Hijos de Luz

Mas vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón. Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas.

1 Tesalonicenses 5:4-5

Lo que está escrito en 1 Tesalonicenses 5:4-5 es algo que debe tener presente todo cristiano. En su contexto, este pasaje bíblico es parte de lo que Pablo explica a la iglesia en Tesalónica con respecto a la segunda venida del Señor. Pero eso nos aplica a todos los que creemos en Cristo. Somos hijos de luz, no hijos de las tinieblas y debemos de caminar por este mundo conforme a lo que somos. Además, es sumamente importante estar preparados para cuando llegue nuestro Señor. Estamos en el mundo, pero no podemos vivir como el mundo quiera.

No estamos en tinieblas porque hemos creído en Jesucristo y lo tenemos a Él, la luz del mundo. Juan 8:12 dice: Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Y lo confirma en Juan 12:46: Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas. Teniendo ya a Cristo, creyendo en Él, siguiéndole a Él, hemos dejado atrás el pecado, hemos sido liberados del reino de las tinieblas y ahora somos parte del Reino de la luz.

Habiendo aceptado a Jesucristo en nuestro corazón, también hemos salido de las tinieblas porque nuestros ojos han sido abiertos y ahora tenemos el conocimiento de la verdad que nos ha hecho libres. En 2 Corintios 4:6 leemos: Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Ahora sabemos de dónde nos ha sacado Dios y a donde nos ha llevado.

En cuando a que la venida del Señor no nos sorprenda, 1 Tesalonicenses 5:4-5 se confirma por  lo que dice Romanos 13:12: La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. Ese día está cada vez más cercano, los hijos de luz debemos de andar en luz y estar preparados, desechando ese mundo de tinieblas en el cual vivimos antes y ahora solamente enfocarnos en satisfacer la voluntad de quien nos salvó del castigo eterno.

Por lo tanto, hagamos lo que dice Efesios 5:8-13, el cual se explica solo: Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad), comprobando lo que es agradable al Señor. Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto. Mas todas las cosas, cuando son puestas en evidencia por la luz, son hechas manifiestas; porque la luz es lo que manifiesta todo.

Actuemos como lo que somos, como hijos de luz. No tenemos por qué seguir la corriente de un mundo perdido y esclavizado por la tiranía del maligno. Levantemos nuestras cabezas y usemos las armas de la luz, la espada de dos filos que es la Palabra de Dios. Recordemos siempre quienes somos, como dice 1 Pedro 2:9: Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable. No tengamos miedo alguno al rechazo por traer la palabra de luz y llamarle a las cosas como dice la Biblia. Tenemos el respaldo de nuestro Padre. Dios te bendiga.

Anuncios

Regocijo en el Señor

Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!

Filipenses 4:4

El apóstol Pablo repite dos veces con entusiasmo que debemos regocijarnos en el Señor. Quien no haya experimentado el amor de Dios, probablemente no le vea sentido a esto de regocijarnos en el Señor. Sin embargo, los que sabemos de dónde nos sacó Dios y a dónde nos ha puesto, vivimos gozosos y agradecidos con Él. Cuando recordamos cual hubiera sido nuestro destino eterno de no haber sido por Su gracia, nuestro corazón se llena de gozo y nuestros labios de alabanza.

La Biblia narra muchos eventos en los cuales sus protagonistas se regocijaron en el Señor. Un ejemplo es el de Josafat y el pueblo de Judá después que Dios les concedió la victoria milagrosa sobre tres enemigos más fuertes que ellos. En 2 Crónica 20:27 leemos: Y todo Judá y los de Jerusalén, y Josafat a la cabeza de ellos, volvieron para regresar a Jerusalén  gozosos, porque Jehová les había dado gozo librándolos de sus enemigos. Y en Hechos 13:52 vemos el gozo de los discípulos: Y los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo.

Pero el regocijo en el Señor no debe ser solo cuando las cosas nos salen bien. Pablo pasó muchas tribulaciones y se gozaba en Dios en medio de ellas. 2 Corintios 12:10 dice: Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte. Y Santiago 1:2-3 nos insta a gozarnos en las pruebas: Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia.

¿Por qué debemos regocijarnos en el Señor cuando las cosas no andan bien? La mejor respuesta a esta pregunta la da la Biblia en Nehemías 8:10: Luego les dijo: Id, comed grosuras, y bebed vino dulce, y enviad porciones a los que no tienen nada preparado; porque día santo es a nuestro Señor; no os entristezcáis, porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza. En nuestros peores momentos, regocijarnos en el Señor, gozarnos en Él nos fortalecerá. El gozo del Señor nos dará energía, nuevas fuerzas para resistir y salir victoriosos de las pruebas.

