Las Riquezas y el Reino de Dios

Entonces Jesús dijo a Sus discípulos: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el Reino de los cielos. Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el Reino de Dios.

Mateo 19:23-24

Estas son las palabras de nuestro Señor: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el Reino de los cielos. Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el Reino de Dios. En los últimos años, por el contrario, se ha extendido una doctrina que pretende desmentir lo que está escrito en Mateo 19:23-24. Bajo la premisa de que somos hijos del Rey de reyes, el dueño del oro y la plata, se predica que somos llamados a ser prosperados en lo material. También se predica que quien está pobre es porque vive en pecado.

Si Jesucristo dijo que es muy difícil para un rico entrar en el Reino de Dios, es necesario que le prestemos mucha atención a Sus palabras. Nos pueden traer una predicación diferente a eso; pero no creo que ningún pastor, sacerdote, apóstol, profeta o como quiera llamarse pueda conocer más de Dios y Sus planes que el propio Hijo de Dios. No sé tú a quién le vas a creer, pero en lo que a mí respecta, he decidido creerle a Cristo. Veo en Sus palabras que las riquezas pueden bien ser un obstáculo para entrar en el Reino de los cielos.

Me podrías preguntar entonces, ¿los que predican sobre prosperidad están errados? Para que no me señalen como que los estoy juzgando, que sea la propia palabra de Dios la que juzgue. Lucas 16:13 dice así: Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas. Quien es un siervo de Dios no puede ser simultáneamente un siervo de las riquezas. De la misma manera que un bígamo no puede amar a la vez a sus dos mujeres, así pasa con el siervo de dos señores.

Por lo tanto, si le servimos a Dios y a Su Reino, debemos predicarle a Él, darle protagonismo a Él, no poner por lo alto a la prosperidad y presentar a Dios solamente como un facilitador de nuestros deseos. Nuestra adoración a Dios no puede basarse en que nos hará ricos sino en quien es Él. Dice Lucas 6:45: El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca. Si hablamos más de riquezas que de Dios, nuestro corazón está con el dinero.

Y si la abundancia de nuestro corazón son las riquezas, entonces nuestro amor es para las riquezas no para Dios. Y si decimos que le servimos a Dios mientras nuestro corazón está con el dinero, es obvio que ese es el amo que estimamos, lo cual indica que menospreciamos a Dios. La Biblia dice en 1 Timoteo 6:9-10: Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores.

No caigamos en la tentación de enriquecernos. Dejemos de lado las codicias necias y dañosas que nos hunden en destrucción y perdición. El amor al dinero es el principio de todos los males, siendo la consecuencia más nefasta la exclusión del Reino de Dios. No nos extraviemos de la fe verdadera por seguir doctrinas mundanas disfrazadas de cristianas. Dios te bendiga.

Asegúrate de Heredar el Reino de Dios

¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.

1 Corintios 6:9-10

En 1 Corintios 6:9-10, el apóstol Pablo presenta una lista de quienes no heredarán el Reino de Dios. La lista incluye a los injustos, los fornicarios, los idólatras, los adúlteros, los afeminados, los que se echan con varones, los ladrones, los avaros, los borrachos, los maldicientes y los estafadores. Son once categorías de excluidos de la herencia del Reino de Dios. Y Pablo enfatiza con la palabra No erréis, lo cual es una advertencia para que no nos equivoquemos negando lo que nos está diciendo. Ese énfasis de Pablo nos deja muy claro que él está hablando muy en serio.

La lista de 1 Corintios 6:9-10 comienza con los injustos. En Romanos 3:10-12 leemos: Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Eso quiere decir que ningún ser humano es justo en sí mismo, lo cual nos convierte a todos en injustos, excluyéndonos de la herencia celestial. La justicia nos llega por gracia mediante la fe.

El adulterio es el contacto sexual íntimo entre una persona casada y otra persona que no es su esposa o esposo. La fornicación es cuando ocurre un intercambio sexual íntimo entre dos personas que no están casadas. En otras palabras, fornicación es sexo fuera del matrimonio. La idolatría es la adoración indebida a los ídolos, lo cual constituye una franca violación al segundo mandamiento que está escrito en Éxodo 20:4-6. La idolatría no es solo adoración de imágenes sino colocar algo o alguien antes que a Dios, incluyendo a nuestros hijos o padres.

