el juicio final.”

Hoy día mucha gente quiere imponerle a Dios sus puntos de vista. Esas personas se sienten con derecho de desautorizar la propia Palabra de Dios cuando sus gustos y preferencias se ven confrontados. En nombre del libre pensamiento, de la coexistencia, de la diversidad, se ignora la Ley de Dios y, más que ignorarla, se pretende anularla. Conforme a Romanos 2:12-13 tales intentos son inútiles porque el juicio de Dios es inevitable. Por lo tanto ignorar la Ley no ayuda en nada ni nos exonera de culpa.

El pastor inglés Maurice Roberts (1938- ) dijo: “La ‘libertad’ de los hombres en un mundo sin reglas ni ley sería la ‘libertad’ de la jungla o de las profundidades del mar, donde el más fuerte devora al más débil y el más grande se come al más pequeño. Sería una existencia de pesadilla. Un mundo en el que no haya temor al castigo. Es un mundo en el que no hay otra cosa que temor. La libertad comienza cuando la Ley es cumplida, no cuando es abolida.”

Créalo o no, habrá un juicio para cada ser humano al morir. En ese juicio, nuestras obras van a ser comparadas con el estándar de la Ley de Dios. No importa si creemos o no en Dios. No importa si conocemos o no Su Ley. Nuestras creencias no van a ser la escala con la cual seremos medidos. Las reglas las pone Dios, no nosotros. Lo malo para nosotros es que la Ley es extremadamente estricta y una simple desviación de la misma nos hace culpable porque es equivalente a violarla por completo.

Para que tengas una idea de que la Ley de Dios está diseñada para hacer justicia verdadera, piensa que un justo, Jesucristo, tuvo que pagar por los pecados de todos con el único fin de darnos oportunidad de ser justificados. Me gusta una frase del evangelista puertorriqueño Yiye Ávila (1925-2013): “Si no aceptas a Cristo como tu Salvador, algún día tendrás que enfrentar a Dios como juez.” No corras ese riesgo, el día de arrepentirte es hoy, conviértete a Jesucristo y acepta el regalo de la vida eterna. Dios te bendiga.

 

Depender de las Obras de la Ley es Maldición

Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas.

Gálatas 3:10

Hay personas que todavía se consideran buenas y que sus obras pueden llevarlas al cielo. Gálatas 3:10 da un golpe contundente a quienes piensan así cuando dice: todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición. Fallar la Ley en un punto es equivalente a violarla totalmente. Una simple “mentira piadosa” significa ser culpable por quebrantar los Diez Mandamientos. Pero la cosa es todavía mucho peor porque de acuerdo a Deuteronomio 27:26: Maldito el que no confirmare las palabras de esta ley para hacerlas.

Lo que nos dicen tanto Gálatas 3:10 como Deuteronomio 27:26 es una voz de alerta para todo ser humano. Si todavía no estábamos convencidos de que las obras de la Ley no nos salvan; si dudábamos que fuera cierto que la Ley nos da conocimiento del pecado, leer estos dos pasajes bíblicos debería hacernos temblar de miedo. Ambos coinciden en afirmar que quien depende de las obras de la Ley está bajo maldición.

La Ley de Dios no es mala, lo malo es quebrantarla. Desafortunadamente para nosotros, es imposible cumplir cabalmente con el requisito de la Ley. En tal sentido, quien depende de ella para justificación va a perder la salvación. Y si la salvación es una bendición, lo contrario es una maldición. Y lo contrario a la salvación es la perdición. El mandato de permanecer en todas las cosas escritas en el libro de la Ley es lo único que nos libra de la maldición. Pero nosotros no somos capaces de permanecer en toda la Ley, así que, por esa vía, la maldición está garantizada.

Debo aclarar un punto importante, obedecer la Ley de Dios no es perjudicial ni tampoco nos lleva a maldición. El problema es nuestra incapacidad de obedecerla al cien por ciento, lo cual nos hace culpables de violarla toda cuando quebrantamos un simple punto. Y cuando nos convertimos en violadores de la Ley, entonces somos culpables, lo cual nos asegura el castigo correspondiente. La violación de la Ley de Dios se llama pecado y la condena para el pecado es la muerte.

Solamente ha vivido en la Tierra un hombre que jamás quebrantó la Ley de Dios: Jesucristo. Sus 33 años sobre la superficie de nuestro planeta los vivió sin haber pecado una sola vez. Y, sin tener culpa, Él ocupó el lugar por nosotros. Gálatas 3:13 dice: Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero). El castigo por nuestros pecados los recibió Él, pagando la deuda que nos correspondía a cada uno de nosotros.

El pastor norteamericano Paul David Tripp (1950- ) dijo: “Debes comprometerte a obedecer a Dios, no como un pago por tu pecado, sino como una celebración del pago que ya se hizo.” Ese pago lo hizo Jesús muriendo en la cruz por ti, por mí y por el resto de la humanidad. Su muerte fue para sustituir la nuestra por causa de los pecados de todos. Él se hizo maldición por nosotros y nos dio redención.

Depender de las obras de la Ley es maldición, pero Jesús cumplió la Ley completamente y tomó sobre Sí tus culpas, tus pecados y tu maldición. Ahora que lo sabes, que no te salvaría por la Ley, lo único que puedes hacer es arrepentirte de tus pecados, entregarle tu corazón a Jesucristo y aceptar Su regalo de salvación y vida eterna. Dios te bendiga.

 

No Hay Excusa

Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.