¿Cómo podemos encontrar gozo en medio de las tribulaciones? Si queremos obtener el gozo del Señor, el mejor lugar para buscarlo es en Su presencia. Salmo 16:11 dice: Me mostrarás la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; delicias a tu diestra para siempre. Cuando vienen los problemas, en lugar de andarnos quejando y huyendo de Dios o echándole la culpa de nuestra mala suerte, la mejor solución en entrar a Su presencia, buscar Su rostro, no Sus manos, deleitarnos en Él y a así alcanzaremos gozo y paz que sobrepasa todo entendimiento.

La mejor manera de demostrar que somos ciudadanos del Reino de Dios es regocijándonos en el Señor. El apóstol Pablo dice en Romanos 14:17: porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Nos gozamos en el Espíritu Santo porque el gozo es parte del fruto del Espíritu, como dice Gálatas 5:22-23: Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley. Pasar y soportar los tiempos malos no es fácil. Cualquiera pensaría mejor en llorar que en regocijarse; pero gozarnos en el Señor nos lleva a vivir en el Espíritu. Donde está el Espíritu del Señor hay libertad, entonces las cadenas se rompen en Su presencia. Dios te bendiga.

El Supremo Llamamiento de Dios

Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Filipenses 3:13-14

El primer llamamiento que Dios le hace a cada ser humano es el llamado a la salvación. Dios no creó al ser humano para que estuviera separado de Él sino para tener  íntima comunión entre el Creador y Su creación. Lamentablemente, el pecado formó una barrera, un abismo entre Dios y nosotros. Cuando aceptamos el llamado del evangelio de arrepentirnos y convertirnos a Jesucristo, hemos dado el primer paso. Ahora viene el segundo llamamiento, lo que Pablo llama el supremo llamamiento, el cual es el llamado a la santificación.

La santificación no es ni instantánea ni automática sino un proceso que no terminará hasta que estemos frente a nuestro Señor y Rey Jesucristo. Pablo lo reconoce en sí mismo cuando dijo: yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado. Si el propio Pablo no había alcanzado ese supremo llamamiento, ninguno de nosotros tampoco lo hemos alcanzado. Pero hay que tener esa misma actitud del apóstol: pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta. Sigamos, pues, hacia la meta.

El llamado a ser santo lo vemos en 1 Pedro 1:13-16: Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado; como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. La gracia no es licencia para pecar sino el motivo de procurar la santificación.

Una vez somos salvos por gracia, el fruto que Dios espera de nosotros es la santificación. De eso da testimonio la Palabra en Romanos 6:22: Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna. Ese es nuestro supremo llamamiento, salvados por la sangre del Cordero, nuestra meta es ser santos. Cierto es que no lo logramos por nosotros mismos, pero 2 Corintios 7:1 dice cómo podemos hacerlo: Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios.

Si queremos hacer la voluntad de Dios, procurar nuestra santificación debe ser una prioridad. En 1 Tesalonicenses 4:3 dice: pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación. Y más adelante en 1 Tesalonicenses 4:7 dice: Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación. Esta es una confirmación del supremo llamamiento que Dios nos ha hecho, somos llamados a santificación, a santidad, a ser santos y dejar atrás la inmundicia en la cual vivimos antes.

Como salvados por Cristo Jesús, hemos nacido de nuevo. Por eso, debemos actuar como la nueva criatura que somos. Efesios 4:22-24 dice: En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Seamos como Pablo y ganemos el premio del supremo llamamiento. Dios te bendiga.

Dios Pone el Querer como el Hacer

Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

Filipenses 2:13

La naturaleza humana, por causa del pecado, no permite que nuestras obras sean buenas. Desde nuestra infancia tendemos a ser egoístas y manipuladores. Nadie nos enseña a ser así, es algo que viene en nuestros genes. Si algo bueno queremos y lo hacemos, no viene de forma automática de nosotros mismos, sino que es como dice Filipenses 2:13: Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad. Es, pues, Dios el autor de todo lo bueno que lleva a cabo el ser humano.

Hay tanta gente en el mundo que pasa por la vida creyéndose buenas personas. Se engañan a sí mismos al compararse con los peores criminales de la historia para presentarse como palomas mansas. Sin embargo, la comparación para saber si somos buenos o no es no usar al malo como la referencia, sino usar al bueno. ¿Quién es bueno? En Marcos 10:18, el Señor Jesús nos da la respuesta: Jesús le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios. Por tanto, Dios mismo es el estándar de bondad.

Si solo hay uno bueno y es Dios, entonces todos los seres humanos, sin excepción no somos buenos. Pablo lo describe muy bien en Romanos 7:14-23: Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.