Afeminado es aquel que pierde las características que tradicionalmente se consideran propias de hombres para adoptar las asociadas generalmente a las mujeres. Uno de los tantos sinónimos de afeminado es homosexual. Los que se echan con varones son aquellos hombres que sostienen una relación sexual con otro varón. No importa si presidentes, congresos o jueces legalicen estas prácticas, el Rey de reyes, el Juez Supremo no está de acuerdo con las mismas y quienes las llevan a cabo no son bienvenidos en Su Reino.

Los otros excluidos de la herencia celestial incluyen a quienes se apoderan de lo que no es suyo, los ladrones. No importa la cuantía del robo o si fue producto de desfalcar las arcas estatales o atracar a un conductor en un semáforo. La avaricia es el afán o deseo desordenado de poseer riquezas, bienes u objetos de valor con la intención de atesorarlos para uno mismo, mucho más allá de las cantidades requeridas para la supervivencia básica y la comodidad personal. También los avaros carecerán de herencia en los cielos.

Los borrachos son los que se han pasado en el consumo de alcohol; pero aunque Pablo no los mencione, no creo que los que embrutecen sus mentes con drogas distintas al alcohol pasen por inocentes. Los maldicientes son aquellos cuyo vocabulario es prolífero en maldiciones. En todos los idiomas del mundo, el común hombre de pueblo es un maldiciente. Estafar es pedir o sacar dinero o cosa de valor con engaño; dar a alguien menos o cobrarle más de lo justo; defraudar, no ofrecer lo que se espera de algo. Revisemos bien el catálogo de aquellas prácticas que impiden ser heredero del Reino de Dios y, si encontramos que alguna de ellas es parte de nuestra vida, paremos de hacerlo a fin de no perder la herencia. Dios te bendiga.

 

Recibiendo Poder de lo Alto

Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.

Hechos 1:8

Antes de ascender al cielo, el Señor Jesús dio unas instrucciones a Sus discípulos: quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto (Lucas 24:49). La expansión del Reino de Dios es la Tierra requiere de la manifestación de Su poder. Y solamente de lo alto, del mismo cielo, puede provenir poder suficiente para testificar acerca de Jesucristo con milagros, maravillas y señales. No basta con predicar la Palabra de Dios, sino que se hace necesario ser ungido por el Espíritu Santo, quien es el responsable de darnos el poder de lo alto.

Durante Su ministerio en la Tierra, Jesucristo hizo una demostración de poder. Cuando los discípulos de Juan el Bautista fueron a indagar sobre Jesús, su respuesta fue mostrar ejemplos de poder. Lucas 7:22-23 dice: Y respondiendo Jesús,  les dijo: Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí.

De esa misma manera es que Él espera que se predique el evangelio. No estamos para hacer menos que eso. Jesús profetizó que sus seguidores harían obras incluso mayores que las Suyas. Dice Juan 14:12: De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre. Jesús no iba a permanecer todo el tiempo en la Tierra; pero las necesidades continuarían existiendo. Por lo tanto, después de Él, los cristianos debían estar facultados para curar enfermos, echar demonio y resucitar muertos.

El evangelio de poder no viene de nuestras habilidades o porque hayamos adquiridos un par de doctorados en teología. Los discípulos recibieron ese poder el día de Pentecostés a través del Espíritu Santo. De esta manera, un simple pescador como Pedro fue capaz de predicar un mensaje tan contundente que convirtió a miles de persona, con decir una palabra hizo caminar a un cojo y sanaba a los enfermos con su sombra. Era imposible que el mismo Pedro que negó tres veces al Señor o se acobardara al caminar sobre las aguas hiciera tantos prodigios, maravillas y señales de haber carecido del poder de lo alto.

Del mismo modo, Pablo expandió el evangelio entre los gentiles gracias a ese mismo poder. Él mismo lo afirma en Romanos 15:18-19: Porque no osaría hablar sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí para la obediencia de los gentiles, con la palabra y con las obras, con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios; de manera que desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo.

Hoy día se hace necesario que el evangelio sea llevado a las naciones con poder. Los corazones de mucha gente se han endurecido de tal manera que hay quienes se sienten más poderosos que Dios. De otro lado, muchos cristianos se han conformado solo a ir a un templo a escuchar un sermón. Busquemos el poder de lo alto. Dios te bendiga.

