Escogidos para Salvación

Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

2 Tesalonicenses 2:13-14

Cuando estamos conscientes de lo que el Señor Jesucristo hizo por nosotros, de que el Padre Celestial se haya fijado en nosotros y que Su Santo Espíritu continúe cada día obrando en nuestra santificación, la palabra gracias debiera permanecer perennemente en nuestros labios. En 2 Tesalonicenses 2:13-14 dice que hemos sido escogidos para salvación; pero esta elección nuestra no fue una decisión que Dios tomara a última hora, sino desde el principio. ¡Qué honor más grande!

Para darnos cuenta de la magnitud de ser contados entre los escogidos por Dios, veamos lo que dice Mateo 22:14: Porque muchos son llamados, y pocos escogidos. No cabe duda de que estar entre los pocos escogidos es un gran privilegio, el cual se magnifica conociendo que quien hizo la elección es el Creador mismo de todo lo que existe, el dueño supremo del Universo y de toda criatura que lo habita. Estar en esa lista exclusiva de escogidos no tiene precio. Los escogidos han sido los que respondieron positivamente el llamado a la salvación del evangelio.

Mientras estemos en el mundo, ser escogidos de Dios no nos libra de problemas. Los escogidos podrían ser engañados, como dice Mateo 24:24: Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos. Estamos expuestos al engaño en el mundo, e incluso, dentro del seno de las congregaciones cristianas. Además del engaño, los escogidos están expuestos a ser tratados de forma injusta y ser acusados falsamente.

Por supuesto que quien nos escogió no se quedará de brazos cruzados ante la injusticia y las acusaciones. Lucas 18:7 dice: ¿Y acaso Dios no hará justicia a Sus escogidos, que claman a Él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Mientras que Romanos 8:33 dice: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. El ladrón que vino a matar, robar y destruir, el padre de la mentira, el acusador, no tiene jurisdicción sobre los escogidos, sus acusaciones no pueden tocarnos, al igual que seremos defendidos por Dios de las injusticias del mundo.

Antes de la venida gloriosa de nuestro Señor ocurrirán eventos muy graves donde todos los habitantes de la tierra serán probados. La Biblia no dice que los escogidos serán llevados a un lugar especial para protegerlos de las grandes pruebas que se avecinan; pero sí afirma que Dios ha tomado en cuenta a los escogidos y les dará una salida y los guardará de la prueba. En Mateo 24:22 leemos: Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados.

Y, aunque los escogidos permanezcan en el mundo hasta el regreso triunfal de nuestro Señor, la mejor noticia es ese glorioso encuentro con Él. Mateo 24:31 lo describe de esta manera: Y enviará Sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a Sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro. En ese día glorioso, participaremos de la honrosa gloria de haber sido escogidos por Dios desde el principio para salvación. Dios te bendiga.

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La Gracia Nos Fue Dada

Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: Subiendo a lo alto,  llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres.

Efesios 4:7-8

La palabra gracia significa favor inmerecido. Cuando Efesios 4:7-8 dice que la gracia nos fue dada, significa que hemos recibido un favor inmerecido de parte de Dios. Nuestros méritos no son suficientes para salir de la cautividad del pecado y alcanzar la salvación. Así que Dios nos ofrece un regalo, un don, a través de Cristo. Los regalos son recibidos gratuitamente y no dependen de lo que hacemos sino de la voluntad de quien lo ha dado. Así, la gracia que nos fue dada, sale de la voluntad de Dios.

¿De dónde o de quién procede la gracia que nos fue dada? La respuesta a esta pregunta se haya en Juan 1:14-17: Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

Contrario a lo que dicen las tradiciones religiosas, la única persona que la Biblia menciona que está llena de gracia es Jesucristo, el Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros, ese mismo Verbo que era en el principio con Dios y era Dios, de nadie más puede decirse que está lleno de gracia, solo de Él. Por lo tanto, tomamos la gracia de quien está lleno de gracia, de Jesucristo y la gracia que nos ha sido dada solo proviene de Él.

