Él Vendrá como Ladrón

He aquí, Yo vengo como ladrón. Bienaventurado el que vela, y guarda sus ropas, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza.

Apocalipsis 16:15

Todo el Nuevo Testamento anuncia la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, este es un hecho que indudablemente sucederá. Ahora bien, nadie sabe ni el día ni la hora y la Biblia repite varias veces que Él vendrá como ladrón. Esta expresión no quiere decir que Jesús vendrá a robar como un ladrón y tomar para sí lo que no es suyo. De ninguna manera, el símil del ladrón es para dejar claro que Él vendrá cuando menos lo esperen, de improviso, sin un anuncio previo, tal como el ladrón visita la casa que va a robar.

En los últimos años, ha florecido bastante la industria de seguridad residencial y comercial. Muchas personas han decidido irse a vivir a urbanizaciones o edificios que tengan acceso controlado. En algunos de estos lugares, hay guardias de seguridad que llevan un registro de todos los visitantes, quienes deben identificarse y firmar antes de entrar. Otros lugares cuentan con un ingreso mediante un código y requieren que la persona llame primero por un intercomunicador a fin de tener el permiso de entrar.

Muchas casas y locales comerciales tienen hoy día un sistema de alarma que está conectado de forma directa con la policía. Si alguien no autorizado trata de entrar por una puerta o ventana, el sistema envía una señal a un centro de control desde el cual se comunican con el residente de la casa o dueño del negocio para verificar si se trata de una amenaza real o no. Si se confirma que es real, se llama a la policía. Además de eso, ya muchas residencias y comercios cuentan con  sensores de movimiento y cámaras de vigilancia que toman fotos y videos de todo lo que pasa.

La razón por la cual cada día más personas equipan hogares y negocios con tales sistemas de seguridad es para estar preparados en caso de que llegue un ladrón. Ahora, volviendo al tema de Apocalipsis 16:15, ¿estamos igualmente preparados los cristianos para la llegada de nuestro Señor Jesús? Él ha dejado muy claro que va a llegar como ladrón, a cualquier hora, sin avisarle a nadie. Creo que cada uno de los que hemos creído en Jesucristo debiéramos tener nuestro propio sistema de seguridad espiritual previniendo su venida.

De nuestro sistema de seguridad espiritual para estar prevenido para la venida de nuestro Señor nos habla la Biblia en Mateo 25:13: Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir. Velar implica estar vigilante en oración hasta que Él venga. Este versículo está a continuación de la parábola de las diez vírgenes (Mateo 25:1-12), en la cual las vírgenes prudentes mantienen sus lámparas llenas de aceite. Debemos de mantenernos llenos del Espíritu Santo hasta tanto que Él venga.

En el versículo que estudiamos hoy, Apocalipsis 16:15, vemos que dice: Bienaventurado el que vela, y guarda sus ropas, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza. Guardar su ropa, lavarla en la sangre del Cordero, significa mantener la santidad. De eso dice en Hebreos 12:14: Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Debemos permanecer firmes en la fe, sin dudar ni renegar de Jesucristo, aunque nos cueste la vida si fuera posible. Si eso pasara, recordemos a 1 Tesalonicenses 4:16: Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Y estaremos con Él. Dios te bendiga.

¿Por Qué Vino el Hijo de Dios al Mundo?

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

Juan 3:16-18

Sé que existen personas quienes ponen en duda la existencia de Jesucristo. Y existen algunos quienes, aunque admiten que existió, lo consideran como un hombre común y corriente, igual que todos nosotros. Sin embargo, no se trata de si creemos en Su existencia o no, la verdad es que Jesús ha existido siempre y es el Hijo de Dios, quien vino a este mundo con un propósito muy específico.

Ese propósito específico es nuestra salvación. Habrá quien pueda decir ¿salvarme de qué? Sé que hay quienes piensan que están bien, que ni están perdidos ni en peligro de muerte. Sin embargo, a pesar de lo que podamos pensar, ambas cosas les suceden a cada hombre y cada mujer sobre la Tierra. Sí estamos perdidos porque nuestros caminos no nos llevan por la ruta correcta. Además no es que estemos en peligro de muerte, sino que estamos precisamente muertos.

