Confianza en Dios

Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios; y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de Él, porque guardamos Sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de Él.

1 Juan 3:21-22

En esta vida no existe un ser más confiable que nuestro Padre Celestial. Dios no nos fallará nunca y todas Sus promesas son fieles y verdaderas. Cuando le oramos con fe, Él ha prometido conceder nuestras peticiones. Pero además de la fe, hay otro requisito para alcanzar ver hechas realidad tales peticiones, nuestra obediencia. De la misma manera que un padre o una madre no se sentirán motivados a complacer las peticiones de un hijo desobediente, no pensemos que Dios, nuestro Padre, haría lo contrario.

Estos dos versículos de la primera carta del apóstol Juan tienen mucha tela por donde cortar. Lo primero es meditar en este condicional: si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios. ¿Cómo nos reprendería nuestro corazón? Aquí Juan no se está refiriendo con la palabra corazón al órgano que bombea la sangre sino a nuestra conciencia. En tal sentido, si nuestra conciencia nos reprende es porque nos está haciendo ver que no actuamos en la forma correcta. Tratándose de nuestra relación con Dios, nuestra conciencia nos dice que le estamos fallando.

Fallarle a Dios, entrar en desobediencia contra Él, disminuye nuestra confianza en Él. Y no es porque Dios va a incumplir Sus promesas, sino porque estamos conscientes de que nuestros actos no les son agradables y, por lo tanto, nos pudieran incapacitar de recibir lo que pedimos. ¿Va a cambiar el carácter de Dios por nuestra infidelidad? De ninguna manera, el carácter de Dios es inmutable y Él será siempre fiel. Nuestra actitud no es la de huir de Dios por darnos cuenta de que le fallamos, sino reconciliarnos con Él confesando nuestros pecados.

Dios jamás va a traicionar la confianza que depositamos en Él. Y, como nuestro Padre amoroso, Su deseo no es vernos tristes ni en necesidad, sino suplirnos todo lo que nos haga falta. Pero debemos entender que si no recibimos lo que esperamos, antes de enojarnos con Dios, es mejor que revisemos nuestra conducta frente a Él y comparar sinceramente si estamos como nos dice Juan: porque guardamos Sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de Él. Y de nuevo, si estamos mal, no nos justifiquemos, sino reconozcamos nuestra culpa.

Ahora bien, es posible que nuestra conciencia nos diga que andamos en el camino correcto y aun así no estamos recibiendo lo que le pedimos a Dios en oración. Eso tampoco debe minar nuestra confianza en Él. El predicador inglés Matthew Henry (1662-1714) dijo: “Las aflicciones extraordinarias no son siempre el castigo de los pecados extraordinarios, sino a veces la prueba de gracias extraordinarias. Las aflicciones santificadas son promociones espirituales. El silencio de Dios puede ser motivado porque estamos siendo sometidos a pruebas.

Nuestra confianza en Dios debe permanecer inalterable, de la misma manera que es inalterable Su fidelidad. No importa si se retarda en ser concedida nuestra petición por nuestro pecado o por causa de la prueba. En cada caso, hagamos lo correcto. Si hemos sido desobedientes, es tiempo de humillarnos arrepentidos delante de Dios y pedir perdón por nuestros pecados. Si estamos bajo la prueba, sigamos orando en fe, confiando en Él, alabándole, adorándole y dando gracias en todo tiempo. Él el fiel y bueno todo el tiempo. Jamás fallará a Sus promesas. Dios te bendiga.

Anuncios

La Simiente de Dios

Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.

1 Juan 3:9

Muchos cristianos se sienten orgullosos de ser llamados hijos de Dios. Y he escuchado a algunos manifestar ese orgullo al sentirse príncipes por ser hijos del Rey de reyes. También se sienten con derecho a ser ricos por ser herederos del dueño del oro, la plata y todo lo que existe. Pero Dios también es Santo y Su santidad es incompatible con el pecado. No en vano dice 1 Juan 3:9: Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.

Si la simiente de Dios permanece en nosotros, debemos de demostrarlo con nuestra dedicación a lo que representa a nuestro Padre y no a lo que representa al mundo. Hoy día, muchas iglesias han dejado de tratar el tema del pecado. Algunas veces esa omisión se debe a que la sociedad actual ha redefinido al pecado para excluir ciertas prácticas que han sido legalizadas en casi todo el mundo. Dado que ahora es legal pecar, predicar en contra del pecado es una acción ilegal, lo cual, en ciertos casos incluye la cárcel para el predicador.