¿Qué hace la gracia por nosotros? Hechos 15:11 dice: Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos. Y para reafirmar que la gracia nos salva, Efesios 2:8-9 dice: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. La gracia abundante del Señor Jesucristo es lo que nos da la salvación. Nuestras obras son inútiles para alcanzarla.

Nuestra salvación tiene un sentido muy amplio. Romanos 3:24 dice: siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús. La gracia que viene de nuestro Señor nos salva por medio de nuestra justificación. Ser justificados significa haber sido hecho justos y ser redimidos significa que el Señor pagó el precio para que resultásemos absueltos en el juicio de Dios. Por nuestros pecados, el veredicto del juicio es de culpabilidad; pero la gracia viene a nosotros y Jesucristo pagó con su sangre por nuestras culpas.

Haber recibido la gracia es un buen motivo para vivir agradecidos con quien nos ha hecho este favor inmerecido. Y si hemos sido salvos por gracia, no es para mantener la gracia atesorada en nosotros de forma egoísta sino para compartirla con los demás. Mateo 10:8 dice: Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia. Compartamos las buenas nuevas de salvación y la llenura del Espíritu con otros.

Para recibir la gracia debemos dejar atrás nuestro pasado; pero sobre todo, dejar nuestro orgullo. Santiago 4:6 dice: Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Humillados delante de Él, tomemos la gracia. Dios te bendiga.

Reconciliación por Medio de la Cruz

Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en Su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en Sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; porque por medio de Él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.

Efesios 2:13-18

La cruz del Calvario tiene un significado mucho más amplio, en términos de reconciliación, que lo que generalmente pensamos. Los cristianos entienden que, gracias a la cruz, hubo un puente que reconcilió a la humanidad con Dios; pero eso no se queda ahí. Antes de la cruz, solo el pueblo de Israel conocía al Dios verdadero. Los pueblos gentiles eran paganos y desconocían al Dios de Israel. La cruz hizo lo que no podía hacer la Ley; quitar el pecado mediante el Cordero de Dios y tanto para ellos, como para los que no vivían bajo la Ley, les dio la gracia.

Aunque muchos han usado por siglos la cruz como una frontera entre el pueblo de Israel y los pueblos gentiles que han aceptado a Cristo, ciertamente que ese no es el propósito de Dios. De un lado y del otro ha existido enemistad, todo lo contrario del plan de Dios de establecer una reconciliación entre judíos y gentiles por medio de la cruz del Calvario. En su conversación con la mujer samaritana, Jesús le dijo lo que está escrito en Juan 4:22: Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.

Los samaritanos eran considerados por los judíos como un pueblo separado de ellos a pesar de que vivían en la misma tierra. Por el contacto entre judíos y samaritanos, los últimos tenían cierto conocimiento del Dios de Israel y le adoraban; pero, como dijo Jesús, ellos adoraban lo que no sabían, mientras que los judíos si conocían al Dios que adoraban. Juan 1:17 explica por qué los judíos conocían de primera mano al Dios que adoraban: Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

Moisés, quien guio al pueblo de Israel desde Egipto en su caminar hacia la tierra prometida, recibió del mismo Dios las tablas de la Ley. De esta manera, el pueblo escogido por Dios tuvo el conocimiento de las reglas que rigen su relación con Dios. Pero el plan de Dios era mucho mayor que solamente entregarle Su Ley al pueble de Israel. Dios mismo quiso manifestarse entre Su pueblo mediante Su Hijo. En Juan 1:11 leemos lo siguiente: A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.

El rechazo mayoritario del Hijo de Dios por parte del pueblo de Israel abrió las puertas para que los gentiles conocieran al Dios verdadero. Y como muy bien dice Jesús en Juan 4:22: la salvación viene de los judíos. El verdadero Dios, el que adoramos los cristianos, el Dios de nuestra salvación, es el Dios de Israel, el Dios de Isaac, el Dios de Abraham, el Dios de los judíos. Y el mismo Jesucristo, el Hijo de Dios, fue un judío en la carne y fue quien en la cruz reconcilió a los pueblos gentiles con el pueblo escogido de Dios, ya que Él murió para la redención de todos, judíos y gentiles. Es el mismo Dios para judíos y cristianos. Dios te bendiga.