Dice la Escritura en Efesios 2:1: Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados. Entonces no cabe la menor duda de que todos necesitamos ser salvados. Y el único que nos puede rescatar de la muerte es el Hijo de Dios. Para eso vino al mundo, por eso fue entregado, no para condenarnos, sino para que por Él seamos salvos.

Dios ha hecho todo esto por amor. Él entregó a Su Hijo para darnos oportunidad de ser rescatados de la muerte en la cual todos estábamos por nuestros delitos y pecados. No es porque somos merecedores del amor de Dios. Todo lo contrario, constantemente lo hemos ofendidos violando Sus Mandamientos, dándole la espalda e incluso negando Su existencia. Nuestro merecido era ser condenados. Sin embargo, Dios nos ha dado una oportunidad de ser rescatados del castigo que merecemos por nuestra propia culpa.

En Juan 3:16-18, la Escritura establece que todo aquel que cree en el Hijo de Dios no se perderá sino que tendrá vida eterna. Además dice que quien cree en Él no es condenado. Esto deja claro que creer en Jesucristo es un requisito para salvación, lo cual reafirma Hechos 16:31: Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa. Creer en Jesús es confiar y poner nuestra vida en Sus manos, es no pretender conducir el barco sino soltarle el timón a Él.

La parte final de Juan 3:16-18 dice que el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. De hecho, nuestros actos de por sí nos condenan y si rehusamos creer en Jesucristo el mensaje que le estamos enviando a Dios es que rechazamos el indulto que nos da. No permitas que el orgullo o continuar aferrándote a las tradiciones te condenen. Cree hoy en el Señor Jesucristo y sé salvo. Dale el control de tu vida a Él y tendrás asegurada la vida eterna. Dios te bendiga.

Evitemos la Pereza

Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma. Porque oímos que algunos de entre vosotros andan desordenadamente, no trabajando en nada, sino entremetiéndose en lo ajeno. A los tales mandamos y exhortamos por nuestro Señor Jesucristo, que trabajando sosegadamente,  coman su propio pan.

2 Tesalonicenses 3:10-12

Tengo la impresión de que la pereza es causante de muchos otros males en las naciones del mundo. No tengo datos estadísticos al respecto, pero me atrevo a asegurar que la riqueza de una sociedad humana es proporcional a la laboriosidad de sus habitantes. En el mismo sentido, es lógico pensar que la pereza se relaciona directamente con la pobreza. En 2 Tesalonicenses 3:10-12, el apóstol Pablo dice palabras muy fuertes como “Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma” o “trabajando sosegadamente, coman su propio pan.”

Hace un tiempo recibí un mensaje el cual decía que la actitud de las personas y sus valores es lo que hace la diferencia entre los países ricos y los pobres. Según este mensaje, al estudiar la conducta de las personas en los países ricos, se descubrió que la mayor parte de la población cumple las siguientes reglas: la moral como principio básico, el orden y la limpieza, la integridad, la puntualidad, la responsabilidad, el deseo de superación, el respeto a las leyes y reglamentos, el respeto al derecho de los demás, la ética de trabajo y el esfuerzo personal.

Según el mismo mensaje, en los países pobres, solo una pequeña parte de la población sigue esas reglas en su vida diaria. Y concluye el mensaje diciendo que no somos pobres porque a nuestros países les falten riquezas naturales o porque la naturaleza haya sido cruel con nosotros. Somos pobres por nuestra actitud y por no cumplir con esas premisas básicas del funcionamiento de una sociedad.

Dentro de las reglas que siguen los habitantes de los países ricos y que dejan de seguir los de los países pobres hay algunas que tienen que ver con la pereza. Un individuo perezoso carece de puntualidad, responsabilidad, deseo de superación, ética de trabajo y esfuerzo personal. De las diez reglas, la mitad tienen que ver con la ausencia de pereza. Por lo tanto, no es asombroso que los países sean más ricos a medida que sus habitantes son menos perezosos.

En el libro de Proverbios podemos leer algunas cosas con respecto a la pereza. Proverbios 13:4: El alma del perezoso desea, y nada alcanza; mas el alma de los diligentes será prosperada. Proverbios 19:15: La pereza hace caer en profundo sueño, y el alma negligente padecerá hambre. Proverbios 21:25: El deseo del perezoso le mata, porque sus manos no quieren trabajar.