Romanos 1:18-20

Un viejo refrán dice que desde que se inventaron las excusas nadie queda mal. Eso podría funcionar entre los humanos y bajo ciertas circunstancias. Sin embargo, en cuanto a nuestra relación con Dios, no tenemos ninguna excusa para nuestro pecado. Mucho antes de que Dios le entregara las tablas de la Ley a Moisés en el Monte Sinaí, Él mismo había manifestado a la humanidad Sus reglas desde la misma creación cuando dio instrucciones a nuestros primeros padres en el Edén. A partir de ahí, ya estábamos advertidos y sin excusa válida para nuestras faltas.

Voy a compartir una historia que leí hace un tiempo. Se dice que muchos años atrás el Virrey de Nápoles hizo una visita a Barcelona, España. En el puerto había un barco de remos, una galera, con prisioneros condenados a remar, castigo usual para la época. El Virrey se acercó a los prisioneros y les preguntó que había pasado, que los había llevado a estar ahora en esta situación. Así escuchó de primera voz terribles historias.

El primer hombre dijo que estaba allí porque un juez aceptó un soborno de sus enemigos y lo condenó injustamente. El segundo dijo que sus enemigos habían pagado a falsos testigos para que lo acusaran. El tercero dijo que había sido traicionado por su mejor amigo, quien escapó de la justicia dejándolo. Y así por el estilo. Finalmente el Virrey dio con un hombre que le dijo: “Mi señor, yo estoy aquí porque lo merezco. Necesitaba dinero y le robé a una persona. Estoy aquí porque merezco estarlo.”

El Virrey quedó absolutamente anonadado y volviendo sobre el capitán del navío de esclavos dijo: “Aquí tenemos a todos estos hombres que son inocentes, están aquí por injustas causas, y aquí este hombre malvado en medio de todos ellos. Que lo liberen inmediatamente, temo que pueda infectar a los demás.” De esta manera el hombre que se había confesado culpable fue liberado y perdonado, mientras aquellos que continuaban excusándose a sí mismos volvieron a los remos.

Esta es una historia verdadera, y la moraleja es bastante obvia. Hablamos de las excusas y su poder. De cómo nos encadenan y mantienen sujetos en un determinado orden de cosas. En lo espiritual sucede algo muy parecido. La mayoría de la las personas cuando son confrontadas por sus pecados van a presentar excusas. Podrían decir cosas como estas: “No tuve la culpa de haber fornicado, ella era tan bella que me provocó;” o “Le prendía velas a los santos porque mi abuelita me enseño, pero no fue mi culpa.” Y muchas otras más.

Pero el Señor lo dice muy claro en Juan 15:22: Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado. La Ley de Dios nos condena y Jesús nos habló la forma en la cual podríamos salvarnos y ser perdonados por nuestros pecados. El evangelio es claro, nuestras obras en lugar de salvarnos demuestran nuestra culpabilidad. Solo la gracia nos justifica; pero las excusas por nuestros pecados, en especial, el pecado de rechazar a Cristo, solo conllevan condena en el juicio de Dios. Dejemos pues de presentar excusas, es hora de arrepentirnos de todo pecado. Dios te bendiga.

Amen

La Fe Confirma la Ley

Porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión. ¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley

Romanos 3:30-31

En el capítulo 3 del libro de Romanos, Pablo nos lleva a la conclusión que somos justificados por gracia por medio de la fe sin las obras de la Ley. Hay quien puede pensar erróneamente que la Ley ha sido anulada por la fe y la gracia. Pero el asunto no puede tratarse tan a la ligera. La Ley nos muestra el pecado que nos condena y nos presenta que nuestra única salida es la gracia. Y somos llevados a la gracia a través de la fe, la cual, de acuerdo a Romanos 3:31 confirma la Ley.

A través del Nuevo Testamento se establece muy claramente que la justificación de la humanidad pecadora se alcanza por la gracia, no por las obras de la Ley. Llegamos a la gracia poniendo nuestra fe en Jesucristo, quien pagó con su muerte en la cruz por todos nuestros pecados. Ser rescatados de la condena perpetua en el infierno mediante la fe, no nos autoriza a violar descaradamente la Ley, sino que nos confirma que todo lo que la Ley prohíbe es pecado y el pecado destruye nuestra relación con Dios.

En los capítulos 2 y 3 del libro de Apocalipsis se presentan los mensajes dirigidos a las siete iglesias que está en Asia: Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. Esos mensajes fueron dirigidos a creyentes quienes habían reconocido a Jesús como su Señor y Salvador en algún momento de sus vidas. Sin embargo, el Señor encontró desviaciones en algunos de ellos y les confrontó convocándoles a enderezar su camino para no perderse.

El Señor insta al arrepentimiento a la iglesia de Éfeso en Apocalipsis 2:4-5: Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido. La advertencia para arrepentirse trae consigo las consecuencias de no hacer caso a lo que dice el Señor.

A la iglesia de Pérgamo también se le ordena arrepentimiento en Apocalipsis 2:16: Por tanto, arrepiéntete; pues si no, vendré a ti pronto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca. Lo mismo ocurre con la iglesia de Sardis en Apocalipsis 3:3: Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.

Finalmente, el Señor reprende vigorosamente a la iglesia de Laodicea en Apocalipsis 3:18-19: Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas. Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso,  y arrepiéntete.

Es evidente que quebrantar la Ley luego de ser tocado por la gracia a través de la fe no está contemplado en los planes de Dios. Las reprimendas del Señor a las iglesias confirma lo que Pablo había escrito en Romanos 3:30-31: la fe no invalida la Ley sino que la confirma. Al ser justificados mediante la fe en Jesucristo, nuestra mejor respuesta hacia Su gran amor, Su perdón y Su misericordia infinita es confirmar la Ley renunciando irrevocablemente al pecado. Dios te bendiga.