Heme Aquí, Envíame a Mí

Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.

Isaías 6:8

Los hijos de Dios somos Sus manos y Su boca sobre la Tierra. Toda obra para expandir el Reino de Dios y alcanzar a los perdidos es parte de nuestra tarea. Debemos dar por gracia lo que por gracia hemos recibido. Todavía hay millones de seres humanos alrededor del mundo quienes jamás han escuchado el mensaje de salvación. No esperemos que Dios envíe ángeles a predicar el evangelio, esa labor es para nosotros. Por tal razón, si Dios te llama a compartir las buenas nuevas de salvación, solo dile: “Heme aquí, envíame a mí.”

Hoy existen iglesias cristianas muy grandes las cuales constan de miles de miembros. La mayoría de los miembros de las iglesias grandes y pequeñas no se sienten aludidos con respecto a ser enviados a predicar. Se sienten muy cómodos sentados escuchando el sermón del pastor, de quien piensan es el único con responsabilidad de compartir el evangelio con los perdidos.

Y mientras muchos cristianos están obesos de tanta comida espiritual, en muchas partes del mundo muere gente de inanición espiritual. Dice Lucas 10:2: Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies. La cosecha espiritual de almas está lista, pero faltan obreros que la recojan. El Señor invita a orar para que el Padre envíe obreros a recoger la mies; pero hay quienes ni siquiera se detienen a orar por esta causa. Antes bien buscan que oren por sus propias necesidades únicamente.

Como dije anteriormente, en el mundo mueren cada día muchas personas sin haber escuchado nunca hablar de Jesucristo. Romanos 10:14-15 dice: ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?  Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!

Otra vez Dios nos habla con referencia a alcanzar a los perdidos. El verso anterior, es decir Romanos 10:13 dice: porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. Pero si nadie les habla acerca de lo que Jesucristo hizo en la cruz por cada ser humano, esas personas podrían perder su salvación al no tener la oportunidad de escuchar las buenas nuevas del evangelio y tomar la decisión de aceptarle a Él.

Cuando yo le entregué mi vida a Jesucristo pude darme cuenta de que de no haberlo hecho estaba perdido si moría sin tomar esa decisión. Eso despertó en mí un inmenso deseo de compartir con otros las buenas nuevas de salvación. Sé que Dios no me ha salvado para que yo permanezca impasible viendo a la gente morir sin Cristo y yendo directo a pasar la eternidad en el infierno.

La mies es mucha, faltan obreros que prediquen el evangelio de la paz. Si ya conoces al Señor, ¿qué esperas para ser uno de esos obreros? Dios me está llamando y te está llamando a ti que me escuchas o lees este mensaje. Yo decidí responder al llamado, ¿Lo harás tú también? Dios te bendiga.

La Obediencia nos Abre las Puertas del Cielo

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

Mateo 7:21

Si analizamos lo que dice Mateo 7:21, se puede decir que habrá gente quienes invoquen el nombre de Jesús y no tendrán lugar en los cielos. Entonces muchos podrían decir que resultaría imposible para la mayoría alcanzar la salvación. Lo cierto es que el Reino de Dios no se gana con las “buenas obras” que hacemos; ni con ser parte de una iglesia determinada; ni con ser un servidor de Dios, llámese pastor, cura, ministro o clérigo. Lo único que nos abre las puertas del cielo es hacer la voluntad de Dios, es decir, obedecerle a Él.

Muchos líderes religiosos han inventado fórmulas complejas que supuestamente nos llevan al cielo. Muchas de las reglas religiosas no son ideas de Dios sino que se basan en filosofías humanas. Lamentablemente, la gente toma tan en cuenta lo que le enseña su líder religioso que no busca en la Escritura la comprobación de que lo que escucha va conforme a la Palabra de Dios. Y es casi seguro que parte de esa gente mencione el nombre del Señor Jesucristo y pretenda estar siguiéndole a Él. Sin embargo, si su tradición religiosa contradice lo que está escrito en la Biblia, aunque sea en un solo punto, tal religión no se apega a la voluntad de nuestro Padre Celestial. Por lo tanto, quien continúe practicando tales tradiciones está en riesgo de no entrar en el Reino de los cielos. Eso no lo digo yo, es lo que dijo el propio Señor en Mateo 7:21.