La pereza evita el deseo de trabajar, el ser puntual, el ser responsable, el tener deseo de superación y de esforzarse. Como consecuencia de la pereza viene el hambre y la pobreza. Dios no fomenta la pereza ni la vagancia sino el trabajo digno y decoroso. Seamos pues diligentes todo el tiempo y evitemos caer en la pereza. Dios te bendiga.

La Obediencia nos Abre las Puertas del Cielo

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

Mateo 7:21

Si analizamos lo que dice Mateo 7:21, se puede decir que habrá gente quienes invoquen el nombre de Jesús y no tendrán lugar en los cielos. Entonces muchos podrían decir que resultaría imposible para la mayoría alcanzar la salvación. Lo cierto es que el Reino de Dios no se gana con las “buenas obras” que hacemos; ni con ser parte de una iglesia determinada; ni con ser un servidor de Dios, llámese pastor, cura, ministro o clérigo. Lo único que nos abre las puertas del cielo es hacer la voluntad de Dios, es decir, obedecerle a Él.

Muchos líderes religiosos han inventado fórmulas complejas que supuestamente nos llevan al cielo. Muchas de las reglas religiosas no son ideas de Dios sino que se basan en filosofías humanas. Lamentablemente, la gente toma tan en cuenta lo que le enseña su líder religioso que no busca en la Escritura la comprobación de que lo que escucha va conforme a la Palabra de Dios. Y es casi seguro que parte de esa gente mencione el nombre del Señor Jesucristo y pretenda estar siguiéndole a Él. Sin embargo, si su tradición religiosa contradice lo que está escrito en la Biblia, aunque sea en un solo punto, tal religión no se apega a la voluntad de nuestro Padre Celestial. Por lo tanto, quien continúe practicando tales tradiciones está en riesgo de no entrar en el Reino de los cielos. Eso no lo digo yo, es lo que dijo el propio Señor en Mateo 7:21.

La voluntad de Dios es que ningún hombre o mujer se pierda sino que reciba la salvación. Nuestro Señor lo dice en Mateo 18:14: Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños. Por lo tanto, nuestra meta cada día a fin de hacer la voluntad de nuestro Padre es procurar la salvación de cada hombre o mujer que se cruce en nuestro camino. Jesús lo reitera en Juan 6:39: Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

Por lo tanto, si queremos hacer la voluntad de Dios y no la nuestra, debemos alinear nuestros pensamientos hacia alcanzar Sus objetivos antes que los propios. Y está muy claro que la voluntad de Dios expresada en Su Palabra es la salvación de todos. Entonces, procuremos con todas nuestras fuerzas compartir cada día con alguien las buenas nuevas de salvación. Que esa sea una meta diaria para cada uno de los que hemos recibido por gracia la vida eterna.

Dice Romanos 10:14-15: ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! Seamos diligentes en compartir con otros el mensaje salvador de Jesucristo, para que, como dice Juan 3:16, crean en Él, no se pierdan y alcancen vida eterna. Esa es la voluntad de nuestro amado Padre Celestial. Dios te bendiga.

Testificando a Jesucristo

En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y testificamos que el Padre ha enviado al Hijo, el Salvador del mundo. Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.

1 Juan 4:13-15

Jesucristo ha sido el personaje más importante en toda la historia de la humanidad. El solo hecho de que la historia misma se divida en antes y después de Cristo establece que nadie más que Él ha tenido tanta influencia. A pesar de todo eso, hay quienes incluso ponen en duda Su existencia y lo catalogan como un ser legendario, un mito que inventaron unos pocos fanáticos religiosos hace dos milenios.

En este siglo XXI, la persona de Jesucristo es aún más atacada y perseguida porque, en ciertos lugares, hasta se prohíbe pronunciar Su nombre. Sin embargo, en estos mismos lugares, los nombres de otros líderes religiosos se dicen y se respetan. Y todo eso se hace invocando la coexistencia, el libre albedrío y lo que es políticamente correcto. Desde este punto de vista, es correcto permitir que se veneren y mencionen los nombres de Buda o Mahoma; pero no está correcto orar en nombre de Jesús. De acuerdo a esta política, está correcto que los cristianos se callen mientras todos los demás se expresen libremente.