De Romanos 7:14-23 podemos extraer los impedimentos que tenemos para querer y hacer el bien: somos carnales, estamos vendidos al pecado, no entendemos lo que hacemos, no hacemos lo que queremos, hacemos lo que aborrecemos, quien hace las cosas es el pecado que mora en nosotros, en nuestra carne no mora el bien, hacer el bien no está en nosotros y la ley del pecado está en nuestros miembros. En tal sentido, al estar dominado por el pecado según nuestra propia naturaleza, solo la intervención de Dios nos conduce a querer y hacer el bien.

Incluso somos incapaces por nosotros mismos de darnos cuenta de que estamos equivocados y estamos obrando mal. Otra vez, es la intervención de Dios la que nos convence de nuestro error. Juan 16:7-8 dice: Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.

Solo el Espíritu de Dios pone en nosotros la convicción de que somos pecadores. Una vez que en nuestro interior nos convencimos de nuestra inmundicia, el Espíritu Santo pone en nosotros el querer arrepentirnos de nuestros pecados y hacer el paso de fe de buscar la justicia de Dios al convertirnos a Jesucristo, aceptando la gracia y haciéndolo nuestro Señor. Dios te bendiga.

Reconciliación por Medio de la Cruz

Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en Su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en Sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; porque por medio de Él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.

Efesios 2:13-18

La cruz del Calvario tiene un significado mucho más amplio, en términos de reconciliación, que lo que generalmente pensamos. Los cristianos entienden que, gracias a la cruz, hubo un puente que reconcilió a la humanidad con Dios; pero eso no se queda ahí. Antes de la cruz, solo el pueblo de Israel conocía al Dios verdadero. Los pueblos gentiles eran paganos y desconocían al Dios de Israel. La cruz hizo lo que no podía hacer la Ley; quitar el pecado mediante el Cordero de Dios y tanto para ellos, como para los que no vivían bajo la Ley, les dio la gracia.

Aunque muchos han usado por siglos la cruz como una frontera entre el pueblo de Israel y los pueblos gentiles que han aceptado a Cristo, ciertamente que ese no es el propósito de Dios. De un lado y del otro ha existido enemistad, todo lo contrario del plan de Dios de establecer una reconciliación entre judíos y gentiles por medio de la cruz del Calvario. En su conversación con la mujer samaritana, Jesús le dijo lo que está escrito en Juan 4:22: Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.

Los samaritanos eran considerados por los judíos como un pueblo separado de ellos a pesar de que vivían en la misma tierra. Por el contacto entre judíos y samaritanos, los últimos tenían cierto conocimiento del Dios de Israel y le adoraban; pero, como dijo Jesús, ellos adoraban lo que no sabían, mientras que los judíos si conocían al Dios que adoraban. Juan 1:17 explica por qué los judíos conocían de primera mano al Dios que adoraban: Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

Moisés, quien guio al pueblo de Israel desde Egipto en su caminar hacia la tierra prometida, recibió del mismo Dios las tablas de la Ley. De esta manera, el pueblo escogido por Dios tuvo el conocimiento de las reglas que rigen su relación con Dios. Pero el plan de Dios era mucho mayor que solamente entregarle Su Ley al pueble de Israel. Dios mismo quiso manifestarse entre Su pueblo mediante Su Hijo. En Juan 1:11 leemos lo siguiente: A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.

El rechazo mayoritario del Hijo de Dios por parte del pueblo de Israel abrió las puertas para que los gentiles conocieran al Dios verdadero. Y como muy bien dice Jesús en Juan 4:22: la salvación viene de los judíos. El verdadero Dios, el que adoramos los cristianos, el Dios de nuestra salvación, es el Dios de Israel, el Dios de Isaac, el Dios de Abraham, el Dios de los judíos. Y el mismo Jesucristo, el Hijo de Dios, fue un judío en la carne y fue quien en la cruz reconcilió a los pueblos gentiles con el pueblo escogido de Dios, ya que Él murió para la redención de todos, judíos y gentiles. Es el mismo Dios para judíos y cristianos. Dios te bendiga.

Todo Es para Alabanza de Su Gloria

En Él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de Su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de Su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo. En Él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en Él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de Su gloria.

Efesios 1:11-14

Cuando nos damos cuenta de que Dios nos concede mucho más que lo que merecemos, la alabanza a Él se convierte en algo natural. Aunque nos creamos buenos, ciertamente no lo somos. Nuestro pecado nos hace unos fuera de ley frente a Dios y eso nos hace culpables frente a un juicio divino. Solo la gracia de Dios nos condona la deuda y, si algo bueno sale de nosotros es para Su gloria. Por lo tanto, debemos agradecerle cada día la gracia, ese favor inmerecido de salvarnos y alabar Su gloria derramada en nosotros.