La voluntad de Dios es que ningún hombre o mujer se pierda sino que reciba la salvación. Nuestro Señor lo dice en Mateo 18:14: Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños. Por lo tanto, nuestra meta cada día a fin de hacer la voluntad de nuestro Padre es procurar la salvación de cada hombre o mujer que se cruce en nuestro camino. Jesús lo reitera en Juan 6:39: Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

Por lo tanto, si queremos hacer la voluntad de Dios y no la nuestra, debemos alinear nuestros pensamientos hacia alcanzar Sus objetivos antes que los propios. Y está muy claro que la voluntad de Dios expresada en Su Palabra es la salvación de todos. Entonces, procuremos con todas nuestras fuerzas compartir cada día con alguien las buenas nuevas de salvación. Que esa sea una meta diaria para cada uno de los que hemos recibido por gracia la vida eterna.

Dice Romanos 10:14-15: ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! Seamos diligentes en compartir con otros el mensaje salvador de Jesucristo, para que, como dice Juan 3:16, crean en Él, no se pierdan y alcancen vida eterna. Esa es la voluntad de nuestro amado Padre Celestial. Dios te bendiga.

Nacer de Nuevo

Respondió Jesús y le dijo: De cierto,  de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo.

Juan 3:3-7

Las cosas de Dios pueden parecer ilógicas cuando se razonan desde el punto de vista humano. Cuando Jesús le dijo a Nicodemo que era necesario nacer de nuevo para ver el Reino de Dios, inmediatamente Nicodemo se imaginó a un adulto entrando al vientre de su madre para nacer. En verdad, Jesús no se estaba refiriendo a un nacimiento en la carne sino a un nacimiento totalmente distinto proveniente del Espíritu. Ese es el real y verdadero segundo nacimiento, el cual necesitamos a fin de entrar en el Reino de Dios.

¿Por qué es necesario nacer de nuevo en el Espíritu? Cuando nacemos del vientre de nuestra madre somos nacidos en la carne. Sin embargo, tener aliento de vida no quiere decir que todo nuestro ser esté vivo. Hay una parte de nosotros que está muerta aunque disfrutemos de una excelente salud. Esa parte es el espíritu, el cual está muerto por culpa del pecado. En este caso, la muerte espiritual significa estar separado de Dios, cuya santidad es totalmente incompatible con el pecado. Al nacer de nuevo en el Espíritu, entonces nuestro propio espíritu recibe vida, la cual, contrario a la vida carnal que conocemos, no tendrá fin porque es vida eterna.

¿Cómo nacemos de nuevo? Nacer de nuevo implica el restablecimiento de la relación entre Dios y el hombre. Esa relación fue rota por el pecado y como dice Romanos 6:23: Porque la paga del pecado es muerte. Por lo tanto, alguien debió morir para pagar el precio de nuestro pecado. Ese alguien fue nuestro Señor Jesucristo, quien tomó tu lugar y el mío en la cruz del Calvario muriendo en expiación por nuestros pecados. Pero el Señor Jesús no quedó muerto sino que resucitó al tercer día venciendo al pecado y a la muerte. Y gracias a Él, nosotros tenemos la oportunidad de nacer de nuevo del agua y del Espíritu y, con ello, tener acceso a ver el Reino de Dios.

Continúa diciendo Romanos 6:23: mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. El nuevo nacimiento no es algo que podemos comprar ni ganar, es un hermoso regalo que viene de parte de Dios. La vida eterna no se adquiere por derecho propio. Es imposible ser salvo por medio de nuestras propias obras. Tampoco hay una garantía de tener vida eterna por pertenecer a una iglesia particular o por seguir ciertos ritos. Solamente a través de Jesucristo y de nadie más, se adquiere la ciudadanía celestial.

Nacer de nuevo es lo que dice 2 Corintios 5:17: De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Estemos pues en Cristo a fin de que ocurra el nuevo nacimiento que necesitamos para ver el Reino de Dios y disfrutar de vida eterna junto a nuestro Padre Celestial. Dios te bendiga.

Morada en los Cielos

No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.