Dos Clases de Olores

Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento. Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos ciertamente olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida. Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?

2 Corintios 2:14-16

El olfato es uno de nuestros cinco sentidos y con él podemos distinguir una amplia gama de olores. Unos olores son agradables y otros no lo son. En el mundo espiritual estamos mucho más familiarizados con otros dos sentidos: la vista y el oído. Así hemos escuchado hablar de nuestros ojos espirituales o nuestros oídos espirituales. En 2 Corintios 2:14-16 se está hablando de lo que podríamos llamar la nariz espiritual de Dios, la cual es capaz de distinguir a los que se salvan de los que se pierden.

Aunque en el mundo existen miles de olores distintos, los científicos han determinado que el olfato humano es capaz de distinguir diez tipos diferentes de olores. Los diez tipos de olores son: fragante o floral; leñoso o resinoso, propio de madera o resina; frutal, exceptuando las frutas cítricas; químico; mentolado o refrescante, como menta/pimienta; dulce; quemado o ahumado, como las palomitas de maíz; cítrico o limón; podrido o putrefacto y acre o rancio. De estos olores, los ocho primeros van desde agradables a neutrales, los dos últimos son desagradables.

La nariz espiritual de Dios distingue un olor grato de aquel que no lo es. Los sacrificios que eran agradables a Dios en el Antiguo Testamento, Él los percibía igual que un olor grato. Un ejemplo es Génesis 8:20-21: Y edificó Noé un altar a Jehová, y tomó de todo animal limpio y de toda ave limpia, y ofreció holocausto en el altar. Y percibió Jehová olor grato; y dijo Jehová en su corazón: No volveré más a maldecir la tierra por causa del hombre; porque el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud; ni volveré más a destruir todo ser viviente, como he hecho.

Tal como este sacrificio de Noé después del diluvio fue percibido por Dios como olor fragante, así eran los sacrificios que Él mandaba a Su pueblo cuando ofrecían animales en expiación por los pecados de Israel. Pero cuando el sacrificio no agradaba a Dios, para Él el olor no era grato. Vemos lo que dice Levítico 26:31: Haré desiertas vuestras ciudades, y asolaré vuestros santuarios, y no oleré la fragancia de vuestro suave perfume. Apartarnos del camino de Dios es equivalente a convertir un olor floral en putrefacto.

De todos los sacrificios, el mejor olor para la nariz espiritual de Dios fue en sacrificio de Jesús en la cruz del Calvario. Efesios 5:2 dice: Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. Cuando decidimos creer en Jesús y entregar nuestra vida a Él, quedamos impregnados del olor fragante que percibe Dios porque ahora olemos a Cristo, olemos a vida eterna, olemos a salvación, poseemos olor al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Pero cuando decidimos buscar nuestra salvación según nuestro propio criterio y rechazamos al Hijo de Dios, la nariz espiritual de Dios percibe en nosotros un olor putrefacto, un olor a muerte, olor podrido, acre y rancio. Es el olor de la perdición perpetua, es el olor a azufre del lago de fuego. Hagamos que el olfato divino perciba en nosotros el mejor olor. Dios te bendiga.

Quien Rechaza el Evangelio

Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad.

Mateo 10:14-15

Los siervos de Jesucristo han sido comisionados para predicar el evangelio a toda criatura en cada nación de la tierra. Nuestra comisión no implica tratar de convencer a la gente acerca de Jesucristo, sino solo entregar el mensaje. Unos atenderán al llamado; pero otros lo rechazarán. En Mateo 10:14-15, el Señor no nos dice que permanezcamos argumentando con las personas que rechacen el evangelio, sino que salgamos de aquella casa o ciudad. Ya el propio Dios se encargará de pasarle la factura a quienes lo rechacen.

Recuerdo una frase que solía decir mi madre: “Estas son lentejas, o las comes o las dejas.” Lo que ella quería decir con esa frase es que no iba a obligarme a tomar lo que me ofrecía, sino que yo tendría la opción de decidir. De la misma manera, el evangelio se presenta a las personas y ellas deciden aceptarlo o rechazarlo sin mayor argumento. En verdad, la oferta del evangelio es como una oportunidad única que si la rechazamos, bien nos pudiera decir el Señor: “Tú te la pierdes.” Y es que Él no tiene por qué mendigarnos que aceptemos la gracia.