¿Existe alguna diferencia con el pasado? Claro que no, los apóstoles y muchos otros siervos a lo largo de la historia han sido encarcelados y hasta ejecutados por predicar contra las prácticas pecaminosas, llamar al arrepentimiento y la conversión a Jesucristo. Nada de eso debe llegar a sorprendernos porque eso es algo que el propio Señor nos había advertido en Mateo 24:9: Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre.

Como cristianos debemos de tener en cuenta de que el pecado que antes nos dominó debe de cederle el paso ahora a la santidad. El gran predicador inglés Charles H. Spurgeon (1834-1892) dijo: El nuevo nacimiento nos ha descalificado para el contentamiento con el mundo.” Tener contentamiento con el mundo es lo mismo que ser partícipes de las cosas que el mundo ama, muchas de las cuales, aunque las leyes humanas las autoricen, Dios continúa llamándole es Su Santa Palabra con el calificativo de pecados.

Lamentablemente, lo que dijo el predicador norteamericano Aiden Wilson Tozer (1897-1963) es una cruda realidad: “Una generación entera de nuevos cristianos se ha levantado creyendo que es posible ‘aceptar’ a Cristo sin dejar el mundo.” Y de nuevo, si no dejan al mundo, es obvio que continuarán practicando las cosas del mundo, y por supuesto, el pecado es una de ellas. La actitud correcta debe ser lo que dice John R. Stott (1921-2011): “El pecado y el hijo de Dios son incompatibles. Ocasionalmente pueden encontrarse; pero no pueden vivir juntos en armonía.”

Es hora de que se levanten predicadores que les recuerden a los cristianos que son la simiente de Dios para vivir en santidad, no para continuar conviviendo con y consintiendo el pecado. Es muy cierto lo que dice el pastor norteamericano Paul D. Washer: “Un verdadero cristiano será sensible al pecado en su vida lo que les llevará a la ruptura y la confesión genuina, pero las personas que dicen que son cristianos y no son sensibles al pecado, esto no les llevará a la confesión, una persona que es de esa manera no es cristiana. Demostremos que somos simiente de Dios permaneciendo en Él y renunciando por completo al pecado. Dios te bendiga.

Buenos Administradores de la Gracia de Dios

Mas el fin de todas las cosas se acerca; sed, pues, sobrios, y velad en oración. Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados. Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones. Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.

1 Pedro 4:7-10

El apóstol Pedro empieza diciendo en 1 Pedro 4:7-10 que el fin de todas las cosas se acerca. Y en verdad que la segunda venida de nuestro Señor y el juicio a las naciones se aproximan cada día más. Pero también los creyentes estaremos ante el tribunal de Cristo donde seremos evaluados como administradores de la gracia de Dios. Debemos tener presente que vamos a rendir cuenta de lo que hicimos con el don recibido, si hemos compartido la gracia, el regalo de salvación con otros y nos hemos mantenido obedientes a Sus palabras.

Lo segundo que nos advierte Pedro es: sed, pues, sobrios, y velad en oración. Actualmente, pasamos mucho más tiempo usando nuestros teléfonos inteligentes que de rodillas ante el Señor. Generalmente solo nos acordamos que Dios existe cuando alguna catástrofe nos toca de cerca. Muchos se preocupan más por estar conectados a las redes sociales o jugar Pokémon Go que estar en sintonía continua con los cielos. Y si se le menciona que el fin está cerca, entonces su mayor preocupación para orar es para que Dios nos otorgue tiempo extra.

Lo siguiente que dice Pedro se está volviendo cada vez menos común: Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados. Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones. Ya lo había dicho el Señor que pasaría en los postreros tiempos. De acuerdo a Mateo 24:12: y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Hoy el amor de muchos se ha enfriado y muy pocos son hospitalarios o intentan ayudar a los hermanos en necesidad. Es más común escuchar de cristianos decir; “Voy a orar por ti.” Teniendo en sus manos la forma de ayudar, se escudan en la hipocresía religiosa.