¿Está todo este movimiento de la coexistencia conforme a lo que dice el apóstol Juan? La respuesta es No porque la Biblia nos insta a testificar que Jesús es el Hijo de Dios y a confesarlo con nuestra boca. Por lo tanto, según la Escritura, los cristianos estamos llamados a pronunciar nuestra fe en público, no a permanecer callados mientras otros proclaman la suya.

Sé que hay lugares del mundo donde hablar de Jesucristo conlleva un gran peligro. Pero creo que la recompensa del cielo es superior a cualquier tropiezo en la Tierra. Dios nos promete, por Su Palabra, darnos de Su Espíritu y permanecer en nosotros y eso vale más que todo en el mundo. Los primeros cristianos entendieron muy bien esto porque ellos vivieron en carne propia la persecución sin echarse para atrás.

Si nos dejamos llevar por nuestra humanidad, probablemente sentiremos temor de hacer conocer a otros nuestra fe. Sin embargo, todos los que servimos a Jesucristo tenemos una gran ayuda para testificar sobre Él. Escrito está: pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra (Hechos 1:8). El Espíritu Santo ya vino en el Pentecostés y cada uno de nosotros es templo suyo. Por lo tanto, poder tenemos para testificar sobre nuestro Señor.

No sintamos temor por lo que nos pueda hacer el hombre. Hagamos lo que nos toca. Si hemos recibido perdón de nuestros pecados, si hemos sido hecho coherederos con Cristo del Reino de Su Padre, tenemos motivos más que suficientes para testificar sobre Él y pregonar las buenas nuevas de salvación a las naciones, tal como es nuestra misión en la vida. No seamos como aquellos que por miedo a morir dejarán que le coloquen la marca de la bestia y perezcan de todos modos en el lago de fuego. Dios te bendiga.

Morada en los Cielos

No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.

Juan 14:1-3

Cuando alguien va de viaje a un lugar distinto al suyo, es muy bueno saber que va a encontrar un alojamiento seguro en ese lugar. Cuando nuestro Señor Jesús andaba con Sus discípulos, antes de retornar al lado de Su Padre, les prometió a ellos que iba a preparar un lugar para recibirlos. Esa promesa del Señor no se limita a Sus doce más íntimos, ni a los 70 que envió de dos en dos o a los que estaban en el Aposento Alto el día de Pentecostés, la promesa es extensiva a cada uno de quienes lo han recibido.

A mediados de 2001, por ciertas circunstancias de la vida, tuve que dejarlo todo en Puerto Rico, donde vivía e irme a otro lugar. Uno de mis antiguos profesores de Ingeniería Química me recibió en su casa de San Antonio, Texas. Fue agradable tener un lugar donde me recibieran en este cambio de vida que me vi precisado a dar. No me quedé todo el tiempo es esa casa; pero si me siento agradecido de haber recibido morada lo necesario hasta que me pude valer por mí mismo en mi nuevo lugar de residencia.

Algún día nos tocará a todos abandonar este mundo. ¿A dónde iremos cuando ya nuestro aliento de vida haya desaparecido por completo? La respuesta a esta pregunta podría ser objetiva o subjetiva. La respuesta subjetiva va a depender de nuestro sistema de creencias. Así habrá quien responda que reencarnamos; o que vamos a un lugar de purificación antes del destino final; o que resucitaremos y viviremos en la Tierra; o que simplemente todo se acabó con la muerte porque no existe nada fuera de lo que conocemos.

La respuesta objetiva no depende de filosofías humanas sino de lo que dice Dios sobre el tema. La Biblia es muy clara al respecto y dice que solo hay dos lugares posibles los cuales están descritos fielmente en la historia del rico y Lázaro (Lucas 16:19-31). Uno de esos lugares es de tormento mientras que el otro es de paz y consuelo. Este lugar es la morada del Padre de nuestro Señor Jesucristo, donde Él se nos ha adelantado con el fin de preparar un espacio para todo aquel que ha creído en Él.