Sé que cuando hemos conocido a Jesús y nos hemos dado cuenta de que hay salvación solo en Él, nuestro deseo porque los demás también se salven es muy grande. Anhelamos que todo aquel a quien le prediquemos el evangelio nos diga inmediatamente: “Sí, acepto a Jesucristo;” pero eso no va a ocurrir, ya que muchos lo rechazarán independientemente de lo bien que le mostremos las buenas nuevas de salvación. Cuando estamos en el primer amor con Jesucristo, tendemos a sentir mucho dolor cuando alguien a quien le presentamos el evangelio lo rechaza.

Y sabiendo que quien rechace a Jesucristo no tiene salvación, nos sentimos horrorizados si es un ser querido quien no lo acepta. Pero es necesario que tengamos algo muy claro, todos los seres humanos hemos ofendido a Dios pecando. Romanos 3:23 lo dice muy claro: por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios. Somos nosotros quienes estamos en falta con Dios, no Él con nosotros. Por Su infinita misericordia, Dios envió a Su Hijo a morir en nuestro lugar y, si nos arrepentimos y aceptamos la gracia, seremos salvos.

Si nuestro orgullo y autosuficiencia no nos permiten ver nuestra depravada condición, Dios no está obligado a rogarnos que aceptemos Su perdón. Romanos 6:23 da las dos opciones: Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. Al presentarle el evangelio a alguien le damos la opción a la persona de aceptar el regalo de salvación por parte de Dios o, en caso de rechazarlo, la persona asume la responsabilidad de pagar el precio por sus pecados.

La sangre derramada por Jesús en el Calvario es demasiado valiosa para que sea pisoteada por quien no quiere arrepentirse de sus pecados. Así que si el mensaje que le presentamos a alguien es rechazado, hagamos como nos dice el Señor: salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. Si quien rechaza las lentejas se quedará con hambre, quien rechaza el evangelio, se queda sin salvación: De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad. Dios te bendiga.

Lo que Hizo Cristo por Nosotros

Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención.

1 Corintios 1:30

El título del mensaje de hoy puede llevar a muchas personas a pensar que Jesús murió por nosotros en la cruz. Y eso es cierto, Él hizo eso por nosotros; pero hay que entender el verdadero significado del sacrificio de Jesús. En 1 Corintios 1:30, el apóstol Pablo nos dice que Cristo fue hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención. Por tanto, Su muerte en la cruz tuvo propósitos específicos que tienen que ver con cada ser humano que lo recibe y pone su fe en Él.

Justificación es la acción de hacer a alguien justo ante Dios. La justificación sucede cuando Dios declara que quien ponga su fe en Cristo es justo. 2 Corintios 5:21 dice: Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. Es decir, Jesús se convirtió en nuestro sustituto en la cruz para que nosotros pudiéramos ser hechos “justos” ante Dios. Éramos culpables, pero Dios nos ha declarado justos. Nuestra justificación nos llega sin reservas, por el precio que pagó Jesús en nuestro lugar.

Existen discrepancias doctrinales entre los cristianos con respecto al significado de santificación. Muchos están de acuerdo que santificación significa ser separado para Dios. Otros entienden que la santificación incluye todo lo que Dios hace en nosotros mediante su Espíritu al librarnos del poder y presencia del pecado original. Y hay quienes dicen que la santificación, involucra el trabajo de la persona. 2 Tesalonicenses 2:13 dice: Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad.

Mediante la redención de Cristo nos ha librado de la culpa. Romanos 3:24 dice: siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús. La palabra redimir significa “comprar.” El término era usado específicamente con referencia al pago de la libertad de un esclavo. La aplicación de este término a la muerte de Cristo en la cruz, significa exactamente eso. Si somos “redimidos,” entonces nuestra condición previa era la de esclavitud. Dios ha pagado nuestra libertad, y ya no estamos bajo la esclavitud del pecado o de la ley del Antiguo Testamento.