Juan 14:1-3

Cuando alguien va de viaje a un lugar distinto al suyo, es muy bueno saber que va a encontrar un alojamiento seguro en ese lugar. Cuando nuestro Señor Jesús andaba con Sus discípulos, antes de retornar al lado de Su Padre, les prometió a ellos que iba a preparar un lugar para recibirlos. Esa promesa del Señor no se limita a Sus doce más íntimos, ni a los 70 que envió de dos en dos o a los que estaban en el Aposento Alto el día de Pentecostés, la promesa es extensiva a cada uno de quienes lo han recibido.

A mediados de 2001, por ciertas circunstancias de la vida, tuve que dejarlo todo en Puerto Rico, donde vivía e irme a otro lugar. Uno de mis antiguos profesores de Ingeniería Química me recibió en su casa de San Antonio, Texas. Fue agradable tener un lugar donde me recibieran en este cambio de vida que me vi precisado a dar. No me quedé todo el tiempo es esa casa; pero si me siento agradecido de haber recibido morada lo necesario hasta que me pude valer por mí mismo en mi nuevo lugar de residencia.

Algún día nos tocará a todos abandonar este mundo. ¿A dónde iremos cuando ya nuestro aliento de vida haya desaparecido por completo? La respuesta a esta pregunta podría ser objetiva o subjetiva. La respuesta subjetiva va a depender de nuestro sistema de creencias. Así habrá quien responda que reencarnamos; o que vamos a un lugar de purificación antes del destino final; o que resucitaremos y viviremos en la Tierra; o que simplemente todo se acabó con la muerte porque no existe nada fuera de lo que conocemos.

La respuesta objetiva no depende de filosofías humanas sino de lo que dice Dios sobre el tema. La Biblia es muy clara al respecto y dice que solo hay dos lugares posibles los cuales están descritos fielmente en la historia del rico y Lázaro (Lucas 16:19-31). Uno de esos lugares es de tormento mientras que el otro es de paz y consuelo. Este lugar es la morada del Padre de nuestro Señor Jesucristo, donde Él se nos ha adelantado con el fin de preparar un espacio para todo aquel que ha creído en Él.

La morada celestial debiera ser el objetivo de todos. No creo que alguien tenga deseos de pasar una eternidad en un lugar de tormento. Y definitivamente, no importa si creas o no en que existe algo más allá después de la muerte, la realidad es que sí existe ese algo y solo hay dos destinos disponibles. Y aunque no nos ganamos el hotel del millón de estrellas en los cielos por lo que hacemos, lo cierto es que dependiendo de nuestra decisión en vida tendremos o no un lugar reservado con nuestro nombre.

Creer en Jesucristo, arrepentirnos de nuestros pecados y reconocer Su señorío sobre nuestra vida es la decisión que nos permite disfrutar de vida eterna. No dejemos pasar la oportunidad de asegurar la morada celestial. Hoy es el día perfecto para hacer nuestra reservación allí porque no sabemos si tendremos un mañana. Dios te bendiga.

Ciudadanía Celestial

Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.

Filipenses 3:20-21

A lo largo de la historia siempre ha existido una ciudadanía dominante en el mundo. A medida que una nación ocupe la supremacía mundial, ser ciudadano de esa nación le da cierto lugar de prestigio y le permite moverse con facilidad a través de las fronteras de aquellos países influidos por la potencia o metrópolis. Sin embargo, nunca ha existido una ciudadanía más importante que la celestial y ese debiera ser el máximo anhelo de cada ser humano.

Una tarde de finales de agosto de 1996 recibí mi certificado de naturalización como ciudadano de los Estados Unidos de América. No fui el único pues eran unas 400 personas nacidas en numerosos países del mundo y de diferentes razas e idiomas, unidos bajo la bandera de las barras y las estrellas. Todos nos sentíamos sumamente honrados de pasar a formar parte de la nación más poderosa de la tierra, poder elegir a las autoridades de este país y viajar con su pasaporte.

Pero más importante que convertirme en ciudadano estadounidense, fue haber adquirido casi 6 años más tarde una ciudadanía eterna. A mediados de mayo de 2002 se puede decir que recibí mi “certificado” de ciudadanía celestial. Me podrías preguntar: “Dime, Tony, ¿cómo puedes estar tan seguro de que eres un ciudadano del cielo?” Entiendo tu inquietud, amigo o amiga que me escuchas o lees este mensaje. La respuesta está en la misma Palabra de Dios.