La morada celestial debiera ser el objetivo de todos. No creo que alguien tenga deseos de pasar una eternidad en un lugar de tormento. Y definitivamente, no importa si creas o no en que existe algo más allá después de la muerte, la realidad es que sí existe ese algo y solo hay dos destinos disponibles. Y aunque no nos ganamos el hotel del millón de estrellas en los cielos por lo que hacemos, lo cierto es que dependiendo de nuestra decisión en vida tendremos o no un lugar reservado con nuestro nombre.

Creer en Jesucristo, arrepentirnos de nuestros pecados y reconocer Su señorío sobre nuestra vida es la decisión que nos permite disfrutar de vida eterna. No dejemos pasar la oportunidad de asegurar la morada celestial. Hoy es el día perfecto para hacer nuestra reservación allí porque no sabemos si tendremos un mañana. Dios te bendiga.

Ciudadanía Celestial

Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.

Filipenses 3:20-21

A lo largo de la historia siempre ha existido una ciudadanía dominante en el mundo. A medida que una nación ocupe la supremacía mundial, ser ciudadano de esa nación le da cierto lugar de prestigio y le permite moverse con facilidad a través de las fronteras de aquellos países influidos por la potencia o metrópolis. Sin embargo, nunca ha existido una ciudadanía más importante que la celestial y ese debiera ser el máximo anhelo de cada ser humano.

Una tarde de finales de agosto de 1996 recibí mi certificado de naturalización como ciudadano de los Estados Unidos de América. No fui el único pues eran unas 400 personas nacidas en numerosos países del mundo y de diferentes razas e idiomas, unidos bajo la bandera de las barras y las estrellas. Todos nos sentíamos sumamente honrados de pasar a formar parte de la nación más poderosa de la tierra, poder elegir a las autoridades de este país y viajar con su pasaporte.

Pero más importante que convertirme en ciudadano estadounidense, fue haber adquirido casi 6 años más tarde una ciudadanía eterna. A mediados de mayo de 2002 se puede decir que recibí mi “certificado” de ciudadanía celestial. Me podrías preguntar: “Dime, Tony, ¿cómo puedes estar tan seguro de que eres un ciudadano del cielo?” Entiendo tu inquietud, amigo o amiga que me escuchas o lees este mensaje. La respuesta está en la misma Palabra de Dios.

En Lucas 10:20 dice el Señor Jesús: Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos. Si nuestros nombres están escritos en los cielos es porque somos ciudadanos celestiales. De la misma manera que los países de la tierra tienen inscritos a sus ciudadanos en sus registros nacionales, Dios guarda un registro de cada ser humano que ha “jurado bandera” a Su Reino.

Al igual que cuando una persona adquiere una nueva ciudadanía terrenal, para llegar a ser un ciudadano del Reino de Dios, es necesario tomar decisiones importantes. Se entiende que adquirir una nueva ciudadanía nos puede llevar a renunciar a la anterior. De igual manera, si somos ciudadanos de este mundo y queremos ser ciudadanos del cielo, debemos renunciar a las cosas que el mundo representa a fin de poner en su lugar las cosas del cielo.

Por lo tanto, la ciudadanía celestial la adquirimos cuando renunciamos a nuestra vida de pecado y juramos lealtad a Jesucristo, quien murió por nuestras culpas en la cruz del calvario. Esta lealtad significa que ahora Él se convierte en el Señor de nuestras vidas. Si todavía no has tomado esta decisión, te invito a que te pongas a cuenta con Dios, renuncies al pecado, conviértete a Jesucristo y recibe tu nueva ciudadanía. Dios te bendiga.

Dios Nos Consuela en Nuestras Tribulaciones

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios.

2 Corintios 1:3-4

La palabra tribulación puede causar pánico a la mayoría de la gente. Ciertamente, a todos nos gustaría vivir tranquilos, sin sobresaltos ni preocupaciones. Sin embargo, sabemos que esto no es posible. Mientras vivamos en este mundo estaremos continuamente expuestos a eventos que no siempre serán agradables. El apóstol Pablo nos dice en su segunda carta a los corintios que Dios nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que nosotros podamos consolar también a quienes están tribulación.