Tomando nuestro lugar en la cruz, Jesús hizo muchas cosas por nosotros. Todos éramos injustos porque habíamos quebrantado la Ley de Dios por medio del pecado. No merecíamos recibir una sentencia absolutoria; pero el Justo Jesús cargó sobre Sus benditos hombros nuestra culpabilidad y recibió la condena que nos correspondía a cada uno de nosotros: la sentencia de muerte por nuestros pecados. Eso también nos abrió las puertas al Lugar Santísimo para tener acceso al Dios Santo. Y nos redimió, pagando el precio por nuestro rescate de la esclavitud del pecado.

¿Te das cuenta lo que hizo Jesús por ti y por mí? Ciertamente que quienes pecamos fuimos nosotros, no Él. La paga del pecado es muerte y eso es justamente lo que merecemos. Ni tú ni yo somos suficientemente buenos para merecer ser justificados por Dios. Solo la gracia, el favor inmerecido nos da la oportunidad de ser justificados, santificados y redimidos. ¿Qué esperas para entregarle tu vida a Jesucristo? Ya Él entregó la Suya por ti. Dios te bendiga.

Cristo Nos Redimió de la Maldición de la Ley

Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero).

Gálatas 3:13

La Ley de Dios, los Diez Mandamientos, nos da conocimiento de que hemos pecado y somos merecedores de la muerte. Nadie puede ser justificado por medio de las obras de la Ley. En lugar de alcanzar salvación por medio de la Ley, lo que obtenemos es maldición. Solo Jesús nos redime de la maldición de la Ley. Él se ofreció a sí mismo como garante de nuestra salvación al convertirse en maldición conforme a lo que está escrito.

La Escritura citada en Gálatas 3:13 es Deuteronomio 21:22-23, la cual dice: Si alguno hubiere cometido algún crimen digno de muerte, y lo hiciereis morir, y lo colgareis en un madero, no dejaréis que su cuerpo pase la noche sobre el madero; sin falta lo enterrarás el mismo día, porque maldito por Dios es el colgado; y no contaminarás tu tierra que Jehová tu Dios te da por heredad. Todos hemos cometido crímenes de muerte merecedores de ser colgados y hechos maldición; pero Jesús tomó nuestro lugar y se hizo a sí mismo maldición por nosotros.

Contrario a lo que algunos puedan decir, la Ley se hizo para cumplirse no para violarla. En Jesús se cumplió la Ley completamente. Gálatas 4:4-5 dice: Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Cuando estamos bajo la Ley, toda violación, por pequeña que parezca nos condena. Jesucristo vino a ocupar el lugar de cada ser humano para que el peso de la Ley cayera sobre Él y brindarnos la oportunidad de ser exonerados de nuestra culpa.

Pablo reafirma ese concepto en Romanos 8:3-4 cuando dice: Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. La Ley hace imposible que podamos salvarnos a nosotros mismos a causa de nuestra debilidad carnal. La justicia de la Ley solo puede cumplirse en nosotros a través del totalmente justo Hijo de Dios.

Cuando meditamos profundamente lo que dice la Biblia, podemos darnos cuenta de que no existe un solo ser humano capaz de decir que reúne méritos suficientes que le garanticen un lugar en el Reino de Dios. La verdad es que el pecado nos excluye de la presencia de un Dios santo y todos, sin excepción, hemos pecado. Dios, en su perfecta justicia no va a dejar ningún pecado sin su debido castigo y la paga del pecado es la muerte como está escrito. Entonces, quien quiera ser salvo por su propia justicia tiene prácticamente asegurada su exclusión de la presencia de Dios.

La verdadera redención viene del mismo Dios, quien envió a un ser perfecto, Su Hijo Jesucristo, para pagar por los pecados de toda la humanidad. En 2 Corintios 5:21 leemos: Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. La salvación no se trata de lo que podamos hacer sino de lo que ya Jesucristo hizo por nosotros en la cruz del calvario. Nuestra parte es arrepentirnos de nuestros pecados y dar un giro de 180 grados convirtiéndonos a Él. La salvación es un regalo, extiende tu mano y alcanza ese don maravilloso que te dará la vida eterna. Dios te bendiga.