He escuchado mucho a la gente decir que merecen mejor suerte cuando las cosas no le salen de la forma que quisieran. Algunos incluso culpan a Dios de sus situaciones adversas. En verdad, Dios no es responsable de nuestros problemas ni que el mundo ande patas arribas. La causa de los males individuales y colectivos es el pecado y de eso, nadie puede declararse inocente. Y con respecto al pecado, Romanos 6:23 dice: Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

Entonces, si algo merecemos por naturaleza, es pagar por nuestros pecados, y la justa condena por el pecado es la muerte. Si no llegamos a morir por nuestros pecados es porque Dios nos regaló el perdón, ha sido Su gracia, ha sido Su gloria que levantó de los muertos a Jesucristo dándonos la misma esperanza de resurrección. Por lo tanto, no nos merecemos nada, no somos dignos de ser exaltado sino de sufrir la humillación mayor; pero Dios ha sido misericordioso con nosotros, así que solo Él merece ser alabado, solo Él merece la gloria y el honor.

No nos quejemos de nuestra suerte sintiendo que somos tratados injustamente. Si la justicia de Dios nos fuera aplicada como debiera ser, sin duda que nadie se salvaría de la condena eterna. Lo mejor que podemos hacer cada día es levantarnos alabando a nuestro Dios y Padre de la gloria, quien nos ha hecho partícipes de pertenecer a Su familia mediante nuestra redención por la sangre de Su Amado Hijo Jesucristo. Que nuestra salvación sea para alabanza de Su gloria en cada día de los que nos resta por vivir y luego en la eternidad junto a Él.

No importa si nuestro caminar por este mundo sea un constante sufrimiento. Recordemos a Pablo quien, a pesar de consagrarse al servicio a Dios, sufrió persecución, azotes, encarcelamiento y muchas otras tribulaciones hasta terminar siendo ejecutado por el nombre de Jesús. A pesar de todos sus padecimientos, Pablo fue capaz de levantar su alabanza al Dios Todopoderoso en medio de su prisión y, no solo sus cadenas fueron rotas, sino que su liberación sirvió para que su carcelero obtuviera salvación y vida eterna.

Que las circunstancias no dirijan nuestro rumbo. Caminemos dando honra y honor a quien nos ha salvado del castigo eterno. Llenemos nuestros labios de alabanzas a Él, en lugar de llenarlos de quejas. Que todo lo que hagamos sea para alabanza de Su gloria. Dios te bendiga.

 

Una Nueva Creación

Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación.

Gálatas 6:15

Jesucristo tiene el poder de transformarnos cuando le entregamos nuestro corazón. No importa lo que hayamos sido antes de rendirnos al Señor, a partir de ese momento en adelante, pasamos a ser una nueva creación. Ya la circuncisión, es decir, la dependencia de la ley o la incircuncisión, la dependencia de las costumbres mundanas, dejan de ser importantes porque hemos pasado a ser nuevas criaturas, hemos nacido de nuevo.

Es interesante la conversación entre Jesús y Nicodemo que se encuentra en Juan 3:1-7: Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo.

Es imposible aplicar la lógica humana a las cosas de Dios. Si bien es cierto que nuestro Señor utilizó comparaciones terrenales conocidas para explicar en forma sencilla el Reino de Dios, eso no quiere decir que con nuestro propio razonamiento encontraremos el entendimiento correcto de las cosas divinas. Recordemos lo que dice Isaías 55:8-9: Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.

Nacer de nuevo para ver el Reino de Dios no quiere decir que entraremos de nuevo al vientre de nuestra madre. El nuevo nacimiento es un paso de fe, es una renuncia a nuestro pecaminoso pasado para darle paso a la dirección del Espíritu de Dios sobre nuestras vidas. Eso solo se consigue cuando le rendimos nuestra vida a Jesucristo. Dice 2 Corintios 5:17: De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.

Quien anda en Cristo ha dejado atrás todas las cosas viejas, su pasado ha quedado atrás y ya Dios olvidó los pecados de esa persona y los echó a las profundidades del mar. Para Dios no existe una diferencia entre pecado grande o pequeño porque toda infracción a Su Ley es igual de grave. Un sicario, un violador, un terrorista o un brujo que se hayan arrepentido y confesados delante de Dios sus pecados no son menos dignos de perdón que alguien que solo decía mentiras piadosas.

Todo pecador arrepentido ha lavado sus transgresiones con la sangre preciosa del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Ya no es ese hombre o esa mujer que vivía de espaldas a Dios, ahora es una nueva creación. Sus obras le condenaban; pero el sacrificio de Jesús en la cruz le dio la oportunidad, por la fe, de nacer de nuevo del agua y del Espíritu. Dios te bendiga.