¿A qué llamamos tribulación? De acuerdo al diccionario, tribulación significa pena, disgusto o preocupación muy grande que tiene una persona; situación adversa o desfavorable que padece una persona; congoja, aflicción, tormento o adversidad. Algunos sinónimos de tribulación incluyen: adversidad, desgracia, infortunio, pena, tormento, aflicción, dolor, turbación, congoja, ansia y ansiedad. Por lo tanto, queda claro que cada ser humano habrá de pasar por tribulación a lo largo de su vida.

Si yo me detengo a meditar sobre los sucesos de mi propia vida, encontraré muchos ejemplos de tribulación. Mi último empleo lo perdí a principios de abril de 2010, justo cuando iba a cumplirse un año de haber perdido a mi madre. Como muchas otras personas, llegué a territorio de los Estados Unidos con una visa que luego dejé vencer y me tomó un par de años regularizar mi estatus migratorio. Me he involucrado en negocios en los cuales he fracasado. Pasé por la experiencia de perder un hijo al nacer. Una de mis hijas y mi nieta nacieron prematuramente, necesitando permanecer varias semanas en una incubadora. Mi otra hija ha tenido que soportar numerosos achaques serios en su salud. La lista es tan larga que me tomaría varias horas contarlo todo.

Ahora bien, cuando leo lo que Pablo escribe a los corintios, comprendo que todas mis tribulaciones han tenido su propósito. Además de servir para fortalecer mi carácter y cimentar mi fe y mi confianza en Dios, cada una de mis adversidades me sirven para poder dar consuelo a quienes está padeciendo los mismos males que yo he pasado. En tal sentido, puedo consolar a quienes están desempleados, a quienes tienen problemas migratorios, a quienes hayan perdido a un hijo o a sus padres, a quienes padecen enfermedades o tienen hijos o padres enfermos, a quienes pasan por dificultades económicas, entre otras cosas.

Si en este día estás leyendo o escuchando este mensaje y estás pasando por momentos difíciles, piensa que nuestro Señor es el Padre de misericordias y el Dios de toda consolación. Toma en cuenta que no estás solo o sola en tu problema, recibe el consuelo que te da tu Padre Celestial a través de alguien que ya pasó por las mismas pruebas. Luego, utiliza tu experiencia en la adversidad para dar consuelo a quienes lo necesiten haciendo uso de la misma consolación que recibiste. Dios te bendiga.

Nuestra Reacción al Ser Salvados

A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro.

1 Corintios 1:2

Cuando recibimos a Jesús en nuestro corazón, ocurren muchas cosas: somos perdonados de todos nuestros pecados, somos redimidos por Su sangre preciosa, somos justificados por Su gracia y somos santificados en Él. Como nos dice el apóstol Pablo, al ser santificados en Cristo, somos llamados a ser santos y esto es para todo cristiano, no solamente para los pastores o ciertos ungidos, sino para cualquiera que invoque el nombre de nuestro Señor.

Muchas veces, caemos en tentaciones y dejamos de lado la santidad, la cual es una cualidad necesaria para poder ver el rostro de Dios y deleitarnos en la hermosura de Su presencia. Es lamentable que en la actualidad se predique muy poco acerca de la santidad en las iglesias, y cuando se hace, el tema no resulta agradable para la mayoría de quienes lo escuchan. Los oídos de los feligreses prefieren escuchar temas que le satisfagan y les den soporte emocional, en lugar de aquellos que los confronten.

¿Qué significa ser santo? ¿Es posible ser santo en esta época tan contaminada con las cosas mundanas? En primer lugar, si medimos nuestra santidad con la santidad de Dios, es obvio que ningún ser humano será capaz de alcanzar este estándar. Y no solamente en esta época en la cual a lo bueno se le llama malo y a lo malo se le llama bueno, sino en cualquier era de la historia humana sobre la Tierra. Ser santo significa estar separado para Dios, es decir, dejar de participar de las cosas que el mundo ama y que Dios aborrece.

Ahora nos hacemos otra pregunta, ¿cumplimos siempre con ese concepto de santidad? No sé cómo tú, que me escuchas o lees este mensaje respondes a esta pregunta; pero en lo que a mí me toca, te puedo decir que yo no lo cumplo al ciento por ciento, sino que muchas veces hago todo lo contrario. Por eso te puedo decir que no vengo a darte una lección porque yo estoy haciendo las cosas correctamente. Lo que te vengo a decir es que, porque le he fallado a Dios en eso muchas veces, reconozco mi error y procuro buscar la manera de enmendarlo. No te puedo decir que lo voy a lograr por mí mismo; pero le pido a mi Padre Celestial que me ayude en cada día de mi vida a alcanzar la meta de la santidad.