La parte final de 1 Pedro 4:7-10 nos dice: Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. No todos hemos recibido el mismo don, ni tampoco Dios les ha dado la misma revelación de Su verdad a todos Sus siervos. Pretender que la gracia que Dios haya puesto individualmente en nosotros es lo único importante para Él es, al mismo tiempo, minimizar al tamaño humano a un Dios infinito y elevar a lo sumo nuestro propio valor.

El apóstol Pablo lo dice muy claramente en 1 Corintios 12:4-7: Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Hay diversidad de dones, ministerios y operaciones dentro del cuerpo de Cristo. Todos ellos vienen de Dios y todos ellos son igualmente importantes y han sido dados para provecho de la iglesia.

Somos buenos administradores de la gracia multiforme de Dios cuando usamos nuestros dones para ministrar a nuestros hermanos en la fe. De igual manera, debemos mostrar mansedumbre y humildad, dejándonos ministrar por nuestros consiervos que tienen dones distintos al nuestro. De no hacerlo así, nos perderíamos gran parte de la gracia multiforme. Dios te bendiga.

El Pueblo de Dios

Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a Su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia.

1 Pedro 2:9-10

Quien ha entregado su vida a Jesucristo, aunque el mundo piense lo contrario, se ha convertido en una persona muy importante delante de Dios. Ante el mundo, especialmente en la actualidad, podemos carecer de valor; pero para Dios somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios. Solamente estas cuatro características del creyente son suficientes para no sentirnos menos ante el mundo y poder caminar cumpliendo con nuestro propósito: anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable.

El pueblo de Dios sufre hoy, en casi todas las naciones de la tierra, una persecución velada que se hace ver como si fuera para facilitar el libre pensamiento y la igualdad de derechos. El temor de Dios se ha perdido por completo y hay quienes se atreven a desafiar a Dios mismo y a Su Ley. Es notable ver como se limitan y coartan las expresiones de adoración a nuestro Padre Celestial o mencionar el nombre de Jesús, mientras se toleran y fomentan conductas que son contrarias a lo que dice la Biblia.

Y aunque el mundo vea a los hijos de Dios como ciudadanos de segunda clase, para Él seguimos siendo linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios. Como linaje escogido, es una honrosa distinción saber que Dios ha puesto Sus ojos sobre nosotros entre tantos otros habitantes de esta tierra. Ser un escogido significa haber sobresalido sobre los candidatos probables. Y esa elección no tuvo que ver por nuestros méritos ya que, en eso, somos iguales a los demás, sino que a Dios le plació escogernos, así la gloria es solo Suya.

Y somos escogidos para llevar a cabo un real sacerdocio. Somos sacerdotes del Rey Altísimo y es nuestro deber anunciar las virtudes de nuestro Señor y Rey. Somos llamados a pregonar y propagar las buenas nuevas del evangelio a toda criatura hasta el último confín de la tierra. No importa que coarten nuestra predicación, no tenemos que cambiar el mensaje para complacer al mundo, somos real sacerdocio, sacerdotes de Dios, no del mundo, por lo cual nuestro mensaje debe ajustarse a lo que dice Dios no a lo que quiera escuchar el mundo.

Somos una nación santa y como tal, estamos apartados para Dios. No estamos supuestos a estar contaminados con las cosas del mundo. En el pasado, fuimos parte de las tinieblas; pero ahora hemos sido llevados a la luz. Entonces debemos caminar conforme a lo que dice la Santa Palabra de Dios no conforme a lo que quieran imponer las modas del momento. Somos llamados a darle luz al mundo y no a unirnos a sus tinieblas. Si complacemos al mundo en lugar de Dios, estamos negando nuestra propia esencia como pueblo de Dios.

Finalmente, somos pueblo adquirido por Dios, antes fuimos esclavos del pecado y sujeto al dios de este mundo; pero el Altísimo nos compró por un alto precio y pagó nuestro rescate con la sangre preciosa de Su Hijo. Si nos humillan o nos quieren obligar a aceptar las modas mundanas, pensemos primero en la cruz, en la preciosa vida que costó nuestro rescate y digamos no a las cosas del mundo. Vivamos agradecidos de Su infinita misericordia. Dios te bendiga.

Humillados ante Dios

Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.