En Lucas 10:20 dice el Señor Jesús: Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos. Si nuestros nombres están escritos en los cielos es porque somos ciudadanos celestiales. De la misma manera que los países de la tierra tienen inscritos a sus ciudadanos en sus registros nacionales, Dios guarda un registro de cada ser humano que ha “jurado bandera” a Su Reino.

Al igual que cuando una persona adquiere una nueva ciudadanía terrenal, para llegar a ser un ciudadano del Reino de Dios, es necesario tomar decisiones importantes. Se entiende que adquirir una nueva ciudadanía nos puede llevar a renunciar a la anterior. De igual manera, si somos ciudadanos de este mundo y queremos ser ciudadanos del cielo, debemos renunciar a las cosas que el mundo representa a fin de poner en su lugar las cosas del cielo.

Por lo tanto, la ciudadanía celestial la adquirimos cuando renunciamos a nuestra vida de pecado y juramos lealtad a Jesucristo, quien murió por nuestras culpas en la cruz del calvario. Esta lealtad significa que ahora Él se convierte en el Señor de nuestras vidas. Si todavía no has tomado esta decisión, te invito a que te pongas a cuenta con Dios, renuncies al pecado, conviértete a Jesucristo y recibe tu nueva ciudadanía. Dios te bendiga.

El Reino de Dios

Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.

Mateo 6:33

Este versículo, en sus 17 palabras, nos revela el corazón de Dios y lo que Él espera que hagamos día a día. ¿Qué significa buscar? Buscar es salir de nuestra zona de comodidad y tomar acción, es salir al encuentro con Dios, es escudriñar Su Palabra para conocer Sus pensamientos y Su voluntad, es participar activamente para encontrar la verdad. Primeramente significa lo que debemos hacer antes que cualquier otra cosa. Esta palabra nos indica dónde empezar, cuál debe ser nuestra prioridad. También nos indica el punto de enfoque desde donde parten las metas, los objetivos y los propósitos.

Muchos hemos escuchado hablar del Reino de Dios, pero ¿acaso sabemos realmente su significado? La Palabra indica que el Reino de Dios es como una semilla sembrada que brota, crece y produce un fruto listo para ser cosechado. Esa semilla puede ser tan pequeña como un grano de mostaza, pero puede crecer lo suficiente como para sobrepasar todo lo demás y cobijarnos en él. El Reino es también justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Sin embargo, como expresa Pablo, el Reino de Dios no es ni comida ni bebida. Por lo tanto, el Reino de Dios puede no ser tangible y visible como un reino terrenal, mas su extensión espiritual es tan inmensa como Dios mismo.

Entrar a formar parte del Reino de Dios nos exige ciertos requisitos. A través de los evangelios, Jesús indica cuán difícil le resulta al rico entrar en el Reino de Dios debido a que pone su confianza más en el dinero que en Dios. Tal como dice el propio Jesús, no podemos servir a dos señores y tenemos que escoger entre servir a Dios o servir a las riquezas. Si para una persona es más importante el dinero que servirle a Dios, obviamente esa persona tendrá dificultad en permitirle a Dios que gobierne su vida. En Lucas 6:20, Jesús expresa claramente que el Reino de Dios es para los pobres. La razón es obvia: los pobres están en total dependencia de Dios, sometidos por completo a Su voluntad porque saben que nada pueden hacer en sus propias fuerzas. Muchos ricos, sin embargo, podrían incluso pensar que no necesitan de Dios porque se sienten lo suficientemente poderosos por sus riquezas.

Otro requisito para entrar al Reino de Dios es estar alejado del pecado. Jesús nos reprende duramente al respecto llegando incluso a ordenar que nos saquemos un ojo si nuestra vista se convierte en un instrumento para pecar. Pablo enumera una lista de practicantes del pecado quienes no podrán heredar el Reino de Dios: injustos, fornicarios, idólatras, adúlteros, afeminados, ladrones, homosexuales, avaros, borrachos, maldicientes y estafadores.

Para estar alejados del pecado, necesitamos nacer de nuevo de agua y del Espíritu. Jesús nos dice que esta condición es necesaria para poder ver el Reino de Dios. Para nacer de nuevo es preciso recibir a Jesucristo en nuestro corazón y luego recibir también al Espíritu Santo. Pero antes de ser recipientes de tal santidad, necesitamos arrepentirnos y renunciar al pecado para siempre, sin mirar jamás hacia nuestro pasado. Dios te bendiga.