Cuando oramos por algo que va conforme a la voluntad de Dios, la oración será contestada. De acuerdo a lo que nos dice el apóstol Pablo en su primera carta a los corintios, Dios nos llama a ser santos. Por lo tanto, orar para que alcancemos santidad es una oración que va conforme a los planes y propósitos de Dios. Entonces, ¿por qué no somos santos? Creo que Santiago 4:3 nos da la respuesta: Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites. Es probable que aquí esté también la respuesta a nuestras otras oraciones no contestadas. Procuremos pues, orar al Padre pidiendo que nos ayude a superarnos cada día para alcanzar la meta de la santidad y que se cumplan los propósitos divinos en nuestras vidas. Dios te bendiga.

Perdonar, un Requisito para Ser Perdonado

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

Mateo 6:14-15

Antes de recibir perdón de parte de Dios, estamos comprometidos a perdonar a nuestros ofensores. Dios no va a perdonar a quien se cree a sí mismo incapaz de perdonar a su semejante. Estoy seguro que nadie nos ha ofendido tanto como nosotros hemos ofendido a Dios con nuestros pecados y, si Dios fue capaz de entregar a Su Hijo por el perdón de nuestros pecados, ¿qué ofensa tan grave podríamos recibir que no se pueda perdonar?

Cuando tuve un encuentro personal con el Señor Jesucristo, el Espíritu Santo me dio total convicción de mis pecados. En ese momento me di cuenta de lo sucio que estaba, de lo mucho que había ofendido a Dios y a mis semejantes. Me sentía obligado, no solo a ponerme a cuentas con Dios, sino a confesar mis faltas a aquellos a quienes había ofendido y pedirles perdón. Lo otro que sentí fue sacar de mi corazón toda raíz de amargura y perdonar a mis ofensores.

Todo eso suena muy bonito, pero lo que realmente pasó cuando yo busqué a cada persona a quien ofendí y le pedí perdón fue mayormente el rechazo. Muchas de esas personas se sintieron más ofendidas aún y hay quienes todavía a estas alturas de la vida me niegan el perdón. Sin embargo, la nota más hermosa me la dio mi hijo menor. Yo conversé con mi hijo, quien tenía entonces 11 años sobre mi encuentro con Jesucristo, luego le dije que yo no había sido un buen padre y que le había fallado. Le pregunté al pequeño si me podía perdonar y su respuesta fue la más bella expresión de amor: “Papi, si Dios te ha perdonado como me contaste, ¿quién soy yo para no perdonarte?”

Lo siguiente que te voy a decir es aplicable para mí y también para ti. Yo he ofendido mucho más a Dios que lo que haya podido ofender a cualquier ser humano. Si Dios me ha perdonado todas mis ofensas contra Él, ¿acaso soy más que Dios para rehusarme a perdonar a quien me ha ofendido? Definitivamente que la respuesta a esa pregunta es NO, ¡nadie es mayor que Dios! Por lo tanto, si tenemos disponible el perdón de Dios a través del sacrificio del Cordero inmolado en la cruz, ¿por qué negarle el perdón a nuestro prójimo?

Hoy que estás leyendo o escuchando este mensaje, te invito a que busques dentro de tu corazón si todavía guarda algún resentimiento contra alguien. No importa si esa persona te hirió demasiado, si abusó de ti o te engañó. La magnitud de la ofensa que te hicieron nunca será mayor que la pesada carga de tus pecados, los cuales Dios tiene toda la intención de perdonarte.

Pero recuerda que Dios está esperando que tú des el primer paso y perdone a cada uno de tus ofensores. La Palabra de Dios es muy clara y Dios no está obligado a perdonar a quien le niega el perdón a su prójimo. Perdona toda ofensa contra ti, expulsa de tu vida todo rencor y amargura para que tu Padre Celestial te perdone todo. Dios te bendiga.