Santiago 4:8-10

No cabe duda que Dios está esperando que en este tiempo, nos humillemos delante de Él y reconozcamos nuestros pecados. No podemos negar que el mundo está convulsionado y la desgracia puede tocarnos a cualquiera. Ningún país está exento de que una mente criminal lleve a cabo un acto terrorista que mate decenas de personas y destruya monumentos y lugares simbólicos apreciados por sus ciudadanos. Nuestra respuesta ante Dios por un suceso de esta naturaleza no debe ser una de orgullo y autosuficiencia, sino de humillarnos y buscar Su rostro de todo corazón.

El libro de Jonás nos puede servir de ejemplo para lo que dice Santiago 4:8-10. Dice Jonás 1:1-2: Vino palabra de Jehová a Jonás hijo de Amitai, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella; porque ha subido su maldad delante de mí. La respuesta del profeta, en lugar de cumplir con su misión, fue irse en sentido contrario. Jonás 1:3 dice: Y Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, y halló una nave que partía para Tarsis; y pagando su pasaje, entró en ella para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová.

Jonás no era un incrédulo sino un siervo de Dios actuando con doble ánimo. Como no le satisfizo la encomienda, prefirió ignorarla y huir. Por supuesto, es imposible huir de la presencia de Dios. Así que al barco donde iba Jonás le sorprendió una gran tormenta, él fue arrojado al mar y fue tragado por un enorme pez. Todo eso puede leerse en el resto del capítulo 1 de su libro. Dentro del pez, Jonás recapacitó, reconoció su pecado, y oró una hermosa oración que se encuentra en el capítulo 2 de su libro. Como resultado, el profeta pudo salir ileso de las entrañas del pez.

En el capítulo 3 de Jonás se ve al profeta cumpliendo con la misión encomendada. Jonás 3:1-4 dice: Vino palabra de Jehová por segunda vez a Jonás, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que yo te diré. Y se levantó Jonás, y fue a Nínive conforme a la palabra de Jehová. Y era Nínive ciudad grande en extremo, de tres días de camino. Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y predicaba diciendo: De aquí a cuarenta días Nínive será destruida.

El mensaje de advertencia llegó a los habitantes y al rey de la ciudad, quienes lo tomaron muy en serio. Jonás 3:5-9 dice: Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos. Y llegó la noticia hasta el rey de Nínive, y se levantó de su silla, se despojó de su vestido, y se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza. E hizo proclamar y anunciar en Nínive, por mandato del rey y de sus grandes, diciendo: Hombres y animales, bueyes y ovejas, no gusten cosa alguna; no se les dé alimento, ni beban agua; sino cúbranse de cilicio hombres y animales, y clamen a Dios fuertemente; y conviértase cada uno de su mal camino, de la rapiña que hay en sus manos. ¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos?

Y he aquí la respuesta de Dios en Jonás 3:10: Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo. Dios te bendiga.

 

Dios Da Gracia a los Humildes

Pero Él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.

Santiago 4:6

Estamos viviendo tiempos muy difíciles. Cada día, las noticias no son nada agradables. En muchos lugares del mundo es cada vez más frecuente escuchar de actos terroristas, desastres naturales y conflictos político-sociales. Ante tales noticias mucha gente dice que Dios nos ha abandonado y por eso ocurren tales cosas. Lo cierto es que lo que ocurre en el mundo no es culpa de Dios sino de nosotros mismos. Y nuestra actitud ante estos trágicos eventos debe ser la de humillarnos delante de Dios y pedir perdón por nuestras culpas. Sin duda que Dios va a dar gracia a los humildes.

Hay dos características de la época en la cual vivimos, tanto el pecado como el orgullo se han incrementado en grado sumo. Hoy día, la humanidad considera aceptable conductas que están en franca contradicción con lo que Dios condena en Su Palabra. Incluso hay quienes pretenden que la Biblia sea “actualizada” a los tiempos modernos para que excluya de la lista de pecados todo lo que ahora es legal en el mundo. Y si algún predicador valiente trata de confrontar el pecado, lo consideran un ser anacrónico y desfasado, un legalista que no se ajusta al tiempo actual.

Por otro lado, cuando alguna catástrofe les toca de cerca, hay quienes se acuerdan vagamente de Dios y piden auxilio, oración para que Dios tenga misericordia; pero, en ningún momento se humillan y reconocen que le han fallado a Él. Al contrario, una vez superada la crisis, todo el mundo regresa a su antigua práctica y se olvida de que Dios existe. Y no estoy solamente hablando de impíos que no conocen de Dios, muchos que se autodenominan cristianos actúan de la misma manera.

¿Cuál es la respuesta que Dios espera de nosotros cuando nos confronta con nuestro pecado? La propia Palabra de Dios nos da la clave en 2 Crónica 7:14: Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra. Aunque suene incómodo a muchos, hemos pecado, estamos en falta con Dios y las advertencias que Él nos manda no es para que oremos por misericordia sino por arrepentimiento.

¿Habrá alguien que no necesite agachar su cabeza delante de Dios? ¡Por supuesto que no! Ni siquiera nosotros, los que hemos sido hechos hijos de Dios lo podemos hacer. Al contrario, los propios cristianos debemos ser los primeros que oremos, buscando el rostro de Dios, dejando atrás el mal camino de las falsas doctrinas, rostro en tierra, humillados delante de Él. Y nuestra oración debe continuar intercediendo por el arrepentimiento de quienes no conocen a Dios, a fin de que el Espíritu Santo los convenza de sus propios pecados y se vuelvan a Él.

Llegar ante Dios con una oración llena de orgullo, decretando, declarando y ordenando como si fuéramos los jefes de Dios, no es la actitud correcta para alcanzar el favor de nuestro Padre. Así no es la oración bíblica. Ni Moisés, ni David, ni Pablo, ni siquiera Jesús oraron de esa manera. En Salmo 51:17 dice la Escritura: Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios. Seamos humildes delante de Dios y no solamente alcanzaremos Su favor, Su perdón y Su misericordia, sino que Él pondrá gracia en nosotros ante quienes lo rechazan a fin de que intercedamos para su salvación. Dios te bendiga.

Santificados por Completo

Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará.

1 Tesalonicenses 5:23-24

Cuando vamos a participar de algún evento importante, siempre nos preparamos con esmero. Y más si tenemos una participación activa en el mismo. Procuramos estar limpios, bien bañados, con nuestro cabello bien peinado, usamos un buen perfume, vestimos nuestras mejores galas y calzamos zapatos que brillan de limpieza. Los cristianos seremos partícipes del evento más importante de la historia humana: el regreso triunfal y glorioso de nuestro Señor Jesucristo. Para esta ocasión, debemos lucir más impecables que nunca, estando completamente santificados.

Está claro que para ver al Señor debemos ir a su encuentro vestidos completamente de santidad. Esa pureza total y completa es imposible de lograr en nuestra corrupta humanidad. El esfuerzo propio resulta inútil porque nuestra naturaleza es pecaminosa y el pecado es lo opuesto a la santidad. Y de la misma manera que nuestra salvación la recibimos por gracia y no por nuestras obras, nuestra santificación necesita la intervención divina. 1 Tesalonicenses 5:23-24 lo dice: Y el mismo Dios de paz os santifique por completo.

Dios tiene varios recursos disponibles para llevarnos hasta nuestra completa santificación. En 2 Corintios 7:1 leemos: Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios. Temor de Dios no significa salir atemorizados corriendo de Él, sino tener miedo de estar lejos de Él. El temor de Dios es obedecerle y respetarle, es reconocer su señorío y majestad sobre nuestras vidas. Cuando nos sometemos a Dios, hasta el diablo huye de nosotros.

En el temor de Dios, debemos poner de nuestra parte y eso significa doblegar nuestra voluntad y someternos a la de Él. Entonces, viene la respuesta amorosa de Dios que nos ayuda a alcanzar la santificación. 1 Corintios 6:11 dice: Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios. Nuestros pecados fueron emblanquecidos en la sangre de Jesús y, en Su nombre, somos justificados y santificados por el Espíritu de Dios.

El mismo Espíritu Santo que nos da convicción de pecados para que nos arrepintamos y estemos listos para recibir la gracia, actúa en el proceso de nuestra santificación. En 2 Tesalonicenses 2:13 leemos: Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad. Nuestra parte en este proceso es aportar la fe, es creerle a Dios que podremos superar los obstáculos y alcanzar la meta.

Vemos que la santificación debe ser de todo nuestro ser: y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. No es pensar que solo debemos de tener limpio nuestro espíritu porque Dios es Espíritu. Nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo y lo santo no habita en lugar inmundo ni mugriento. Nuestra alma, la cual incluye nuestras emociones y nuestra voluntad, también debe de ser descontaminada por completo para recibir a nuestro Señor y Rey Jesucristo en Su gloriosa venida. Dios te bendiga.